CAPÍTULO 19
El miércoles no nos vimos.
El jueves tampoco.
Eso resultó útil.
Me vino bien. Quería comprobar que dos cenas y una cantidad preocupante de mensajes no habían convertido mi semana en una sala de espera.
No lo hicieron.
El jueves a las nueve tenía dos reuniones, una inspección y una persona enfadada porque la Seguridad Social no aceptaba «yo pensaba que se hacía solo» como procedimiento administrativo.
A las doce y veinte Andrés escribió:
«He visto un sofá en un escaparate y he pensado en tu hermana. Esto ya es grave.»
Le contesté una hora después.
«No pronuncies sofá cerca de Laura. Puede aparecer.»
«Anotado.»
Nada más.
Me gustó que pudiera existir una conversación de dos mensajes sin obligación de mantenerla viva hasta dormirnos.
El viernes, en cambio, sí nos vimos.
Andrés propuso una cena en su barrio. Yo dije que no quería restaurante.
—¿Qué quieres? —preguntó por teléfono.
—Comida que no venga con una servilleta doblada en forma de sombrero.
—Eso limita bastante Valencia.
—Puedes sobrevivir.
—¿En mi casa?
Podía decir que no.
—Sí.
—¿A las nueve?
—Vale.
Hubo un silencio.
—Acabas de decir vale.
—Te estás volviendo insoportable.
—Me adapto al entorno.
Colgamos.
A las ocho y media estaba en mi dormitorio mirando dos sujetadores como si el sector textil pudiera tomar decisiones sentimentales.
Elegí el cómodo.
Luego lo cambié.
Luego me enfadé y volví al primero.
—Excelente —me dije—. Hemos avanzado muchísimo.
Me puse vaqueros, una camisa negra y botines.
Metí un cepillo de dientes en el bolso.
Lo saqué.
Lo volví a meter.
A los cuarenta y cinco podía llevar un cepillo donde me diera la gana.
Andrés vivía en un piso de Benimaclet, en una calle con árboles y motos mal aparcadas. Subí en un ascensor pequeño que olía a lejía.
Me abrió con una camiseta gris y pantalón de estar por casa que arruinaba bastante cualquier intento de mantener aquello en el terreno formal.
—Hola.
—Hola.
Miré dentro.
—Así que existes también aquí.
—De momento.
Entré.
El piso era más pequeño de lo que había imaginado. Salón con libros de música y manuales técnicos mezclados en una estantería, sofá azul oscuro, una lámpara de pie que sí era mejor que las de SIN MIRAR y una planta real junto a la ventana.
—La planta está viva —dije.
—A duras penas.
—Ya supera a la de la sala.
Andrés sonrió.
—¿Vino?
—Sí.
Fui detrás hasta la cocina.
Encima de la encimera había pan, queso, aceitunas, tomate cortado y una tortilla que no parecía industrial.
—Dijiste comida sin restaurante.
—No dije que supiera cocinar.
—¿La tortilla es tuya?
—Mi madre.
—Fraude.
—Ingeniería de recursos.
Me sirvió vino.
Cenamos en la mesa pequeña del salón.
Hablamos de trabajo sin esquivar profesiones.
Andrés coordinaba mantenimiento técnico y equipos de sala en un auditorio que tenía más sistemas ocultos que cualquier espectador imaginaba: climatización, motores, varas, plataformas, alarmas, cableado, puertas que solo podían fallar cuando había mil personas sentadas.
—Eso explica las manos —dije.
Las miró.
—Por fin resuelto el gran misterio.
—No del todo. Aún quiero saber qué te hizo esa grieta.
—Una chapa.
—Decepcionante.
—Puedo inventar un accidente con fuego.
—No.
Yo le conté más de la gestoría. Él no hizo bromas sobre impuestos hasta que yo empecé.
A mitad de la cena se levantó a por más pan.
Lo vi moverse por su casa.
Abrir un cajón sin mirar. Cerrar con la cadera la puerta de un armario. Apartar una taza del borde porque sabía que se caería.
Esas cosas me dieron más información que muchas respuestas.
—¿Qué? —preguntó desde la cocina.
—Nada.
—Cada vez dices peor esa palabra.
—Estaba mirando.
—Eso suele hacerse cuando los ojos están disponibles.
—Disfruta del dato.
Volvió con el pan y se sentó.
—Yo también te miro.
Se me calentó la cara.
—Ya lo he notado.
—¿Te molesta?
—No.
Andrés apoyó el antebrazo en la mesa.
