CAPÍTULO 27
El viernes llegué al auditorio cuarenta minutos antes de la función.
Había pensado llegar diez.
Me expliqué que los treinta minutos de más eran previsión logística.
Aparqué demasiado lejos de todas formas.
En taquilla había un sobre con mi nombre completo.
PATRICIA REQUENA.
Debajo, con letra de Andrés:
«Fila 7. No critiques los cables.»
Me reí sola.
La mujer de taquilla me entregó también una acreditación de invitada.
—Te esperan por la puerta lateral después —dijo.
—¿Quién?
—Llorca.
Claro.
Entré.
El auditorio no se parecía en nada a los espacios de SIN MIRAR. Tenía techos altos, madera clara, luces empotradas y una cantidad de puertas que parecían diseñadas para que una persona normal acabara en un almacén.
Encontré mi asiento.
La función empezó puntual.
Vi a Andrés dos veces antes de que se apagaran las luces.
La primera, cruzando una puerta al fondo con un auricular puesto.
La segunda, inclinado junto a un técnico más joven, señalando algo en una pantalla.
No me vio.
Me gustó poder mirarlo sin que la escena girara alrededor de mí.
Trabajando era menos bromista.
No más duro. Más corto.
Decía algo, escuchaba la respuesta, volvía a mirar. Cuando un hombre apareció corriendo desde un lateral, Andrés no levantó la voz. Le hizo un gesto para que frenara y fueron los dos hacia una puerta.
Luego desapareció.
La función empezó.
Durante hora y media conseguí olvidarme de buscarlo.
Eso me sentó bien.
Al terminar, esperé a que saliera la mayor parte del público y fui hacia la puerta lateral.
Un hombre con chaleco negro miró mi acreditación.
—Patricia.
—Sí.
—Recto, segunda a la izquierda. Si acabas en camerinos has girado demasiado.
—Instrucciones tranquilizadoras.
—Pasa cada día.
Seguí el pasillo.
Olía a polvo, metal caliente y café viejo.
La segunda puerta daba a una zona técnica detrás del escenario.
Andrés estaba de espaldas hablando con una mujer de pelo blanco muy corto.
Llevaba camiseta negra, pantalón de trabajo y el auricular colgando del cuello.
La mujer me vio primero.
—Tienes visita.
Andrés se giró.
La sonrisa le cambió la cara de una forma que no intentó disimular.
—Has venido.
—Tenía entrada.
—Eso ayuda.
Se acercó.
Durante medio segundo no supe qué iba a hacer delante de la mujer.
Él tampoco pareció decidirlo de antemano.
Me puso una mano en el brazo y me dio un beso breve en la boca.
Normal.
Como si pudiera hacerlo allí.
Mi cuerpo necesitó un instante para actualizar información.
—Patricia, Inés —dijo—. Inés manda más que yo, aunque el organigrama finja otra cosa.
—Es verdad —dijo ella.
Nos dimos la mano.
—Encantada.
—Igualmente. ¿Qué te ha parecido?
—Que alguien ha decidido que las rodillas humanas son opcionales.
Inés se rió.
—Entonces lo has entendido.
Andrés me miró.
—Te dije que era danza.
—No dijiste que iban a caer desde tres metros.
—No caen. Descienden con intención.
—Eso se lo cuentas a su traumatólogo.
Inés se fue porque alguien la llamó desde el escenario.
Andrés señaló alrededor.
—Tengo veinte minutos de cierre y luego soy persona.
—Puedo esperar.
—¿Segura?
—He pagado gestoría nueve años. Sé esperar.
—No has pagado. La tienes tú.
—No arruines el chiste.
Me dejó en una pequeña sala de descanso con una máquina de café y cuatro sillas distintas.
Entró y salió gente.
Dos me saludaron. Uno preguntó si era la invitada de Andrés.
—Eso parece —dije.
Nadie añadió novia ni amiga. No tuve que corregir nada.
Veinticinco minutos después Andrés volvió sin auricular.
—Ya.
