CAPÍTULO 23
El viernes llegué a casa de Berta poco después de las nueve.
Andrés ya estaba allí.
Lo supe antes de verlo porque su chaqueta colgaba del perchero junto a la de Julián.
La reconocí.
Eso me pareció una invasión bastante íntima para una prenda.
—Llegas tarde —dijo Berta desde la cocina.
—Diez minutos.
—He puesto nueve.
—Eso es manipulación horaria.
Entré con una botella de vino.
Había ocho personas. Mónica, Rafa, una pareja que conocía de otros cumpleaños, Julián y dos amigos suyos.
Andrés estaba junto a la ventana con una cerveza.
Me miró al entrar.
No sonrió de forma distinta.
Yo tampoco.
Aquello duró exactamente cuatro segundos.
Luego Berta dijo:
—Andrés, ayúdala con el abrigo, que tengo las manos llenas.
Los dos la miramos.
—Sé quitarme un abrigo —dije.
—Qué moderna.
Andrés se acercó.
—Puedo retirarme.
—Demasiado tarde.
Me ayudó porque negarme habría resultado más raro.
Sus dedos rozaron mi nuca al apartar el pelo del cuello del abrigo.
Un gesto mínimo.
Mi cuerpo se enteró.
Berta estaba sacando una bandeja del horno y no vio nada.
—Gracias —dije.
—De nada.
Formalidad impecable.
Nos separamos.
Durante la primera media hora funcionó.
Yo hablé con Mónica sobre un viaje que quería hacer en enero. Andrés discutió con Julián por una cerveza artesana que, según él, sabía a ambientador. Nos cruzamos dos veces cerca de la mesa y no nos tocamos.
Luego empezaron las pequeñas traiciones.
Berta puso aceitunas.
Yo aparté las negras.
Andrés, desde el otro lado de la mesa, empujó hacia mí el cuenco de las verdes sin mirarme.
Me quedé con la mano a medio camino.
Mónica lo vio.
—Servicio premium —dijo.
Andrés levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
Cogí una aceituna.
Cinco minutos después, él abrió una botella de agua y me sirvió sin preguntar.
Sin gas.
Esta vez acertó.
—Has estudiado —murmuré.
—Aprendo de los errores.
Berta apareció entre los dos con una fuente.
—¿De qué errores?
—De pedir agua —dije.
—Tema apasionante.
Se fue.
Andrés bajó la voz.
—Esto es absurdo.
—Un poco.
—No sé qué puedo recordar en público.
—Las aceitunas son legales.
—Gracias.
—El lunar del cuello, no.
—Complica muchísimo la conversación.
Me reí.
Mónica nos miró otra vez.
Me separé de la mesa porque empecé a sentir que cada gesto llevaba subtítulos.
Me senté junto a Rafa.
Durante la cena, la conversación fue suficientemente caótica para respirar. Una persona hablaba de alquileres. Otra de un concierto. Berta intentaba convencer a todos de ir a una casa rural en febrero y recibía negativas con una energía que solo la animaba.
—Patri sí viene —dijo.
—Patri no ha dicho nada.
—Tú siempre dices que no y luego vienes.
—Eso es falso.
Laura, si hubiera estado allí, se habría reído.
Andrés no intervino.
Agradecí que no supiera todavía qué versión de mí correspondía a los viajes con amigos.
Después del postre, Julián sacó una baraja.
—No.
Me levanté.
—Ni una partida.
—Pierdes mal —dijo Berta.
—Gano con dignidad.
—También es mentira.
Andrés se sentó a jugar.
Me quedé en el sofá con Mónica y Eva. Desde allí lo veía de perfil.
No necesitaba participar en todo.
Eso me gustó de él.
También vi su facilidad para estar con la gente. Llegaba, ayudaba, discutía, se quedaba.
Yo funcionaba de otra manera.
A las doce menos cuarto fui al baño.
Berta me interceptó al salir.
—Ven.
—Esa palabra nunca anuncia nada bueno.
Me llevó hasta su dormitorio y cerró la puerta.
—¿Qué?
—Tú y Andrés.
Me apoyé en una cómoda.
—Qué precisión.
—No me trates como si fuera idiota.
—No lo hago.
—Os pasa algo.
Berta sonaba curiosa y, por una vez, estaba intentando no invadirme.
—Nos caemos bien.
—Eso ya lo veo.
—Pues ya está.
Entrecerró los ojos.
—Patricia.
—Berta.
—¿Tiene que ver con lo de los antifaces?
No respondí.
Berta abrió la boca.
La cerró.
Fue casi histórico.
—Vale —dijo.
—¿Vale?
—Si quieres contármelo, me lo cuentas.
—Gracias.
—Pero necesito saber una cosa.
—Claro.
—¿Julián sabe algo que yo no?
Me reí.
—No.
—Perfecto. Eso sí habría sido una traición matrimonial.
—Tus prioridades son preciosas.
Berta me agarró las manos.
—No voy a decir nada.
—Gracias.
—Y no necesito detalles sexuales.
La miré.
La miré hasta que se echó a reír.
Nos reímos.