—En SIN MIRAR no sabía si te estabas protegiendo con las bromas o si eras así todo el día.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que eres peor con gente que te cae bien.
—Qué suerte tienes.
—Muchísima.
Terminé el vino.
No hubo prisa después de cenar.
Recogimos juntos. Yo lavé dos platos porque quedarme mirando mientras él lo hacía me ponía nerviosa. Andrés secó.
—Esto ya parece convivencia —dije.
—Tranquila. No te he asignado cajón.
—Menos mal.
—El cepillo de dientes puede ir en el bolso.
Me quedé quieta.
Él miró mi bolso sobre una silla.
—Era una broma.
—Sí.
—¿Llevas uno?
—No pienso contestar.
Andrés empezó a reírse.
—Patricia.
—Cállate.
—Has traído cepillo.
—Tengo encías delicadas.
—Claro.
Le lancé el paño.
Lo atrapó.
Nos reímos demasiado.
Después el silencio cambió.
No de golpe. Se fue quedando.
Andrés dejó el paño sobre la encimera.
Yo estaba a menos de un metro.
La cocina tenía una luz blanca poco favorecedora. Ningún misterio.
Eso me gustó.
—Ven —dijo.
Di un paso.
Él me tocó primero la mano.
El gesto me atravesó por familiar.
Pulgar en nudillo.
Dedos cerrándose despacio.
—Eso sí lo sabes hacer a oscuras —murmuré.
—No quiero presumir.
—Tarde.
Me acercó.
La primera vez que me besó en su cocina lo hizo mirándome hasta el último momento.
Yo cerré los ojos antes.
Noté su sonrisa.
—No te rías.
—No estoy haciendo nada.
Abrí los ojos.
—Estás sonriendo.
—Se nota en los dedos.
Recordé la primera noche y aquel mismo juego a oscuras.
Le agarré la nuca.
Andrés me sostuvo la cintura.
Besarnos ya no necesitaba aprendizaje. El cuerpo sabía dónde ir.
La novedad era verlo cuando nos separábamos.
Sus ojos bajaban a mi boca. La respiración se le cortaba igual. La barba tenía más gris bajo la luz de la cocina.
Le desabroché un botón de la camiseta tipo polo que llevaba.
Andrés miró mi mano.
—¿Qué haces?
—Investigación.
—¿Necesitas comité ético?
—Probablemente.
Abrí otro botón.
Él no me tocó más allá de la cintura.
Aquello me dio ganas de acercarme todavía más.
—Andrés.
—¿Sí?
—Puedes tocarme.
Su mirada subió a la mía.
—Te estoy tocando.
—Sabes lo que quiero decir.
—Sí.
Una mano bajó a mi cadera.
Se quedó allí.
—¿Esto?
—Más.
La palabra salió sin elegancia.
Andrés soltó la inhalación corta.
La misma de siempre.
Me reí.
—Ahórrate el comentario —dijo.
—No pensaba hacer ninguno.
La mano de mi cadera bajó hasta el trasero por encima del vaquero.
Apretó.
Me pegó a él.
La erección contra mi abdomen dejó bastante poco espacio para ironías.
Lo besé.
Más fuerte.
Andrés respondió igual.
Su otra mano subió por mi espalda y entró bajo la camisa.
Piel caliente.
Conocida.
Pero esta vez podía verlo.
Me separé para respirar.
—Quiero ir despacio —dijo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que mañana parezca que hemos utilizado el sexo para borrar lo del viernes.
Aflojé los dedos de su camiseta y respiré.
—No lo borraría.
—Ya.
—Y si te digo que quiero acostarme contigo, no es una estrategia de reparación.
Andrés me miró.
—¿Quieres?
El cuerpo respondió antes que la boca.
—Sí.
Él me acarició el lateral de la cara.
—Yo también.
Nos quedamos así unos segundos.
—Pero hoy no —añadí.
La sorpresa le cruzó la cara.
—Vale.
—¿Te molesta?
—Me fastidia bastante a nivel físico.
Me reí.
—Pregunto en serio.
—No. Prefiero que cuando ocurra no tengamos que preguntarnos si tenía que ocurrir.
Lo besé otra vez antes de pensarlo.
No nos acostamos.
Estuvimos veinte minutos en el sofá haciendo un uso bastante poco eficiente de la ropa puesta.
Cuando me fui, a la una y cuarto, el cepillo seguía dentro del bolso.
En el ascensor lo encontré buscando las llaves.
Me eché a reír sola.
El viernes siguiente no quería acostarme con Andrés menos.
Quería hacerlo sin usarlo para demostrar nada.