CAPÍTULO 31
El lunes, a media mañana, le mandé la ubicación a Andrés.
Un café junto al Jardín del Turia.
Terraza, si no llovía.
Nada de rincones, mesas al fondo ni puertas que pudiéramos cerrar.
Él contestó con un pulgar arriba.
Me molestó un poco que no añadiera nada.
Luego recordé que le había pedido exactamente eso durante semanas: que no empujara cada silencio hasta convertirlo en una conversación.
A las siete menos diez cerré la gestoría.
Sonia seguía en su mesa.
—Te vas puntual.
—No hagas un acontecimiento.
—Estoy señalando un dato estadísticamente raro.
Cogí el abrigo.
—Hasta mañana.
—Que vaya bien.
Me detuve con una mano en la puerta.
—He quedado con Andrés.
Sonia levantó la vista del ordenador.
No sonrió.
No hizo la vocal.
—Entonces que vaya bien de verdad.
—Mucho mejor.
Salí antes de darle oportunidad de empeorarlo.
El café tenía las estufas encendidas en la terraza y cuatro mesas ocupadas. Elegí una pegada a la barandilla, desde donde se veía pasar gente por el jardín.
Andrés llegó a las siete y tres.
No llevaba casco. Había venido andando desde una parada de autobús, con las manos dentro de los bolsillos y la barba algo más larga que el miércoles.
Se paró junto a la mesa.
—Hola.
—Hola.
No se inclinó a besarme.
Yo tampoco.
Se quitó la chaqueta y se sentó.
Un camarero apareció antes de que pudiéramos decidir qué cara poner.
Pedimos dos cervezas.
Cuando se fue, Andrés apoyó los antebrazos en la mesa.
—Has elegido un sitio con tráfico humano.
—Era la idea.
—Lo imaginaba.
—No empieces.
—No he empezado.
Lo miré.
—Eso sí te lo concedo.
Pasó una pareja con un perro pequeño. Detrás, dos corredores discutían por algo mientras seguían corriendo, lo cual me pareció agotador por partida doble.
Andrés esperó.
Yo había pedido hablar.
Me tocaba abrir la boca.
—Ayer fui a casa de Berta.
—Lo sé. Estaba en el grupo.
—Tú no fuiste.
—Montaje.
—También lo sé.
—Bien.
—No digas bien como si estuviéramos revisando un albarán.
La comisura de su boca se movió.
—Estoy intentando no decir vale.
—Agradezco el esfuerzo.
Llegaron las cervezas.
Bebí antes de seguir.
—Nadie preguntó por nosotros.
Andrés no reaccionó.
—Julián dijo que trabajabas. Mónica siguió comiendo. Berta me preguntó una vez cuando estábamos solas y la paré.
—Suena a domingo normal.
—Lo fue.
Giré el vaso entre las manos.
—Y fue horrible.
Él frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque conseguí lo que llevaba intentando conseguir desde que empezamos a vernos fuera.
Andrés dejó el vaso.
—Que nadie supiera nada.
—Sí.
—Y no te gustó.
—No.
Me salió tan rápido que no pude maquillar la respuesta.
Andrés miró hacia el jardín un instante.
—No sé qué hacer con eso todavía.
—No tienes que hacer nada.
—Has quedado conmigo para algo.
—Para decirte que no quiero esconderte.
Volvió a mirarme.
No sonrió.
Me alegré.
—Pero tampoco quiero que cada persona que nos vea abra una votación sobre lo que somos —añadí—. Y sé que eso no está pasando. La mayoría ni siquiera pregunta. El problema es que yo lo espero antes de que ocurra.
Andrés pasó el pulgar por la humedad del vaso.
—Eso lo entiendo mejor.
—No quiero que me entiendas mejor. Quiero explicarlo sin que parezca que he venido a entregarte una conclusión.
—Adelante.
—Qué amable.
—Estoy callado.
—Con actitud.
Se rió por la nariz.
La reconocí.
No comenté nada.
—Cuando Mercedes preguntó si eras mi pareja, dije que no tan rápido que pareció que me quemaba. Con Julián me molestó enterarme después. Y ayer nadie dijo nada de nosotros y me pasé media tarde esperando que aparecieras.
Andrés se quedó mirando el vaso.
—No me gusta que la gente dé cosas por hechas —seguí—. Si saben que te veo, luego preguntan. Y si un día dejas de venir, también. Me pone de los nervios tener que explicar algo que todavía estoy viviendo.
—Eso lo entiendo.
—Ya. Yo no lo estaba haciendo muy fácil.
Andrés bebió un poco.
—Yo tampoco.
No esperaba que lo dijera.
—El domingo de Mercedes me jodió que soltaras la mano. Después empecé a fijarme en cosas.
—¿En qué cosas?
—En si me cogías la mano. Si me besabas delante de alguien. Si decías mi nombre como si no hubiera nadie alrededor.
Me quedé quieta.
—Eso son exámenes.
—Sí. Supongo que sí.
Miró el vaso, no a mí.
—Y no te dije que los estaba poniendo.
—Yo te hacía mirar alrededor antes de acercarte.
Andrés levantó los ojos.
—Tampoco me gusta eso.
—A mí menos.
Una bicicleta pasó demasiado cerca de la terraza y el camarero levantó una mano sin mucha esperanza.
—Hay algo que sí quiero —dije.
—Dime.
—No mentir. Si alguien pregunta si nos vemos, podemos decir que sí.
Andrés asintió.
—Y SIN MIRAR sigue siendo nuestro.
—Eso no ha cambiado nunca.
—Ya.
Nos quedamos callados.
Seguía sin saber qué palabra quería para nosotros ni cuánto tardaría en dejar de registrar quién miraba.
