TÓCAME PRIMERO CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

El lunes Berta me llamó por una nómina.

Eso dijo.

La nómina se resolvió en cuatro minutos.

Ella siguió al teléfono.

—Por cierto.

—No.

—Qué carácter.

—Cuando dices «por cierto» nunca viene nada administrativo.

—Julián ya sabe que os estáis viendo.

Me quedé mirando la pantalla del ordenador.

—¿Cómo?

—Que lo sabe.

—He entendido la frase. Pregunto cómo.

Berta bajó un poco la voz.

—El jueves, cuando cenamos con Andrés por lo del auditorio, salió.

—¿Salió cómo?

—Julián preguntó si después de mi cumpleaños habíais vuelto a coincidir. Andrés dijo que sí. Luego Julián preguntó si os estabais viendo y Andrés dijo que sí otra vez.

Apreté el bolígrafo.

—¿Y tú estabas delante?

—Sí.

—¿Y no me dijiste nada?

—Patri, tú me habías dicho que no tenía que mentir si salía.

—No es lo mismo.

—No sé qué parte no es la misma.

Me irritó no tener una respuesta.

—Podías haberme avisado.

—Podía. No pensé que fuera una noticia urgente. No contó nada más.

—¿Nada?

—Nada. Julián dijo «ah, pues bien» y siguieron hablando de cámaras frigoríficas.

Me apoyé en el respaldo.

—¿Cámaras frigoríficas?

—Catering. Trabajo. La parte aburrida de la vida.

—Ya.

—Patricia.

—Qué.

—No te estoy preguntando nada.

Me callé.

—Solo te lo digo porque hoy ha vuelto a salir tu nombre y no quería que luego pareciera que había una conspiración.

—¿Ha vuelto a salir por qué?

—Porque he ido al auditorio a ver el espacio y una mujer me ha dicho que el viernes estuvo «una Patricia» viendo la función. Yo he dicho que te conocía. Fin.

Cerré los ojos.

—Fantástico.

—No te ha pedido el historial ginecológico.

—Berta.

—Te lo digo precisamente para que veas el tamaño real del asunto.

—Tengo una llamada.

No era verdad.

—Vale. Luego hablamos.

Colgamos.

Me quedé con el teléfono en la mano.

Ojalá estuviera enfadada con Berta; habría sido más cómodo.

Abrí el chat de Andrés.

Escribí:

«¿Julián te preguntó el jueves si nos estábamos viendo?»

Lo envié.

Tres segundos después el teléfono sonó.

Andrés.

Contesté.

—Hola.

—Sí.

Ni preámbulo.

—Podías habérmelo dicho.

—Podía.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque no pensé que necesitara autorización para responder.

Me levanté de la silla.

—No he dicho autorización.

—No. Has dicho «podías habérmelo dicho» con voz de inspección.

—Era sobre los dos.

—Sí.

—Entonces me afecta.

—Claro que te afecta. Pero la pregunta también era sobre mí.

Me quedé junto a la ventana del despacho.

En la calle, un repartidor estaba intentando subir una caja enorme a una furgoneta.

—¿Qué dijiste exactamente?

—Que sí, que nos estamos viendo.

—¿Nada más?

—Nada más.

—¿No contaste SIN MIRAR?

Hubo un silencio.

—Patricia.

—Ya sé que dijiste que no.

—No. Quiero que escuches lo que estás preguntando.

Apreté los labios.

—No he contado cómo nos conocimos. No he contado que duermo en tu casa. No he contado con quién follas, ni qué haces, ni nada que sea solo tuyo. He dicho una cosa sobre mi vida: que te estoy viendo.

La palabra follas, dicha así, me bajó un poco la temperatura de la cabeza.

—No quería que se enteraran por una conversación vuestra.

—¿Por qué vía sí era válida?

No tuve respuesta.

Andrés respiró al otro lado.

—No te lo digo para discutir.

—Pues se parece bastante.

—Porque estamos discutiendo.

Me senté otra vez.

—Necesito sentir que esto no avanza porque la gente pregunte.

—No avanza porque lo sepa Julián.

—Para mí sí cambia cosas.

—Lo sé.

—No parece.

—Patricia, el viernes viniste a mi trabajo. Te presenté a gente. Nadie te puso una etiqueta. Luego dormiste en tu casa conmigo. El jueves Julián me preguntó si nos veíamos y dije que sí. No he movido nada que no hubiera pasado ya.

No me gustó la precisión.

—Tengo que volver al trabajo.

Andrés tardó un segundo.

—Bien.

—Luego hablamos.

—Cuando quieras.

Colgué.

Sonia apareció diez minutos después con una mujer de unos sesenta años.

Mercedes.

La del domingo.

—Te la dejo —dijo Sonia.

Mercedes entró con una carpeta.

—Perdona que venga sin cita.

—No pasa nada. Siéntate.

Revisamos su notificación. Era una comunicación sin urgencia real.

Tardamos quince minutos.

Cuando ya se iba, Mercedes sonrió.

—Por cierto, qué chico más guapo el del domingo.

Noté a Sonia inmóvil detrás de la puerta de cristal.

—Andrés.

—Sí. Muy educado.

—Lo es.

Mercedes se colgó el bolso.

—Me alegré de verte acompañada. Siempre te veo corriendo sola con papeles.

—Nos vemos el mes que viene —dije.

—Si Hacienda lo permite.

Se fue.

Sonia esperó exactamente tres segundos antes de entrar.

—Ni una palabra.

—Solo iba a cerrar la puerta.

—Ciérrala desde fuera.

—Qué ambiente laboral.

Se fue.

Yo abrí un expediente.

No conseguí leer la primera línea.

A las seis, Andrés escribió:

«¿Cenamos fuera el miércoles? Hay un sitio pequeño cerca de mi casa.»

Miré el mensaje.

Pensé en Mercedes.

En Julián.

En una mujer del auditorio diciendo «una Patricia».

Escribí:

«Mejor en casa. En la mía.»

Tardó un poco.

«Habíamos dicho salir.»

«Estoy cansada.»

La mentira era pequeña.

Se notaba.

Andrés respondió:

«De acuerdo.»

Dejé el móvil.

No sentí alivio.