CAPÍTULO 21
Me despertó el ruido de un armario de la cocina.
Tardé unos segundos en recordar por qué había un hombre abriendo cosas en mi casa a las ocho y cuarto de la mañana.
Luego me moví.
El gemelo protestó.
—Ah —murmuré.
La noche volvió bastante deprisa.
Curry. Ropa en el suelo. Andrés riéndose mientras me estiraba una pierna. Su cara encima de la mía cuando dejó de reírse.
Me quedé boca arriba.
La mitad izquierda de la cama estaba vacía, pero la sábana seguía caliente. En la silla había una camiseta gris que no era mía.
Otro golpe suave en la cocina.
—Si rompes algo, lo pagas —grité.
Hubo una pausa.
—Buenos días a ti también.
Sonreí contra la almohada.
Me levanté con una camiseta larga y ropa interior. Encontré a Andrés descalzo, en bóxers, delante del armario donde guardaba los vasos.
—Eso no son tazas.
—Me he dado cuenta.
—Segundo armario.
Abrió el de al lado.
—Eso son platos.
—El otro segundo armario.
Me miró.
—Tienes demasiados segundos armarios.
—Y tú demasiada confianza para alguien que está saqueando una cocina ajena.
—Busco café.
—La cafetera está delante de ti.
Andrés se volvió.
La tenía a menos de treinta centímetros.
—No he dicho que estuviera despierto.
—Es tranquilizador saber que coordinas mantenimiento técnico en ese estado.
—En el trabajo me dan casco.
Me apoyé en la encimera.
Llevaba los rizos cortos aplastados de un lado. La barba había ganado varias horas. Tenía una marca de sábana en el hombro.
La marca de sábana en el hombro me dio ganas de tocarla.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Esa palabra ya no te la creo.
—Tienes una marca aquí.
Le toqué el hombro.
Andrés bajó la vista hacia mis dedos.
—Puede ser grave.
—Amputación.
—Antes del café no firmo nada.
Encontré las tazas y preparé dos cafés. Él quiso ayudar y consiguió derramar agua al llenar el depósito.
—Aparta.
—Puedo arreglar un motor de escenario.
—Mi cafetera tiene exigencias superiores.
—Está apuntado.
Me cedió el sitio.
Mientras el café salía, abrió la nevera.
—¿Puedo?
—Si encuentras algo con fecha de este mes, es tuyo.
—Esto sí da miedo.
Sacó mantequilla, mermelada y un paquete de queso. Yo puse pan en la tostadora.
La escena habría sido imposible de imaginar dos semanas antes. Incluso la noche anterior, cuando le abrí la puerta, mi cabeza había trabajado con un horizonte mucho más corto: cena, deseo, cama, quizá dormir.
No había pensado en un hombre en bóxers leyendo la fecha de caducidad de mi leche.
—Caduca mañana —dijo.
—Ves. Alta cocina.
—Tienes que consumirla.
—Gracias, mamá.
—Mi madre diría que la hiervas.
—No quiero conocer a tu madre a través de consejos lácteos.
Andrés cerró la nevera.
—Todavía no.
La palabra quedó un segundo más de la cuenta.
Él no la empujó.
Yo tampoco.
Desayunamos en la mesa de la cocina. Andrés untó demasiada mantequilla en una tostada y yo descubrí que masticaba perfectamente normal.
—Has aprobado —dije.
—¿Qué?
—La masticación.
Se quedó quieto.
Después empezó a reírse.
—Por fin.
—No cierres el expediente todavía.
—¿Ronco?
—No.
—¿Seguro?
—Me desperté una vez porque estabas ocupando media almohada.
—Eso no es roncar.
—Es apropiación indebida.
—Denúnciame.
—Estoy reuniendo pruebas.
Me dio un trozo de tostada.
Lo acepté.
Dormir con alguien después de años haciéndolo sola tenía inconvenientes muy concretos. Calor de más. Una pierna donde yo solía estirar la mía. El ruido de otra respiración justo cuando empezaba a dormirme.
También tenía el peso de una mano que había aparecido sobre mi cintura a las cuatro de la mañana sin buscar nada más.
Eso no se lo dije.
A las nueve, Andrés miró el reloj.
—Tengo que pasar por el auditorio antes de las once.
—Sábado.
—Hay ensayo.
—Creía que la cultura descansaba.
—La cultura no. Las máquinas tampoco.
Se levantó.
Yo recogí las tazas.
Andrés llegó por detrás y me tocó la cintura.
El cuerpo respondió con una eficacia irritante.
—No empieces —dije.
—Solo te estoy tocando.
—Ya.
Besó la parte de atrás de mi cuello.
—Eso tampoco ayuda.
—Puedo irme sin hacerlo.
—Ahora ya no.
Se rió contra mi piel.
Me giré.
El beso de la mañana tuvo menos urgencia y más dientes sin lavar de lo recomendable. Duró poco.
—Necesitamos café —dije.
—Urgentemente.
—Eso ha sido poco romántico.
—Y lo dices tú.
Andrés me miró un instante.
—¿Te ha parecido raro que me quedara?
No tenía preparada una respuesta.
—Un poco.
—A mí también.
—Bien.
—Pero no mal.
—A mí tampoco.
Sus pulgares se movieron una vez sobre mi cintura.
—Podría haberme ido.
—Ya.
—No quería.
Me quedé con la respuesta dentro.
—Pues ya está —dije.
—Eso ha sido muy emotivo.
—No abuses.
Se vistió en el dormitorio. Yo cambié las sábanas después de que se pusiera los pantalones y él protestó porque lo hacía parecer una actividad con horario de salida.
—Es que lo es.
—Qué hostil.
—Tengo lavadora.
—Eso sí es una urgencia.
Antes de irse encontró su móvil debajo del sofá, una zapatilla junto a la cama y la cartera encima de la encimera.
—Te falta dignidad —dije.
—Esa no la traje.
En la puerta se puso la chaqueta.
Yo me quedé apoyada en el marco.
—¿Te escribo luego?
—Si sobrevives a la cultura.
—Intentaré.
Me besó una vez.
Después otra, más corta.
—La segunda era innecesaria —dije.
—Lo sé.
Se fue.
Cerré la puerta.
El piso recuperó su tamaño habitual.
En el baño había una toalla húmeda que no era mía y en la cocina, un vaso fuera de sitio.
Los dejé donde estaban.
Metí las sábanas en la lavadora.
A las diez y doce llegó un mensaje de Berta en el grupo del cumpleaños.
«EL VIERNES CENA DE SObrAS EMOCIONALES EN CASA. Poca gente. Julián dice que trae cerveza. Yo pongo comida. No acepto excusas salvo hospitalización.»
Debajo empezaron las respuestas.
Laura no podía.
Mónica sí.
Toni también.
Julián mandó un pulgar.
Andrés escribió:
«Voy. Y no arreglaré nada.»
Berta respondió:
«Eso lo veremos.»
Me quedé mirando su nombre.
El viernes íbamos a estar en una casa llena de gente que nos conocía por separado.
La noche anterior Andrés había dormido en mi cama.
En ese grupo, nadie sabía que nos habíamos besado.
Ni que me conocía desnuda.
Abrí su chat privado.
Escribí:
«Lo del viernes.»
Tardó menos de un minuto.
«Sí.»
«No hace falta contar nada todavía.»
Andrés empezó a escribir. Se detuvo. Volvió a hacerlo.
Desaparecieron.
Volvieron.
«Vale.»
Nada más.
Leí la palabra dos veces.
Después dejé el teléfono encima de la mesa y puse la lavadora.