CAPÍTULO 22
El martes quedamos sin cena.
La idea fue mía.
Había descubierto que, si cada vez que veía a Andrés acabábamos sentados delante de un plato o quitándonos ropa, corría el riesgo de aprender muy rápido dos partes concretas de él y dejar el resto para una hipotética segunda temporada.
Le propuse caminar.
—¿Caminar? —dijo por teléfono.
—Sí. Una actividad antigua. Se hace con las piernas.
—Tengo nociones.
—A las siete en el puente de las Flores.
—Vale.
—Otra vez.
—Voy a empezar a cobrarte cada vez que lo señales.
A las siete y cuatro apareció con una chaqueta verde oscura y una mochila pequeña colgada de un hombro.
—Tarde.
—Cuatro minutos.
—Se empieza así.
—¿Y cómo termina?
—Con una persona diciendo que el tráfico estaba fatal mientras la otra envejece en una terraza.
—Qué visión más oscura.
Empezamos a caminar por el Jardín del Turia.
Había corredores, perros, bicicletas y niños todavía con energía suficiente para hacer ruido a esa hora. Yo llevaba todo el día sentada y los primeros diez minutos las piernas tardaron en entrar en la conversación.
Andrés iba un poco más despacio de lo que habría ido solo.
Lo supe porque dos veces aceleró sin querer y luego volvió a mi ritmo.
No se lo dije.
—¿Qué llevas en la mochila? —pregunté.
—Cosas.
—Gran tradición familiar.
—Agua. Un jersey. Un destornillador.
Lo miré.
—¿Llevas un destornillador para pasear?
—Lo metí esta mañana.
—Eso no responde.
—No me he acordado de sacarlo.
—Mucho mejor.
Andrés sonrió.
—Tú llevas un bolso que pesa tres kilos.
—Dos y medio.
—¿Qué hay?
—Cosas.
—Hipócrita.
Le di con el hombro.
Seguimos.
Sin una mesa delante, la conversación se movía de otra forma. Se cortaba cuando pasaba una bicicleta. Volvía diez pasos después. No había que sostener contacto visual todo el tiempo.
Me contó que los martes solía salir tarde, salvo cuando no había función. Que su madre vivía a quince minutos. Que un domingo al mes comía con ella y con una prima que había convertido los grupos familiares de WhatsApp en una profesión.
Yo le hablé de Laura, de mis sobrinos y de mi padre, que vivía en Castellón desde hacía años y llamaba los miércoles porque había decidido que ese era el día menos invasivo de la semana.
—¿Y funciona? —preguntó.
—No. Pero es constante.
Llegamos a una zona donde varias personas hacían ejercicios en unas barras.
Andrés miró.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Te he visto calcular.
—Solo estaba pensando si todavía podría hacer una dominada.
—¿Podrías?
—Probablemente una muy triste.
—Hazla.
—No.
—Cobarde.
—Tengo cuarenta y ocho años y dignidad limitada. Hay que administrarla.
Me reí.
Paramos en un quiosco a comprar agua. El hombre que atendía reconoció a Andrés.
—Llorca.
—Vicent.
Se dieron la mano.
—¿Hoy sin averías?
—No lo digas muy alto.
Vicent me miró.
Andrés no hizo una presentación precipitada. Esperó.
—Patricia —dije.
—Vicent.
—Encantada.
—Igualmente.
El hombre volvió a Andrés.
—El jueves vienes, ¿no?
—Si no me secuestran antes.
—Tu gente está imposible.
—Siempre.
Pagamos el agua y seguimos.
—¿Tu gente? —pregunté.
—Un grupo con el que juego a pádel de forma intermitente y bastante mediocre.
—Información sensible.
—Ya no estamos en protocolo.
—Se me olvida.
Andrés abrió la botella.
—A mí no.
Lo dijo pendiente de la botella, sin mirarme.
—¿Te sigue molestando?
—¿Lo de la tercera sesión?
—Sí.
Bebió antes de contestar.
—Menos.
—Respuesta diplomática.
—Respuesta real.
—Vale.
Me miró de lado.
—Has dicho vale.
—Cállate.
Andrés sonrió y me pasó la botella.
Bebí.
Al salir del cauce, propuso tomar algo en un bar pequeño cerca de Aragón.
—Solo una —dije.
—Una.
El bar estaba lleno a medias. Dos mesas altas, fútbol sin sonido en una pantalla y una barra con platos de cacahuetes.
Entramos.
Una mujer levantó la mano desde el fondo.
—¡Andrés!
