CAPÍTULO 20
Durante la semana, la vida siguió.
El lunes Andrés tuvo una avería que lo retuvo en el auditorio hasta casi medianoche.
El martes yo cené con Laura y mis sobrinos.
El miércoles nos vimos veinte minutos para tomar una cerveza y acabamos besándonos contra la puerta de mi coche hasta que una pareja quiso aparcar al lado y nos obligó a comportarnos como adultos.
El jueves no quedamos.
El viernes sí.
Esta vez vino a mi casa.
Llegó a las nueve y cinco con una bolsa de comida tailandesa y una botella de vino.
—Cinco minutos tarde —dije al abrir.
—He venido en coche. Valencia ha decidido castigarme.
—Excusas.
Entró y me besó antes de quitarse la chaqueta.
El beso duró demasiado para llamarlo saludo.
Le agarré la camiseta a la altura de la cintura.
Andrés se separó apenas.
—Hola.
—Hola.
—¿Comemos primero?
Lo miré.
—Probablemente.
—Me gusta esa prudencia.
—Aprovéchala.
Cenamos.
De verdad.
Habíamos aprendido lo suficiente como para saber que el hambre adulta acaba arruinando cualquier escena sexual diseñada con demasiado optimismo.
Abrimos los recipientes en la mesa de la cocina. Andrés probó el curry picante y empezó a toser.
Le pasé agua.
—Esto es muy sensual.
—Cállate.
—¿Masticas bien al menos?
—Estoy intentando respirar.
—Resultado provisional: regular.
Me hizo un gesto obsceno con la mano.
—Ese dedo no estaba en verde.
Se atragantó riéndose.
Cuando terminamos, recogí los envases.
Andrés se quedó apoyado en la encimera mirándome.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa palabra es mía.
—Hoy te la presto.
Metí los recipientes en una bolsa.
Él siguió mirando.
El cuerpo se me puso atento.
—Andrés.
—¿Sí?
—Ven.
Dejó la copa.
Se acercó sin prisa.
Cuando estuvo delante, le puse una mano en el pecho.
No para frenarlo.
Para comprobar que seguía siendo el mismo lugar.
Debajo de la camiseta, el corazón aceleró.
—Eso también lo conozco —dije.
—No tengo muchas defensas contigo.
—Alguna te queda.
—Pocas.
Lo besé.
La cocina desapareció bastante rápido.
Andrés me sujetó por la cintura. Yo le pasé los brazos por el cuello. La barba rozó mi mandíbula. Su mano bajó por mi espalda hasta el trasero y esta vez no tuvo un vaquero grueso de por medio; llevaba un vestido de punto sencillo y medias.
Apretó.
Solté aire contra su boca.
—¿Bien?
—Sí.
—¿Más?
—Sí.
Sonaba distinto a SIN MIRAR.
Ya sabíamos contestarlas sin convertir cada centímetro en una frontera nueva.
Me levantó apenas de la cintura para sentarme en el borde de la encimera.
—Eso ha sido imprudente —dije.
—¿Por qué?
—Tengo cuarenta y cinco. Como me dé un tirón, te denuncio.
—Tengo cuarenta y ocho. Si te levanto otra vez, llama tú a urgencias.
Me reí.
La risa se me cortó cuando me besó el cuello.
Sabía dónde.
Debajo de la oreja.
El lunar.
La zona que había encontrado sin verla.
Cerré los ojos.
—No.
Andrés se detuvo al instante.
Le toqué la cara.
—No pares. Quiero mirar.
Abrió un poco los ojos.
—Eso no me lo esperaba.
—Yo tampoco.
Lo acerqué otra vez.
Me besó el cuello mirándome.
Lo indecente era que pudiera verme reaccionar.
Durante las sesiones podía arquearme, cerrar los ojos, morderme la boca. Nada de eso tenía testigo visual. Ahora Andrés veía cada gesto.
Me dio vergüenza durante dos segundos.
Después me dio deseo.
Le deslicé las manos bajo la camiseta.
La piel del abdomen era exactamente como la recordaba y distinta porque tenía una línea de vello que bajaba desde el ombligo y dos pequeñas marcas cerca de una costilla que nunca había notado con los dedos.
—Tienes cicatrices.
—Unas cuantas.
—No me las habías dicho.
—No estabas haciendo inventario completo.
Le levanté la camiseta.
Andrés me ayudó a quitársela.
Lo vi entero de cintura para arriba por primera vez.
Hombros anchos. Pecho con vello gris mezclado con oscuro. Abdomen firme arriba y más blando debajo. Una cicatriz fina cerca del costado. Piel con años normales.
Me gustó más de lo que habría sabido imaginar.
Andrés me observó observarlo.
—Esto es horrible —dijo.
—¿Qué?
—Tienes cara de estar haciendo una inspección.
—Deformación profesional.
—¿He aprobado?
Puse las manos en su cintura.
—Todavía no he terminado.
La respiración se le cortó.
—Eso.
—Patricia.
—No puedo evitarlo.
—Puedes. No quieres.
