CAPÍTULO 18
El café duró una hora y diecisiete minutos.
Lo sé porque a las doce y cuarenta y siete miré el reloj y tuve que irme si quería llegar a casa de Laura sin presentarme con el postre empezado.
Durante esa hora no nos tocamos.
Ni una vez.
Resultó mucho más difícil de lo que esperaba.
Andrés hablaba con las manos. No de forma exagerada. Lo justo para que yo viera aparecer la palma que conocía encima de la mesa, los dedos cerrándose alrededor de la taza, el pulgar con la grieta casi curada.
Cada movimiento llevaba una segunda versión debajo.
La de la oscuridad.
—¿Tienes que irte? —preguntó cuando miré el reloj por tercera vez.
—Comida con mi hermana.
—¿La que estaba sentada frente a ti en el cumpleaños?
—Laura.
—Esa.
Cogí el bolso.
Andrés hizo lo mismo con la chaqueta que tenía colgada en el respaldo.
Salimos juntos.
En la acera había sol. Mucho para noviembre. La gente ocupaba las terrazas con esa fe valenciana en que una silla al sol convierte cualquier mes en primavera.
Nos quedamos junto a la puerta.
—Gracias por venir —dijo otra vez.
—La segunda ya cuenta como educación excesiva.
—Lo tendré en cuenta.
No se movió.
Yo tampoco.
Podíamos darnos dos besos. Un abrazo. Nada.
La ausencia de protocolo resultó bastante más complicada que cualquier casilla de colores.
—¿Qué hacemos? —pregunté.
—Ahora mismo, tú te vas a comer con tu hermana.
—Muy útil.
—Y yo voy a casa de mi madre a arreglarle una persiana que lleva dos semanas anunciando que va a matarla.
—Trabajas con cosas que se rompen.
—Ves cómo no mentía.
Sonreí.
Andrés metió las manos en los bolsillos.
—Luego, si quieres, te escribo.
—Vale.
—¿Vale de sí?
—Vale de no dramatices un WhatsApp.
—Perfecto.
Di dos pasos.
—Patricia.
Me volví.
Él me miró como si fuera a decir algo y lo hubiera cambiado a última hora.
—Nada.
Me eché a reír.
—Eso estaba prohibido.
—Fuera de SIN MIRAR no hay reglamento.
—Pues habrá que redactarlo.
Me fui con la risa todavía puesta.
Laura abrió la puerta de su casa y me miró de arriba abajo.
—Vienes rara.
—Otra persona que empieza igual y dejo de hablar con la familia entera.
—Pasa.
El sofá nuevo todavía no había llegado. Comimos en el antiguo, porque mis sobrinos habían ocupado la mesa con libros, cables y una impresora que nadie sabía por qué estaba allí.
No conté nada.
A mitad de la comida, el móvil vibró dentro del bolso.
No lo miré hasta el café.
Andrés:
«La persiana ha sobrevivido. Mi madre también.»
Respondí:
«Dale mi enhorabuena a la persiana.»
«Tiene más carácter que tú.»
«Bloqueado.»
«Duró poco el intercambio.»
Sonreí.
Laura me vio.
—Ah.
—No.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho todo con una vocal.
—Me alegro por la vocal.
Guardé el móvil.
Andrés escribió otra vez por la tarde.
«¿Cenas el martes?»
Miré el mensaje dos minutos.
Quería contestar demasiado rápido, y eso me devolvió a lo que él mismo había dicho de las primeras citas.
Contesté:
«Sí. Pero si eliges un sitio con carta de doce páginas, me voy.»
«Tengo uno con seis.»
«Aceptable.»
El martes quedamos a las nueve en un restaurante pequeño cerca del Mercado de Colón que hacía arroces individuales y tenía las mesas demasiado juntas para mantener secretos serios.
Llegué antes.
Andrés apareció cinco minutos después con una chaqueta azul oscura y el pelo todavía húmedo en las sienes.
—Has venido corriendo.
—He salido tarde.
—¿Del auditorio?
Se detuvo un segundo.
—Qué raro es que puedas preguntar eso.
—Puedo volver a fingir que no sé a qué te dedicas.
—No, gracias.
Nos sentamos.