—Has tardado cinco de regalo.
—Reclamación el lunes.
—La presentaré.
Me enseñó el escenario vacío.
No como visita guiada. Más bien porque teníamos que cruzarlo para salir por otra puerta.
Sin público era más pequeño y más raro. Había cinta de colores en el suelo, marcas con números y piezas que desde la butaca parecían invisibles.
—Así que esto es lo que arreglas —dije.
—Entre otras cosas.
—Esperaba más martillos.
—Te decepciono mucho.
—Constantemente.
Llegamos al centro.
Andrés se detuvo para esperar a que pasara una plataforma.
Un técnico la empujaba desde un lateral.
—Esa es la que te insultaba.
—Hemos hecho las paces.
—Qué maduro.
—Ha cooperado bajo amenaza.
Seguimos.
En el pasillo de salida nos cruzamos con un hombre de unos treinta que levantó dos dedos hacia Andrés.
—Llorca, mañana a las nueve.
—Lo sé.
El hombre me miró.
—Buenas.
—Hola.
Siguió andando.
—¿Todo el mundo te llama por el apellido?
—Cuando quieren que haga cosas.
—Tomaré nota, Llorca.
Andrés me agarró de la cintura y me empujó suavemente contra la pared.
—No abuses.
Me reí.
—¿Estamos en horario laboral?
—Técnicamente siempre hay alguien trabajando aquí.
—Entonces compórtate.
—Eso intento.
Me besó.
La primera vez fue corta.
La segunda no.
Le pasé las manos por la nuca. El pelo corto estaba todavía húmedo en la base, quizá del calor del escenario.
Andrés me apretó la cintura.
—Patricia.
—Qué.
—Hay una cámara al final del pasillo.
Me separé.
—¿Ahora me lo dices?
—No graba sonido.
Le pegué un golpe en el pecho.
Se rió.
—No pienso follar en mi trabajo.
—Yo no he dicho nada.
—Tu mano estaba negociando el cinturón.
La retiré.
—Difamación.
—Prueba audiovisual.
Un carro metálico apareció por la esquina y tuvimos que apartarnos.
El hombre que lo empujaba ni siquiera nos miró.
Salimos por la puerta de personal.
Hacía frío.
Andrés se puso la chaqueta.
—Van a tomar algo cerca. Si quieres, podemos ir.
La invitación llegó sin peso.
Miré hacia la calle.
—Hoy no.
—Perfecto.
—No es por ellos.
—No te he preguntado.
—Ya.
Andrés se ajustó la cremallera.
—Puedo acompañarte al coche.
—Eso sí.
Caminamos.
A mitad de trayecto me cogió la mano.
No había clientes.
Tampoco los busqué.
—Me ha gustado verte ahí —dije.
—¿Con pantalón de trabajo?
—Mandando sin gritar.
—No mando.
—Claro.
—Coordino.
—Peor palabra todavía.
Sonrió.
—A mí me ha gustado que vinieras.
—No conviertas esto en una escena.
—Estoy andando por una acera.
—Sabes lo que quiero decir.
—Sí.
Llegamos al coche.
Me apoyé en la puerta.
—¿Vienes a casa?
Andrés miró el reloj.
—Mañana entro a las nueve.
—Eso no responde.
—Sí.
—Bien.
—Pero duermo.
—Ambicioso.
—Y necesito una ducha.
—Tengo agua.
—Cada vez das más información personal.
Abrí el coche.
—Sube antes de que cambie de opinión.
Andrés rodeó el vehículo hacia el otro lado.
Mientras se sentaba, pensé que acababa de pasar dos horas dentro de su trabajo, delante de gente que sabía su apellido, sus horarios y dónde encontrarlo.
Nadie me había pedido que explicara qué era para él.
Nadie había hecho de nosotros un asunto.
La puerta se cerró.
Andrés se abrochó el cinturón.
—¿Qué?
—Que ha sido más fácil de lo que esperaba.
—¿El qué?
Arranqué.
—Venir.