—Correcto.
Me bajé de la encimera.
Cogí su mano.
Lo llevé hacia el dormitorio.
A mitad del pasillo se frenó.
—Espera.
Me volví.
—¿Qué?
Andrés me miró de arriba abajo.
—Quiero verte.
La había dicho con el antifaz puesto.
Esta vez no había antifaz.
—Pues mira.
Entramos.
Encendí solo la lámpara de la mesilla.
Andrés se quedó junto a la cama. Yo delante.
No sabía qué hacer con las manos.
Eso me hizo gracia.
—¿Qué?
—Nada.
—Mentira.
—Es la primera vez que te veo nervioso con ventaja visual.
—Estoy desnudo de cintura para arriba en tu dormitorio. Me parece una situación defendible.
Le desabroché el cinturón.
—Mejoramos datos.
Me agarró las muñecas un segundo.
—Antes de seguir.
—¿Qué?
—Preservativos.
—Cajón de la mesilla.
Andrés miró la mesilla.
—Bien.
—¿Te tranquiliza mi capacidad logística?
—Muchísimo.
Lo besé.
Esta vez sus manos fueron a los botones del vestido.
El primero salió fácil.
El segundo se resistió.
—Esto en la oscuridad no pasaba —dijo.
—Porque no tenías permiso para abrirlo.
—Detalles.
Aparté sus manos y terminé yo.
Abrí el vestido.
Debajo llevaba sujetador negro y unas bragas sencillas.
Andrés bajó la mirada.
No dijo «qué guapa»; se limitó a mirar.
La inhalación corta apareció con tanta claridad que sonreí.
—No empieces con la respiración —dijo.
—No pensaba hacerlo.
Me quité el vestido de los hombros.
Cayó al suelo.
Andrés me tocó primero la cintura.
Después el abdomen.
Sus dedos buscaron la cicatriz cerca de las costillas.
La encontraron.
Yo cubrí su mano con la mía.
Ese punto era nuestro antes de que él supiera de qué color tenía los ojos.
—Aquí —murmuró.
—Aquí.
El pulgar recorrió la línea blanca.
Luego subió.
Se detuvo debajo del sujetador.
Me miró.
—¿Sí?
—Sí.
La palma cubrió mi pecho por encima de la tela.
Se me tensó el estómago.
Andrés lo notó.
Su otra mano fue a mi espalda y abrió el cierre después de dos intentos.
—Muy profesional —dije.
—No me presiones.
El sujetador cayó sobre el vestido.
Andrés no tocó inmediatamente.
Miró.
Tuve que apretar los dedos contra su cintura.
—Di algo —murmuré.
—Estoy ocupado.
—Idiota.
Sonrió.
Después me tocó.
Despacio al principio, con una mano entera, aprendiendo algo que las reglas anteriores le habían negado. El pulgar pasó por el pezón y mi cuerpo reaccionó sin pedir permiso.
Cerré los ojos.
—Mírame —dijo.
Los abrí.
La voz le salió baja, curiosa.
Lo miré.
Repitió el gesto.
Esta vez vio exactamente lo que me hacía.
—Joder —dije.
Andrés me besó.
La mano siguió en mi pecho.
Yo bajé a su cinturón otra vez. Lo abrí. Botón. Cremallera.
La erección estaba dura bajo la ropa interior.
La acaricié por encima.
Él apoyó la frente en la mía.
La respiración se le desordenó por completo.
—Ahora ya no puedes fingir que es un tic —dije.
—No estoy fingiendo nada.
Metí la mano dentro.
Andrés cerró los ojos.
Lo toqué directamente.
Caliente, duro, con el cuerpo entero respondiendo a la mano.
Él soltó una palabra que no entendí bien.
—¿Qué?
—Nada útil.
Sonreí.
Moví la mano despacio.
Andrés me agarró la cadera.
—Patricia.
—¿Sí?
—Como sigas así, esta primera vez va a ser bastante más corta de lo que mi autoestima necesita.
Me reí contra su boca.
—Gracias por la información.
—De nada.
Me apartó con suavidad la mano.
—Ven.
Nos sentamos en la cama.
Me quitó las medias despacio porque se engancharon en un talón y tuve que ayudar.
—Como rompas las medias, te las cobro.
—Cállate y levanta el pie.
—Muy sexy.
—Estoy dando lo mejor de mí.
Las medias terminaron en el suelo.
Él me quitó las bragas.
Yo le bajé el pantalón y la ropa interior.
Durante un segundo nos quedamos desnudos, sentados, demasiado cerca para hacer como que aquello no era vulnerable.
Andrés tenía una marca más clara en la cadera y un poco de barriga al sentarse.
Yo tenía la cicatriz, una pequeña estría junto al pecho y el abdomen que no se mantenía plano cuando respiraba.
Ninguno pidió disculpas.
Andrés me tumbó con cuidado.
Me besó desde la boca al cuello. Bajó al pecho. Usó la lengua y luego la boca con una paciencia que me hizo agarrar la sábana.
—Más fuerte —dije.
