CAPÍTULO 25
El miércoles por la tarde Andrés escribió.
«El sábado tomo algo con Mónica y Rafa. Se suma una pareja más. Si te apetece venir, ven.»
Leí el mensaje entre dos correos de una empresa que llevaba tres días intentando contratar a una persona sin tener claro ni el horario.
Era una invitación sin frase añadida para empujarme.
Eso la hizo más difícil de rechazar.
Escribí:
«Este sábado no.»
Tardó un minuto.
«Vale.»
Aparté el móvil a un lado.
Lo volví a coger.
«No es por lo del otro día.»
Tardó tanto que me arrepentí de haber añadido la frase.
«No he dicho que lo fuera.»
«Ya.»
«¿Tienes plan?»
Miré el calendario.
No tenía.
Eso me irritó.
«Quiero quedarme en casa.»
«Planazo.»
Me reí.
«Te burlas.»
«Cero. El domingo pasado estuve cuatro horas sin salir y fue excelente.»
«Entonces aprobado.»
«Gracias, inspectora.»
Guardé el móvil.
Sonia apareció por la puerta con una carpeta.
—¿Quién te hace sonreír al teléfono?
—La Agencia Tributaria.
—Por fin ha surgido el amor.
—Déjame eso y vete.
—Sí, jefa.
El sábado me levanté a las nueve y media.
Lavé ropa.
Fui al mercado.
Compré pescado, mandarinas y una planta pequeña que no necesitaba.
A las doce Laura me llamó para preguntarme si quería ir a comer.
Dije que no.
—¿Tienes plan?
—Sí.
Miré la bolsa de ropa pendiente de doblar.
—¿Cuál?
—No salir.
—Eso no es un plan.
—Andrés dice que sí.
Silencio.
Me quedé con una camiseta en las manos.
—¿Andrés?
—Mierda.
Laura se rió.
—Muy bien.
—No empieces.
—No he empezado. Solo estoy disfrutando de un accidente administrativo.
—Te odio.
—¿Es el de los antifaces?
No tenía sentido seguir fingiendo con mi hermana.
—Sí.
—Ah.
La misma vocal.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—La vocal.
—¿Qué tal?
Miré la camiseta.
—Bien.
—¿Bien de verdad?
—Sí.
—Entonces me alegro.
—Gracias.
Esperé las preguntas.
No llegaron.
—¿Nada más?
—¿Quieres interrogatorio?
—No.
—Pues no.
—Esto en la familia es sospechoso.
Laura se rió.
—Si lo traes un día a comer, avisa para no tener la mesa llena de impresoras.
El estómago se me apretó. No por la comida. Pensé en tener que explicar después por qué había dejado de venir, si aquello se torcía.
—Vamos despacio.
—Perfecto.
—Muy despacio.
—Patri.
—Qué.
—Solo he dicho que avises si algún día viene.
—Ya.
—No he reservado sitio en Navidad.
Me reí.
—Gracias.
—De nada. Y si cambias de opinión, hacemos pasta.
—Hoy no.
—Vale.
Colgamos.
La palabra me siguió un rato.
A la una Andrés me mandó una foto.
Una terraza al sol.
En primer plano, una cerveza. Al fondo se veía la mano de Rafa haciendo un gesto absurdo.
«Mónica dice que la próxima vez no acepta excusas de trabajo.»
Contesté:
«No he puesto excusa de trabajo.»
«Le he dicho lo mismo.»
«¿Qué le has dicho?»
Me arrepentí nada más enviarlo.
Sonó a auditoría.
Andrés tardó un poco.
«Que hoy te apetecía quedarte en casa.»
No había inventado cliente.
No había dicho que yo estaba ocupada.
Tampoco había añadido una explicación.
«Vale.»
Andrés mandó:
«JA.»
«Ni una palabra.»
«Has dicho vale.»
«Bloqueado.»
«Otra vez.»
Dejé el móvil.
Me preparé comida.
Vi una película a medias.
Dormí veinte minutos en el sofá y me desperté con el cuello mal colocado.
A las seis bajé a tirar basura y acabé andando hasta una librería.
Solo me apetecía salir después de haberme apetecido quedarme.
Compré una novela y un cuaderno que no necesitaba.
Al volver, vi una llamada perdida de Berta.
La devolví.
—¿Qué haces?
—Camino a casa.
—¿Sola?
—Berta.
—Pregunta geográfica.
—Sola.
—Vale.
—¿Qué quieres?
—El jueves cenamos Julián y yo con Andrés.
Seguí andando.
—Me parece estupendo.
—No te lo decía para provocarte.
—Pues tienes una manera curiosa de iniciar conversaciones.
—Me ha pedido un contacto para una empresa que necesita catering en el auditorio.
—Ah.
—Y como ahora cada vez que digo su nombre pones voz de inspectora, te aviso de que es trabajo.
Me reí.
—Gracias por la trazabilidad.
Berta se quedó callada un segundo.
—¿Estáis juntos?
Me paré junto a un escaparate.
—¿Qué significa juntos?
—No voy a aceptar una respuesta fiscal.
—Entonces no preguntes a una gestora.
—Patricia.
Miré mi reflejo en el cristal.
Bolsa de librería en una mano. Vaqueros. Rizos recogidos mal.
—Nos estamos viendo.
Berta no gritó.
Otro hecho histórico.
—Vale.
—¿Eso es todo?
—Estoy aprendiendo límites.
—Qué miedo.
—¿Quieres que Julián lo sepa?
Ahí estaba.
—No hace falta que se lo digas tú.
—Entendido.
—Pero tampoco tienes que mentir si sale.
Lo dije antes de poder revisarlo.
Berta tardó un segundo.
—Entendido también.
Seguimos hablando de otra cosa.
Cuando colgué, me quedé mirando el móvil.
Acababa de mover una línea.
Pequeña.
Pero la había movido yo.
Andrés escribió a las ocho.
«¿Cómo va el planazo?»
«He comprado un libro y una planta.»
«Nivel de riesgo alto.»
«La planta sobrevivirá.»
«No prometas.»
Me senté en el sofá.
Escribí:
«Berta me ha preguntado si nos estamos viendo.»
Pasaron unos segundos.
«¿Y qué le has dicho?»
«Que sí.»
Esta vez tardó más.
«Ah.»
Sonreí.
«No hagas la vocal.»
«Me la has robado.»
«También le he dicho que no hace falta que se lo cuente a Julián, pero que no tiene que mentir si sale.»
Andrés tardó un poco más esta vez.
Desaparecieron.
Volvieron.
«Gracias.»
La palabra me puso incómoda.
«No lo he hecho por ti.»
«Ya.»
«Bueno. No solo por ti.»
Borré la frase.
Escribí otra.
«No quiero montar una operación secreta.»
Andrés respondió:
«Me parece un buen plan.»
«Eso no significa que Berta vaya a recibir un parte semanal.»
«Ni se me ocurriría.»
Apoyé el teléfono en la pierna.
A los pocos segundos entró otro mensaje.
«¿Mañana desayuno? Solo tú y yo. Ningún testigo.»
«Sí.»
«11:00.»
«10:30.»
«¿Quién eres?»
Me reí.
Abrí el calendario para apuntarlo, aunque no hacía falta.
Esa semana había cenado con Andrés el martes.
Había dormido en su casa.
Había rechazado una tarde con sus amigos.
Al día siguiente iba a desayunar con él.
Mi semana tenía sitio para él sin haberse convertido en una agenda compartida.
Cerré el calendario.
La planta nueva estaba encima de la mesa, inclinada hacia la ventana.
La giré un poco.
Después puse el móvil a cargar y seguí leyendo.