TÓCAME PRIMERO CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

El miércoles compré vino de camino a casa.

Preparé tortilla, ensalada y pan con tomate. Nada que requiriera estar pendiente del horno.

A las ocho y siete sonó el timbre.

Andrés llevaba una bolsa de papel.

—He traído postre.

—Eso es soborno.

—Tarta de queso.

—Pasa.

Me besó al entrar.

El beso fue normal durante dos segundos.

Luego dejó de serlo.

Le metí una mano por debajo de la chaqueta y Andrés me empujó suavemente contra la pared de la entrada.

El cuerpo había decidido que tres días de conversación tensa no anulaban nada.

Me besó el cuello.

—La tortilla —dije.

—¿Está en llamas?

—Todavía no.

—Entonces tenemos margen.

Me reí.

Le agarré la cara y volví a besarlo.

Andrés llevó una mano a mi cintura.

La otra se quedó en la pared, junto a mi cabeza.

No avanzó más.

Yo sí tenía ganas.

Muchas.

Eso no solucionaba lo demás.

—Espera.

Se apartó inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Andrés me miró.

—No hagamos eso.

—¿Qué?

—Usar «nada» cuando hay algo y después tardar cuarenta minutos en llegar.

Me separé de la pared.

—La cena.

—Patricia.

—Se va a enfriar.

—La tortilla ya está fría por definición.

—No insultes mi cocina.

Andrés se quitó la chaqueta.

No insistió.

Cenamos.

La conversación consiguió durar veinte minutos sin tocar el tema. Me contó un problema con una empresa de alquiler de sonido. Yo le hablé de un cliente que había intentado pagar una factura con Bizum a mi teléfono personal.

Nos reímos.

Bebimos vino.

La tarta de queso esperaba en la nevera.

Luego Andrés dejó el tenedor.

—¿Por qué aquí?

Sabía a qué se refería.

—Porque me apetecía estar en casa.

—¿Solo por eso?

—¿Qué respuesta quieres?

—La que sea verdad.

Me apoyé en la silla.

—Después de lo de Berta y Julián no me apetecía salir.

Andrés asintió.

—Eso pensaba.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Esperar a que diga algo para confirmar que ya lo habías decidido.

—No lo había decidido. Lo sospechaba.

—Pues enhorabuena.

—No estoy intentando ganar.

—Lo parece.

Andrés apartó el vaso.

—El domingo me soltaste la mano cuando apareció una clienta.

—Era una clienta.

—Lo sé.

—Y no dijiste nada.

—Porque podía entenderlo.

—¿Y ahora no?

—Ahora llevamos una semana acumulando versiones del mismo gesto.

Me quedé quieta.

Andrés siguió.

—En casa de Berta calculábamos si podía servirte agua. El domingo aparece una clienta y dejamos de tocarnos. Julián pregunta si nos vemos y eso te parece una información que debería haberte consultado antes. El viernes vienes a mi trabajo, todo va bien, y hoy volvemos a cenar dentro.

—No he dicho que no vaya a volver a salir contigo.

—Ya lo sé.

—Entonces no conviertas una cena en un diagnóstico.

—No hablo solo de esta cena. Esto lleva días pasando.

La palabra me puso de mal humor.

—Qué cómodo.

—¿Qué cosa?

—Que tú seas el que entiende y yo la que tiene el problema.

Andrés se echó hacia atrás.

—No he dicho que tengas un problema.

—Pero tienes una teoría.

—Tengo ojos.

—Muy bien.

Nos callamos.

La nevera arrancó con un zumbido.

Andrés miró la mesa.

—No quiero hacerte pública.

La expresión me hizo reír sin gracia.

—Menos mal.

—Sabes lo que quiero decir.

—No, dilo.

—No quiero anunciar nada. No quiero contar SIN MIRAR. No quiero subir fotos ni presentarte como mi novia delante de una banda de metales.

—Bien.

—Quiero poder estar contigo sin pensar si, cuando entra alguien, tengo que apartarme medio metro.

Eso sí lo entendí.

—No te he pedido que te apartes medio metro.

—No con palabras.

—Otra vez eso.

—Porque pasa.

Me levanté y recogí los platos.

Andrés no me ayudó.

Eso significaba que sabía que todavía no habíamos terminado.

Dejé los platos en el fregadero.

—¿Qué quieres que haga?

—Nada concreto esta noche.

—Eso no sirve.

—Pues vale: si alguien que conocemos pregunta si nos estamos viendo, quiero poder decir que sí sin pensar que acabo de revelar algo que no me pertenece.

Me giré.

—¿Y si pregunta si eres mi pareja?

Andrés tardó.

—No sé si usaría esa palabra todavía.

Aflojé los hombros y me irritó notarlo.

—Entonces estamos diciendo lo mismo.

—No.

—Explícame la diferencia.

—Yo no sé cómo llamarnos. Tú, cuando aparece alguien, te apartas. No es lo mismo.

Me quedé mirándolo.

—Eso es injusto.

—Puede.

—No, puede no. Lo es.

Andrés se levantó.

—Entonces dime tú cuál es la diferencia.

Abrí la boca.

No salió nada útil.

—Necesito tiempo.

—Lo sé.

—Y cada vez que lo digo parece que te lo tomas como una cuenta atrás.

—Porque no sé qué hago mientras esperas.

—No tiene que serlo.

—Para ti quizá no.

Se pasó una mano por la barba.

No estaba enfadado de la manera que yo había aprendido a esperar en discusiones. No elevaba la voz. No se acercaba. Tampoco retrocedía.

—No quiero discutir hasta que te convenza —dijo—. Sería horrible para los dos.

—Yo no te he pedido que me convenzas.

—Exacto.

Cogió la chaqueta del respaldo.

La acción me alarmó.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿Por esto?

—Porque si me quedo vamos a follar.

Me quedé callada.

—Y mañana vamos a seguir exactamente aquí —añadió.

—Podemos hablar después.

—Llevamos hablando desde que llegué.

—No me refería a…

—Ya sé a qué te referías.

Se puso la chaqueta.

Yo crucé los brazos.

—Parece un castigo.

Andrés dejó de mover la cremallera.

—No lo es.

—Pues se parece.

—Patricia, tengo muchísimas ganas de acostarme contigo. Precisamente por eso me voy.

El cuerpo decidió reaccionar a la peor frase posible.

Lo odié.

—Magnífico.

—No estoy intentando quedar bien.

—Te está saliendo regular.

—Ya.

Llegó a la puerta.

No la abrió todavía.

—¿Te llamo mañana?

Yo no tenía una respuesta sencilla.

—No sé.

Andrés asintió.

No dijo vale.

—Entonces no te llamo.

El pecho se me cerró.

—Eso suena peor.

—No sé cuándo dejarte espacio y cuándo estás apartándome.

—No te estoy pidiendo que adivines.

—Bien. Cuando quieras hablar, me escribes.

Esta vez abrió.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Se fue.

Me quedé en la entrada con la puerta cerrada delante.

La tarta de queso seguía entera en la nevera.

Eso me molestó muchísimo más de lo razonable.