Lo hizo.
—Así.
Siguió.
Su mano bajó entre mis piernas.
Me tocó primero por fuera.
Esperó.
—Sí.
Los dedos entraron.
Mi cuerpo estaba preparado desde hacía bastante más tiempo que aquella noche.
Andrés me miró mientras movía la mano.
Aquello volvió a ser casi insoportable.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras tomando notas.
—Estoy aprendiendo.
—Pues aprende más deprisa.
Se rió y cambió el ángulo.
Me hizo perder la frase siguiente.
—Ahí —dije.
—¿Aquí?
—Sí.
Mantuvo el ritmo.
Se quedó donde funcionaba.
Cuando llegué al orgasmo lo hice con una mano agarrada a su antebrazo y la otra tapándome media cara.
Andrés rozó mi muñeca con los dedos.
—Patricia.
Abrí los ojos. No apartó mi mano.
La bajé yo.
—Mírame.
El placer me atravesó con los ojos abiertos.
Cuando pasó, me quedé respirando como si hubiera subido cuatro pisos corriendo.
Andrés me besó la rodilla.
—¿Bien?
—No vuelvas a preguntarme eso ahora.
—Entendido.
Me reí sin aire.
Él fue al cajón y sacó un preservativo.
Lo abrió.
—¿Quieres seguir? —preguntó.
Lo miré.
—Sí.
Se lo puso.
Volvió encima de mí.
Le rodeé la cintura con las piernas.
Andrés entró despacio.
El primer movimiento me hizo cerrar los ojos.
—Espera.
Se quedó quieto.
Respiré.
La sensación era intensa, llena, distinta de todo el tacto acumulado porque ahora no había límite exterior que la contuviera.
—Vale.
Andrés sonrió apenas.
—Has dicho vale.
—Como hagas una broma te echo.
—Seriedad absoluta.
Se movió.
Despacio primero.
Después con más ritmo cuando yo lo atraje con las piernas.
Nos conocíamos demasiado para ser dos cuerpos nuevos y demasiado poco para saberlo todo. Esa mezcla era exactamente lo que me gustaba.
Podía anticipar la inhalación antes de que llegara.
No sabía todavía qué sonido hacía cuando estaba cerca de correrse.
Lo descubrí.
El sonido salió bajo y se le rompió al final.
Me gustó.
Andrés apoyó la frente junto a mi sien.
—Patricia.
—Qué.
—Nada.
Me reí.
—Ahora sí te mato.
La risa le desordenó el movimiento.
Después volvió.
Más fuerte.
Yo metí una mano entre los dos. Andrés bajó la suya para ayudar sin apartarse.
El segundo orgasmo llegó menos limpio, mezclado con esfuerzo, sudor y una pierna que empezó a protestar.
—Se me va a subir el gemelo —dije de repente.
Andrés se detuvo.
—¿En serio?
—No pares del todo.
—Instrucciones contradictorias.
—Estira mi pierna.
La agarró por detrás de la rodilla y la estiró.
El tirón cedió.
Nos miramos.
Empecé a reírme.
Él también.
—Esto es culpa de la edad —dijo.
—Habla por ti.
—Me estás usando de fisioterapeuta durante el sexo.
—Multitarea.
—Eso me suena.
Lo atraje de nuevo.
Terminó poco después, con la cara escondida en mi cuello y una mano agarrada a mi cintura.
Nos quedamos quietos.
El silencio de después no se parecía al de SIN MIRAR.
Había luz, ropa tirada y curry enfriándose en la cocina.
Andrés se apartó con cuidado, se quitó el preservativo y fue al baño.
Yo me quedé boca arriba mirando el techo.
Las piernas me pesaban y tenía calor en la cara. Sonreí al techo.
Volvió con un vaso de agua y me lo dio.
—Gracias.
Se tumbó a mi lado.
—De nada.
Bebí.
—Has sobrevivido a verme entera.
Andrés giró la cabeza.
—Por poco.
—Idiota.
—Tú también has sobrevivido a mi barriga autónoma.
Le puse una mano encima.
—Ha tomado buenas decisiones.
Se rió.
Nos quedamos callados.
Yo esperaba, sin querer, alguna conversación que definiera qué acababa de ocurrir.
No llegó.
Andrés pasó el dedo por mi cicatriz.
—Ahora sé cómo se ve.
—¿Te decepciona?
—No.
—Bien.
—Pero sigue gustándome más tocarla.
La broma que iba a hacer se me quedó en la boca.
Apoyé la cabeza en su hombro.
A los cinco minutos dijo:
—Tengo hambre otra vez.
Le pegué un golpe en el pecho.
—Eso sí que es romántico.
—He trabajado mucho.
—Fuera de mi cama.
—¿Hay postre?
—Tengo helado.
—Me quedo.
Lo miré.
—¿Eso era una negociación?
—No. Era logística.
Me levanté para buscar una camiseta.
En el baño seguía habiendo un solo cepillo de dientes.
El suyo todavía no estaba allí.
Esa noche no le busqué sitio.