CAPÍTULO 26
El domingo llegué al café a las diez y veintinueve.
Andrés ya estaba dentro.
Tenía dos tazas sobre la mesa y una expresión demasiado satisfecha para alguien que me había citado a las diez y media.
—No digas nada.
—No he abierto la boca.
—La cara cuenta.
Me senté frente a él.
—He llegado un minuto antes.
—Yo dos.
—Eso no es una competición.
—Porque vas perdiendo.
Cogí mi café.
Estaba solo, sin azúcar.
Lo miré.
—¿Cómo sabes que lo tomo así?
—La otra mañana en tu casa.
—Una vez.
—Tengo memoria funcional.
—Eso ya lo vendiste en SIN MIRAR.
Andrés bajó la vista a su taza.
—Cierto.
No había tensión al decirlo.
Quedaba algo, pero ya no mordía igual.
El café estaba lleno de gente que había salido a desayunar tarde. Una pareja con un niño ocupaba la mesa de al lado. Dos mujeres mayores discutían sobre el precio de una tostada. En la barra, alguien pidió cuatro cafés para llevar.
Nadie nos miraba.
Agradecí darme cuenta.
—Lo de Berta salió mejor de lo que esperaba —dije.
—Me lo contaste ayer.
—Cierto.
—Memoria funcional.
—No abuses.
—¿Ha preguntado algo más?
—No. Y SIN MIRAR sigue siendo nuestro.
Andrés asintió.
—Eso sí me importa.
—A mí también.
—¿Y este desayuno es comité o tregua?
—Me invitaste tú.
—Detalles.
Llegaron las tostadas.
La mía llevaba tomate. La suya, mantequilla y mermelada.
—Otra vez mantequilla —dije.
—Vas a tener que aceptar que esto forma parte de mí.
—Estoy evaluando compatibilidad.
Untó más.
—Haz lo que tengas que hacer.
Comimos un rato sin hablar de nosotros.
Me contó que esa semana el auditorio tenía una compañía de danza contemporánea y que una de las plataformas móviles del escenario estaba dando problemas.
—¿Eso significa que vas a dormir allí?
—No. Significa que voy a insultar una plataforma durante tres días.
—Trabajo técnico de alto nivel.
—Muchísimo.
Le pregunté por la función.
Andrés me miró.
—¿Quieres venir?
—¿A verte trabajar?
—A ver la función. Yo estaré trabajando alrededor.
—Eso suena menos atractivo.
—Puedo llevar casco.
—Mejor.
Sonrió.
—El viernes hay entradas. Te dejo una en taquilla si quieres.
Miré el plato.
Una parte de mí quiso preguntar quién estaría allí, cuánta gente conocía, si tendría que saludar a compañeros suyos, si alguien sabía ya quién era yo.
No lo hice.
—Quiero.
Andrés no celebró.
—Te la dejo a tu nombre.
—Solo Patricia.
Me miró.
—Patricia Requena. Ya estamos en fase apellidos.
—Qué velocidad.
—También sé dónde vives.
—Denunciable.
—Y dónde trabajas.
—Peor.
Terminamos el café.
Al salir, Andrés me cogió la mano.
No lo pensé hasta que llevábamos media calle.
La mañana estaba fría y había sol. La gente caminaba alrededor sin saber nada de nosotros.
En la esquina de una farmacia, oí mi nombre.
—¡Patricia!
Giré.
Mercedes Albiol, clienta desde hacía seis años, venía hacia mí con una bolsa de pan en una mano.
Solté la mano de Andrés.
No del todo deprisa.
Lo suficiente.
Mercedes me dio dos besos.
—Qué casualidad. ¿No trabajas hoy?
—Domingo, Mercedes.
—Tú trabajas siempre.
Se rió de su propia frase y entonces miró a Andrés.
—Perdona.
—Andrés —dijo él.
Le tendió la mano.
—Mercedes.
Nos miró a los dos con la curiosidad perfectamente normal de quien encuentra a su gestora un domingo con un hombre alto.
—¿Tu pareja?
—No —dije.
Demasiado rápido.
Mercedes no pareció notar nada.
—Ah. Perdón. Yo pregunto demasiado.
—No pasa nada.
Habló treinta segundos sobre una notificación que le había llegado el viernes y que, por supuesto, podía esperar al lunes. Le dije que la miraría.
Se despidió.
Andrés y yo seguimos andando.
La mano ya no volvió a la suya.
—No tienes que poner esa cara —dijo.
—¿Qué cara?
—La de que acabas de atropellar a alguien.
—He contestado como si me hubieran acusado de un delito.
—Mercedes sobrevivirá.
—No hablo de Mercedes.
Andrés se encogió de hombros.
—No somos pareja si no quieres llamarlo así.
Ahí el problema dejó de ser Mercedes.
—No es que no quiera llamarlo así.
—Patricia.
—Todavía no sé qué llamarlo.
—Eso sí me lo creo.
Llegamos a su moto.
Me apoyé en el asiento mientras se ponía los guantes.
—¿Te ha molestado?
—Un poco.
Agradecí que no me protegiera de la respuesta.
—Lo siento.
—Ya.
—No ha sido por ti.
—Eso también me lo creo.
Se colocó el casco bajo el brazo.
—El viernes, entonces.
—El viernes.
—No tienes que presentarte a nadie como nada.
—Ya lo sé.
—Solo ven.
Asentí.
Andrés se inclinó y me besó.
En la acera.
Con una panadería detrás, dos motos mal aparcadas y Mercedes probablemente a menos de cien metros.
No miré alrededor hasta que terminamos.
Eso también lo noté.