Lo único claro era que no quería volver a apartarlo para evitar la pregunta.
Él pasó la yema de un dedo por el borde del vaso.
—Yo sí te voy a pedir una cosa.
—Claro.
—Si sueltas mi mano otra vez porque aparece alguien, no voy a decidir qué significa antes de preguntarte.
Lo miré.
—Eso es bastante específico.
—He aprendido con el caso Mercedes.
—¿Y si la suelto porque me apetece?
—Entonces me dices que te apetecía.
—¿Y si no quiero darte un informe de mano?
—Patricia.
Me reí.
—De acuerdo.
—No tienes que decir de acuerdo como si firmaras.
—No me robes el trabajo.
El camarero preguntó si queríamos otra.
Pedimos una para compartir.
Cuando la dejó, Andrés me miró por encima de la botella.
—¿Esto significa que volvemos a hablarnos?
—No sabía que habíamos dejado de hacerlo oficialmente.
—Llevábamos cuatro días sin hablar.
—Tres y medio.
—Has contado.
—Cállate.
Sonrió.
Yo también.
La conversación se fue a otro sitio sin necesidad de anunciarlo. A una clienta mía que quería contratar a su sobrino solo los fines de semana y a una bailarina que había conseguido romper la plataforma problemática sin tocarla, según Andrés, «por intimidación».
A las nueve y cuarto pedimos la cuenta.
Nos levantamos.
El frío había aumentado.
Andrés se puso la chaqueta y esperó mientras yo peleaba con una manga que se había dado la vuelta por dentro.
—No ayudes —dije.
—No me estaba moviendo.
—Te conozco.
Conseguí sacar la mano.
Caminamos hacia la avenida.
Había gente entrando y saliendo de los bares. Una pareja discutía junto a una moto. Dos chicas se hacían fotos bajo una farola.
Andrés llevaba las manos en los bolsillos.
No me ofreció una.
Eso me irritó después de aproximadamente cuarenta metros.
—¿Ahora qué haces?
—Andar.
—No.
Se paró.
—Estoy intentando no ponerte exámenes.
—Pues te está saliendo muy bien la parte de parecer idiota.
Andrés soltó una carcajada.
Yo saqué una de sus manos del bolsillo y entrelacé los dedos con los suyos.
—No conviertas esto en una victoria.
—No me atrevería.
Seguimos andando.
Antes de llegar al siguiente semáforo, Andrés apretó un poco los dedos.
—Hay una cosa que no te dije el día de la revelación.
—Eso suena prometedor.
—En el cumpleaños tu voz me resultó familiar.
Me giré hacia él.
—¿Qué?
—No como para reconocerte. Fue una sensación. Cuando Berta nos presentó pensé que quizá te había oído antes con ella o en alguna cena. Había música, gente hablando y tú sonabas distinta.
—¿Distinta cómo?
—Más rápida. Más alta. Y estabas mirándome a la cara.
—Eso cambia muchísimo una voz, claro.
—No te burles.
—Me estoy defendiendo de que tardaras cinco días más en darte cuenta.
Andrés sonrió.
—En la tercera sesión volvió a pasarme. Hubo momentos en que pensé: esta voz me recuerda a alguien. Luego me pareció imposible que fueras tú porque acabábamos de conocernos en casa de Berta.
—Excelente capacidad deductiva.
—Estaba vendado. Dame algo.
—Te doy que al menos no eres completamente sordo.
—Gracias.
Me gustó saberlo más de lo que pensaba. No reparaba la asimetría. Había existido igual. Pero colocaba una pieza pequeña que llevaba semanas suelta: yo no había sido completamente irreconocible para él. El contexto había ganado por poco.
—¿Por qué no me lo dijiste después? —pregunté.
—Porque estábamos ocupados discutiendo una cosa bastante más importante.
—Buen criterio.
—Alguna vez tengo.
En el semáforo nos cruzamos con una mujer que me sonaba de algo y no conseguí ubicar.
No solté la mano.
Tampoco comprobé si Andrés se había dado cuenta.
Cuando la luz se puso verde, fue él quien tiró suavemente de mí para cruzar.
En la esquina siguiente, un hombre salió de una tienda con una caja enorme y casi nos obligó a separarnos. Andrés soltó mi mano para dejarlo pasar. Unos metros después la buscó otra vez, sin mirar.
No hice inventario del gesto.
Me limité a seguir andando.
Al llegar al aparcamiento, Andrés se apoyó en el techo de mi coche.
—¿Te llevo a casa?
—He venido en coche.
—Cierto. Es que llevo una hora intentando no decir cosas incorrectas y se me está apagando el cerebro.
—Eso explica mucho.
Abrí el coche, pero no entré.
—Una cosa más.
—Esto sí parece comité.
—Si volvemos a discutir por esto, no te vayas siempre.
Andrés dejó de sonreír.
—El miércoles me fui porque sabía que si me quedaba íbamos a usar el sexo para aplazarlo.
—Lo sé.
—No pienso irme cada vez que discutamos.
—Bien.
—Y tú no me digas «no sé» si lo que quieres decir es «hoy no puedo darte una respuesta».
Lo miré.
—Eso son dos frases distintas.
—Exacto.
—Qué pesado.
—Muchísimo.
Le agarré la solapa y lo besé.
Un coche encendió las luces dos plazas más allá. No me separé por eso. Me separé porque necesitaba aire.
Andrés apoyó la frente en la mía.
—¿Nos vemos mañana?
—Tengo cierre hasta tarde.
—Miércoles.
—Sí.
—Eso era todo.
—Muy eficiente.
Entré en el coche.
Él esperó a que arrancara antes de apartarse.
Habíamos salido de la conversación todavía queriendo vernos.
Para un lunes, me servía.