TÓCAME PRIMERO CAPÍTULO 30
83%

CAPÍTULO 30

El jueves no escribí a Andrés.

El viernes tampoco.

No por estrategia.

Tampoco por orgullo, me dije varias veces, lo cual era una forma bastante eficaz de confirmar que había orgullo.

Trabajé más de la cuenta.

El viernes, a las seis, Sonia entró en mi despacho con el abrigo puesto.

—Me voy.

—Hasta el lunes.

No se movió.

—¿Qué?

—Nada.

La miré.

Sonia sonrió.

—Era por devolverte una de las tuyas.

—Fuera.

—Buen fin de semana.

Cuando se fue, cogí el móvil.

El chat de Andrés estaba cuatro conversaciones más abajo.

No había mensajes nuevos.

Era el margen que habíamos dejado.

Lo abrí.

El último intercambio era del lunes, cuando había propuesto cenar fuera y yo había cambiado el plan a mi casa.

«Mejor en casa. En la mía.» Debajo, su «De acuerdo.»

Después, nada.

Bloqueé el teléfono.

El sábado por la mañana fui al supermercado. Contesté mensajes de Laura y Berta. Había dormido razonablemente. La vida seguía con una falta de dramatismo casi ofensiva.

A media mañana, Berta escribió en el grupo:

«DOMINGO APERITIVO EN CASA. Nada serio. Si venís, bien. Si no, os juzgo en privado.»

Julián puso una cerveza.

Mónica confirmó.

Rafa también.

Andrés no respondió.

Yo tampoco.

A los veinte minutos Berta me escribió por privado.

«¿Vienes?»

Contesté:

«No sé.»

«Eso es un no con abrigo.»

«Puede.»

«No te pregunto nada más.»

«Gracias.»

Dejé el móvil.

A las nueve, Laura me llamó.

—Mañana voy a lo de Berta —dijo.

—Qué bien.

—Pau también.

—Perfecto.

—¿Tú?

—No sé.

—Estás rarísima.

—Qué observadora está todo el mundo últimamente.

Laura guardó silencio.

—¿Has discutido con Andrés?

Me senté en el sofá.

—Un poco.

—Ah.

—No hagas la vocal.

—La vocal es gratis.

Me reí a pesar de mí.

—No sé qué hago.

—¿Quieres contármelo?

—No mucho.

—Entonces no.

Oí una puerta al otro lado y a Pau preguntando dónde estaban unas llaves.

Laura le contestó.

Después volvió.

—Mañana a la una. Si vienes, trae pan.

—¿Y si no?

—Compra pan igual. Siempre falta.

—Gran apoyo emocional.

—No me has pedido apoyo emocional.

—Cierto.

Colgamos.

El domingo a las doce y veinte compré dos barras.

No decidí ir hasta que las tuve en la mano.

En casa de Berta había once personas.

Andrés no estaba.

Lo comprobé una vez.

Solo una.

Berta me dio un beso y cogió el pan.

—Perfecta.

—El pan o yo.

—No arriesgues.

Me quité la chaqueta.

Julián estaba abriendo latas en la cocina. Me saludó como siempre.

No preguntó por Andrés.

Mónica tampoco.

Nadie hizo un hueco dramático en la conversación para que yo explicara mi vida.

Hablamos de un restaurante nuevo, de una obra en la calle de Rafa y de que Laura seguía odiando el sofá que había tardado meses en comprar.

A la media hora Julián dijo:

—Andrés al final no podía.

No me miró al decirlo. Se lo estaba contando a Mónica porque ella había preguntado quién faltaba.

—Tiene montaje —añadió.

Mi cuerpo, que llevaba treinta minutos preparado para una información, no supo qué hacer con una explicación tan pequeña.

Seguí comiendo.

A las tres y media ayudé a Berta a llevar platos a la cocina.

—No voy a preguntarte —dijo.

—Estás preguntando sin signos de interrogación.

—Estoy avisando.

Metió vasos en el lavavajillas.

—Andrés no ha venido por trabajo.

—Ya lo he oído.

—Te lo digo porque has mirado la puerta tres veces.

—Una.

—Dos y media.

Cogí un plato.

—No estamos hablando.

Berta dejó de moverse.

—Vale.

—Y si vuelves a decir «vale» me voy.

Levantó las manos.

—No digo nada.

—Gracias.

—¿Quieres que te guarde tarta?

La miré.

—Eso sí.

Me puso un trozo en un recipiente.

No mencionó a Andrés otra vez.

A las cinco me fui.

Caminé hasta casa en lugar de coger el coche de Laura.

Hacía frío y había gente en las terrazas con mantas sobre las piernas.

Pasé delante del café donde Andrés y yo habíamos desayunado la semana anterior.

Mercedes no estaba.

Nadie conocido.

Seguí andando.

Echarlo de menos habría sido manejable.

Lo que me fastidiaba era haber conseguido justo lo que parecía querer: que la relación no ocupara espacio fuera de casa.

Nadie preguntaba. Yo no explicaba.

Y el piso estaba demasiado silencioso.

Entré en casa.

La planta del sábado anterior se había inclinado otra vez hacia la ventana.

La regué.

Dejé el recipiente de tarta en la nevera junto al que Andrés había traído el miércoles.

Ese seguía allí.

Abrí el chat.

Escribí:

«¿Puedes hablar?»

No lo corregí.

No añadí una explicación.

Lo envié.

La respuesta tardó siete minutos.

«Sí. Estoy saliendo del auditorio. Dime.»

Miré la pantalla.

Podía hacerlo por teléfono.

No quería.

«Mañana. En persona.»

Andrés respondió:

«De acuerdo.»

Me quedé con los dedos sobre el teclado.

Escribí:

«No en casa.»

Esta vez la respuesta llegó enseguida.

«Dime dónde.»

Abrí el mapa del móvil.

No busqué un sitio escondido.