Cuando volvimos al salón, Andrés levantó los ojos hacia mí.
Supongo que algo en mi cara cambió, porque dejó las cartas.
No vino.
No preguntó.
Siguió jugando.
Ese respeto me gustó más de lo que debía.
A las doce y media empecé a despedirme.
—Te acompaño —dijo Andrés.
Julián estaba recogiendo vasos.
—Tu moto está al lado contrario —comentó.
Andrés lo miró.
—Puedo caminar cuatro calles sin supervisión.
—No he dicho que no.
Yo me puse el abrigo.
Berta no sonrió.
Se lo agradecí con una mirada que probablemente entendió.
Salimos.
En el ascensor de la finca nos quedamos solos.
Las puertas se cerraron.
Andrés me miró.
Yo a él.
—Hola —dijo.
Me eché a reír.
—Ha sido horrible.
—Bastante.
—Has movido las aceitunas.
—No pensé.
—Gravísimo.
—Y tú me has dicho lo del agua.
—Eso era privado.
Se acercó.
—¿Puedo besarte ya o hay cámaras?
—Berta es capaz.
Andrés miró al techo del ascensor.
—Buenas noches, Berta.
Le agarré la chaqueta y lo besé.
La risa duró poco.
Llevábamos tres horas a pocos metros sin tocarnos. La acumulación se notó en cuanto su mano llegó a mi cintura.
Las puertas se abrieron en el portal.
Nos separamos.
Una señora esperaba fuera con un perro pequeño.
—Buenas noches —dije.
—Buenas noches.
Salimos a la calle.
La señora entró en el ascensor.
Andrés se pasó una mano por la boca.
—Muy discreto.
—Impecable.
Caminamos hacia mi coche.
A mitad de camino me cogió la mano.
Miré nuestros dedos.
No había nadie conocido.
Aun así, tuve el impulso de soltarlo.
No lo hice.
—Berta sabe algo —dijo.
—Sí.
—¿Se lo has contado?
—No.
—¿Te ha preguntado?
—Sí.
—¿Y?
—Le he dicho que nos caemos bien.
Andrés soltó una risa breve.
—Técnicamente cierto.
—Luego ha preguntado por los antifaces.
Dejó de reírse.
—Ah.
—No he contestado.
—Y lo ha entendido.
—Creo.
Seguimos andando.
—¿Te molesta? —pregunté.
—Que Berta lo sepa o casi lo sepa, no.
—¿Entonces?
Andrés tardó unos pasos.
—Me ha resultado raro estar tres horas contigo y tener que pensar cada vez que hacía algo normal.
—A mí también.
—No quiero contarle a nadie cómo nos conocimos si tú no quieres.
—Bien.
—Tampoco necesito decir que esto es una relación si no sabemos si lo es.
—Bien.
Me miró.
—Pero no quiero mentir.
—Nadie te ha pedido que mientas.
—Esta noche Julián me ha preguntado en la cocina si había vuelto a hablar contigo después del cumpleaños.
Me detuve.
—¿Qué le has dicho?
—Que sí.
El estómago se tensó.
—¿Solo eso?
—Sí.
—¿Y él?
—Ha dicho «ah» y ha seguido abriendo una botella.
Respiré.
Andrés me observó.
—Eso es lo que digo.
—¿Qué?
—Que para ti incluso decir que hemos hablado parece demasiado.
—No es demasiado.
—Tu cara no está de acuerdo.
—Me ha pillado de sorpresa.
—Vale.
—No digas vale así.
—¿Así cómo?
—Con voz de cerrar una carpeta.
Andrés miró hacia la calle.
—No sé cuánto margen necesitas, Patricia.
—Yo tampoco.
—Eso es bastante incómodo.
—Lo sé.
—Y no te estoy pidiendo una fecha.
—Ya.
—Pero si dentro de un mes seguimos viéndonos, no voy a decirle a Julián que apenas te conozco.
Lo dijo mirando hacia la calle, sin subir la voz.
—No quiero que hagas eso.
—Perfecto.
—Solo necesito que no se convierta en algo que todo el mundo comenta.
Andrés se metió las manos en los bolsillos.
—Eso puedo intentarlo.
—¿Intentarlo?
—Berta te ha sacado una confesión sin confesión en dos minutos. No prometo milagros.
Me reí.
La tensión bajó un poco.
Llegamos al coche.
Andrés no me besó.
Yo tampoco.
—¿Te vas enfadado?
—No.
—Pareces enfadado.
—Estoy pensando.
—Peligroso.
Me miró.
—Eso era mío.
—Lo he robado.
Sonrió.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Abrí la puerta.
Antes de entrar, le toqué la manga.
—Andrés.
—¿Qué?
Quería decirle que no lo estaba escondiendo porque me avergonzara de él.
En mi cabeza ya sonaba a defensa ensayada.
—Nada.
Levantó las cejas.
—Eso sí que es robo con violencia.
Entré en el coche.
Andrés se fue hacia su moto.
Me fui sin saber qué íbamos a hacer con aquello.
La venda, al menos, había dejado de ser el problema.