Él se detuvo.
Yo también.
—Mierda —murmuró.
—Eso inspira confianza.
—Es Mónica.
La del cumpleaños.
Estaba con otro hombre y una mujer que no conocía.
Mónica se levantó.
—Venid.
Andrés me miró antes de moverse.
Podíamos saludar e irnos.
Yo hice un gesto pequeño con la cabeza.
Fuimos.
—Patricia —dijo Mónica—. La amiga de Berta.
—La misma.
—Rafa, Eva. Andrés ya lo conocéis.
Nos saludamos.
—Sentaos —dijo Mónica—. Acabamos de pedir otra ronda.
Noté a Andrés esperando otra vez.
—Solo íbamos a tomar una —dije.
—Una aquí —respondió Mónica—. Cumplimos contrato.
Nos quedamos.
No pasó nada grave.
Ese fue el problema.
Me lo pasé bien.
Rafa trabajaba en una tienda de instrumentos. Eva era enfermera y tenía una historia larguísima sobre un vecino que había decidido criar gallinas en una terraza. Mónica hablaba deprisa y se reía antes de terminar sus propias frases.
Andrés estaba cómodo.
No ocupaba el centro, pero lo tocaba todo. Preguntaba. Interrumpía cuando tenía algo. Se levantó a pedir otra botella de agua sin preguntar quién quería porque ya lo sabía.
A mí me trajo con gas.
—Yo no tomo con gas.
Se quedó con la botella en la mano.
—Mierda.
—Primer fallo registrado.
—En mi defensa, en SIN MIRAR no había agua con gas.
Mónica nos miró.
Solo un segundo.
Andrés lo vio.
Yo también.
—¿SIN MIRAR? —preguntó ella.
El estómago se me cerró.
Andrés dejó mi botella.
—Una cosa de la que hablábamos antes.
No mintió.
Tampoco explicó.
Mónica aceptó la respuesta y volvió a la historia de las gallinas.
Agradecí el cambio de tema con una intensidad desproporcionada.
Quince minutos después me levanté.
—Me voy.
Andrés miró la hora.
—Te acompaño.
—No hace falta.
—Voy hacia ahí.
No era verdad. Su moto estaba aparcada al otro lado.
Mónica levantó una ceja.
No dijo nada.
Nos despedimos.
En la calle caminé unos metros antes de hablar.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no contar nada.
—Me lo pediste.
—Ya.
Andrés metió las manos en los bolsillos.
—Patricia.
—¿Qué?
—Lo del viernes en casa de Berta. ¿Quieres que hagamos como que apenas nos conocemos?
Me pilló sin defensa preparada.
—No.
—Bien.
—Quiero decir… no quiero montar una representación.
—¿Entonces?
—Que no hace falta decir que estamos viéndonos.
—Eso sí lo entiendo.
—Ni contar SIN MIRAR.
—Eso no lo contaría sin preguntarte, aunque lleváramos diez años casados.
Lo miré.
—No uses matrimonio en una conversación tan joven.
—Era una unidad de medida.
—Busca otra.
—Vale.
—Andrés.
—Perdón.
Llegamos a mi calle.
—¿Te ha molestado Mónica? —pregunté.
—No.
—Ha estado a punto de preguntar.
—Y no ha preguntado.
—Porque has cerrado la puerta.
—Claro.
Me detuve.
—No quiero que esto se convierta en tema de grupo antes de saber qué es.
Andrés se quedó frente a mí.
—De acuerdo.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que tienes una segunda frase.
Se rió sin ganas.
—La tengo.
Esperé.
—Yo tampoco necesito ponerle nombre mañana —dijo—. Pero no quiero comportarme como un conocido de Berta cuando estoy contigo.
—No te estoy pidiendo eso.
—Bien.
—Solo un poco de margen.
—Eso sí puedo darte.
Se inclinó y me besó.
En plena calle.
Un beso corto.
Nada clandestino.
Miré alrededor por reflejo cuando se apartó.
Andrés lo vio.
No hizo comentario.
Eso fue peor que si lo hubiera hecho.
—Nos vemos el viernes —dijo.
—Sí.
—Y prometo no presentarte como la mujer que sabe dónde tengo las cicatrices.
—Te lo agradecería.
—Aunque es una descripción bastante precisa.
Le di un golpe en el brazo.
Andrés se fue riendo.
Yo entré en mi portal.
Mientras esperaba el ascensor, pensé que no me había molestado que Mónica nos viera juntos.
Me había molestado la posibilidad de tener que explicarlo.