CAPÍTULO 24
El domingo Andrés me mandó una foto de una lámpara rota.
Debajo escribió:
«Trabajo con cosas que se rompen.»
Le contesté:
«Eso parece una tostadora de 1987.»
«Te bloqueo.»
«No puedes. Ya has firmado intercambio de contacto.»
«Error administrativo.»
No nos vimos.
El lunes tampoco.
El martes a las siete y media apareció en la gestoría.
No dentro.
En la acera de enfrente.
Yo estaba bajando la persiana cuando lo vi apoyado en una moto con el casco en la mano.
Me quedé con la llave a medio giro.
—¿Qué haces aquí?
—Secuestrarte.
—Sonia te ha visto.
—Sonia me ha interrogado desde la ventana.
Miré hacia arriba.
La luz del despacho seguía encendida. Una sombra se apartó demasiado tarde.
—La voy a despedir.
—Me ha dicho que amenazas mucho.
—Traición interna.
Andrés me tendió un casco.
—¿Has venido en moto para impresionarme?
—He venido en moto porque la tengo.
—Menos mal.
—Y porque aparcar aquí es una pesadilla.
—Eso sí te lo acepto.
Cogí el casco.
—¿Dónde vamos?
—A mi casa.
Lo miré.
—Muy sutil.
—Tengo cena.
—¿La ha hecho tu madre?
—No.
—Entonces hay riesgo.
—Puedes retirarte.
Me puse el casco.
—Arranca antes de que cambie de opinión.
No había subido a una moto en años. Los primeros metros llevé las manos agarradas a una barra trasera hasta que Andrés frenó en un semáforo y giró la cabeza.
—Puedes tocarme. Tenemos antecedentes.
—Estoy valorando opciones.
—La barra no se ofende.
En el siguiente giro puse las manos en su cintura.
El gesto me produjo una familiaridad inmediata.
La misma zona que había encontrado a oscuras.
Ahora estaba debajo de una chaqueta de moto y se movía con cada cambio de peso.
Llegamos a su casa quince minutos después.
—No ha estado mal —dije al quitarme el casco.
—Te has agarrado fuerte en dos curvas.
—Era por seguridad vial.
—Claro.
Subimos.
Andrés había hecho pasta.
De verdad.
—Estoy impresionada.
—No demasiado, por favor. Es ajo, aceite y cuatro cosas.
—Ya supera tu currículo anterior.
—Mi madre está perdiendo cuota.
Cenamos en el salón.
No hablamos del viernes durante los primeros cuarenta minutos.
Hablamos de una clienta que había aparecido en mi despacho con una caja de zapatos llena de tickets. De una prueba de sonido que había dejado a Andrés con un pitido en un oído. De Laura, que ya había recibido el sofá y consideraba que «la caída del cojín» no era la prometida.
Después recogimos.
Cuando Andrés cerró el lavavajillas, me apoyé en la encimera.
—Ven.
Me miró.
—Otra vez esa palabra.
—Funciona.
Se acercó.
Yo no esperé a que llegara del todo.
Le agarré la camiseta y lo besé.
Andrés respondió enseguida.
Nada de tanteo.
Llevábamos días tocándonos poco y hablando bastante. El cuerpo llevaba la cuenta.
Lo empujé un paso hacia atrás.
Él chocó con la encimera.
—Agresiva.
—Puedes poner una queja.
—¿Dónde?
—Mañana en horario laboral.
Volví a besarlo.
Le saqué la camiseta por la cabeza.
Andrés me dejó hacer.
Esa era la diferencia de aquella noche.
No quería que dirigiera.
Quería verlo reaccionar.
Le pasé las manos por el pecho y bajé por el abdomen. La barriga autónoma estaba allí, menos firme al final del día.
Me gustaba.
Le abrí el cinturón.
Andrés me miró.
—Patricia.
—¿Qué?
—Nada.
—Te odio.
—Estoy aprendiendo.
Le bajé la cremallera.
Su erección ya se notaba bajo la ropa interior.
Me arrodillé.
La inhalación corta llegó tan fuerte que casi me hizo reír.
—No —dijo.
Levanté la vista.
—¿No?
—No te rías.
—Ah.
—Eso.
Sonreí.
—No prometo nada.
Le bajé la ropa interior.
Andrés apoyó una mano en la encimera, la otra en mi pelo sin empujar.
Lo cogí con la mano primero.
Despacio.
Él cerró los ojos.
—Mírame —dije.
Los abrió.
Esta vez era yo quien podía pedirle que mirara.
Me gustó ver cómo le afectaba.
Pasé la lengua por la punta.
Andrés soltó el aire.
—Joder.
—Información útil.
—Eres una cabrona.
—Eso ya lo sabías.
Lo llevé a la boca.
No había misterio en lo que hacía ni necesidad de convertirlo en una coreografía perfecta. Encontré un ritmo que le gustaba porque me lo dijo con el cuerpo y, cuando dudé, también con la voz.
—Así.
Seguí.
La mano que tenía en mi pelo se cerró un poco.
—¿Bien? —pregunté al apartarme.
Andrés me dedicó una mirada ofendida.
—No utilices esa pregunta contra mí.
Me reí.
Él me levantó por los brazos.
—Ven aquí.
—Estaba ocupada.
—Ya.
Me besó.
Noté su excitación contra mi cadera.
Andrés llevó una mano al botón de mi pantalón.
—¿Puedo?
—Sí.
—¿Seguro que hoy no hay comité ético?
—Como sigas hablando, sí.
Abrió.
Metió la mano dentro de mi ropa interior.
El primer contacto me hizo apoyar la frente en su hombro.
—Eso ha sido rápido —murmuró.
—No te crezcas.
—Difícil ahora mismo.
Le mordí el cuello.
Andrés se rió y movió los dedos.
Perdí las ganas de contestar.
—Arriba —dije.
—¿Dormitorio?
—Sí.
Llegamos con parte de la ropa puesta y la dignidad distribuida por el pasillo.
En el dormitorio me quité el pantalón. Andrés abrió el cajón donde guardaba los preservativos.
—Organización —dije.
—Aprendo de ti.
—Eso me preocupa.
Se sentó en el borde de la cama para ponerse uno.
Yo me acerqué.
Andrés levantó la vista.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez.
Me senté a horcajadas encima de él.
La palabra que soltó fue clara esta vez.
Me gustó.
Le agarré la cara con las dos manos y lo besé mientras bajaba despacio.
Andrés apoyó las manos en mis caderas.
—Espera.
Me quedé quieta.
—¿Bien?
—Sí. Dame un segundo.
La voz le salió más baja.
Me moví cuando asintió.
Al principio despacio.
Después encontré el ángulo que quería y apoyé las manos en sus hombros.
Poder verlo debajo de mí cambiaba la sensación. Andrés no tenía dónde esconder la respiración, la tensión del abdomen, la forma en que apretaba la mandíbula cuando yo aceleraba.
—Eso —dije.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Has dicho exactamente eso.
Me reí.
Él me sujetó más fuerte.
—Más rápido —dijo.
Lo hice.
El placer subió con una concentración que me hizo dejar de bromear.
Andrés lo notó.
Una mano se deslizó entre los dos.
—Sí.
No necesitó más.
Mantuvo el contacto mientras yo seguía moviéndome.
El orgasmo llegó de golpe, obligándome a agarrarme a él y esconder la cara en su cuello.
Andrés me sostuvo.
No paró hasta que dejé de temblar.
—Ahora sí puedes reírte —dije sin levantar la cabeza.
—No se me ocurre nada.
—Grave.
Me besó la sien.
Después me giró con cuidado y quedamos tumbados de lado.
—¿Quieres seguir?
—Sí.
Andrés entró otra vez.
La postura era más lenta, más pegada. Una mano me sostenía la cadera. La otra pasó por debajo de mi cuello.
Ya nos conocíamos un poco más, y se notaba en las instrucciones.
Podía decirle que apretara.
Él podía pedirme que cambiara el ángulo.
Cuando estuvo cerca, lo noté antes por la respiración.
—Ya —murmuré.
Andrés soltó una risa sin aire.
—Me tienes demasiado estudiado.
—Problema tuyo.
Terminó con la frente apoyada en mi hombro.
Nos quedamos quietos.
Luego él fue al baño y yo busqué mi camiseta.
Cuando volvió, llevaba agua.
—Te estás volviendo previsible.
—Hidratación. Muy erótico.
—Muchísimo.
Se tumbó a mi lado.
Bebimos del mismo vaso.
Durante unos minutos no hablamos.
Andrés me acariciaba la cadera con dos dedos, sin intención de empezar nada.
—El viernes me quedé incómodo —dijo.
Ahí estaba.
Yo seguí mirando el techo.
—Lo sé.
—No quería sacarlo justo después de follar.
—Gracias por el refinamiento.
—Tengo modales.
Giré la cabeza hacia él.
—Dime.
Andrés dejó la mano quieta.
—No me importa que no contemos SIN MIRAR. Eso es nuestro.
—Bien.
—Lo que me cuesta es cambiar contigo cuando aparece alguien.
—¿Cambiar cómo?
—El viernes sabía qué agua bebías y tuve que pensar si servirla sin preguntar iba a decir demasiado.
—No te pedí eso.
—No con palabras.
Me incorporé un poco.
—No me avergüenzo de ti.
—Ya lo sé.
Eso me desarmó un poco.
—Entonces, ¿qué quieres?
—No tener que fingir que apenas te conozco.
Miré la sábana.
—Necesito tiempo.
—Lo sé.
—Y cada vez que lo digo parece que te doy una fecha de caducidad.
Andrés me miró.
—No. Pero necesito saber qué hago mientras tanto.
No supe contestar.
Él se tumbó otra vez.
—No hace falta hoy.
Me quedé sentada.
—¿Estás enfadado?
—No.
—Otra vez pareces enfadado.
—Estoy cansado y desnudo. Hay menos recursos faciales.
Me reí a pesar de mí.
Andrés me agarró de la muñeca.
—Ven.
Me tumbé.
No arreglamos nada.
Su mano acabó sobre mi vientre.
La mía en su pecho.
Dormimos.
A las tres de la mañana me desperté para ir al baño.
Al volver, Andrés estaba boca abajo ocupando más de media cama.
Lo empujé por la cadera.
—Muévete.
—Mmm.
—Andrés.
Se apartó diez centímetros sin despertar.
Me metí bajo la sábana y apoyé un pie frío contra su pantorrilla.
Andrés gruñó dormido y no se apartó.
La discusión podía esperar hasta que estuviéramos despiertos.