Esta vez la conversación empezó peor.
No por tensión. Por exceso de información disponible.
—¿Apellido? —preguntó mientras nos daban la carta.
—Requena.
—Patricia Requena.
—No gastes todo de golpe.
—Andrés Llorca.
—Eso ya lo sé.
—Injusto.
—Lo siento muchísimo.
—Se te nota.
Elegimos vino por copa. Yo pedí arroz meloso. Él, pescado.
—Ahora puedo comprobar cómo masticas —dije.
Andrés dejó la carta.
—Llevo semanas esperando este examen.
—No tienes semanas de antigüedad.
—Emocionalmente, siete años.
—Suspenso por dramatismo.
El camarero se acercó y Andrés cambió de registro con una facilidad que reconocí. Sonrisa, pregunta concreta, una broma breve sobre si el arroz llevaba suficiente cantidad para no acabar pidiendo pan a medianoche.
Funcionaba.
Entendí de qué hablaba cuando decía que sabía hacer funcionar una cita.
Cuando el camarero se fue, Andrés me miró.
—¿Qué?
—Nada.
—No.
—Estaba viendo cómo haces eso.
—¿Qué cosa?
—Caer bien.
No se ofendió.
Se quedó un momento con la copa en la mano.
—¿Y?
—Es verdad.
—Gracias, supongo.
—No he terminado.
—Claro.
—No creo que conmigo estés haciendo exactamente lo mismo.
La mirada le cambió.
—¿Por qué?
—Porque conmigo metes más la pata.
Andrés soltó una carcajada.
La pareja de la mesa de al lado miró.
—Eso es lo más bonito que me han dicho en meses.
—De nada.
—Y tienes razón.
La cena se volvió fácil después de eso.
No perfecta.
Fácil.
Me contó que vivía solo desde hacía cinco años, que había compartido piso dos veces después de separarse y que ambas experiencias le habían confirmado que prefería pagar más alquiler a guardar leche detrás de recipientes ajenos.
Yo le hablé de Sergio sin convertirlo en villano. Once años. Una separación sin explosión. El sofá. Los yogures.
Andrés se rió demasiado con los yogures.
—No era por los yogures.
—Lo sé. Pero es una gran escena final.
—No fue final. Tardamos tres meses más en decidirlo.
—Eso es menos cinematográfico.
—Mi vida siente mucho decepcionarte.
Él había vivido diez años con una mujer llamada Nuria. No pregunté más de lo que me contó. Terminaron porque querían vidas parecidas, pero no la misma. No añadió nada más sobre ella.
—¿Hijos? —pregunté.
—No.
—Yo tampoco.
—Eso no me lo habías dicho.
—Mira. Una cosa que no sabías.
La broma salió y se quedó mal colocada.
Andrés dejó el tenedor.
—No quiero que no podamos bromear con eso.
Lo miré.
—Todavía no sé si puedo.
—Vale.
Y siguió comiendo.
No me pidió que superara nada a tiempo para el postre.
Agradecí el gesto.
Cuando salimos, llovía poco. Ese tipo de lluvia que en Valencia hace que todo el mundo camine como si fuera un fallo técnico temporal.
Andrés abrió un paraguas pequeño.
—Eso no sirve para dos.
—Podemos comprobarlo.
—Experimento arriesgado.
Nos metimos debajo.
Su hombro chocó con el mío.
Primer contacto de la noche.
Me recorrió entero.
Andrés lo notó.
—Hola otra vez —dijo.
—Te odio.
—No mucho.
Caminamos hasta mi coche.
La lluvia golpeaba el paraguas y nos obligaba a ir demasiado cerca.
Al llegar, no abrí la puerta inmediatamente.
Andrés cerró el paraguas. El agua cayó por un lateral.
Nos quedamos frente a frente.
La calle olía a asfalto mojado.
—Ahora sí sé dónde está tu boca —dijo.
—Ventaja injusta.
—Puedo cerrar los ojos.
—Ni se te ocurra.
Sonrió.
No me preguntó «¿puedo besarte?» como en la sala.
Tampoco se lanzó.
Se acercó despacio y se detuvo cuando apenas quedaban centímetros.
La elección estaba ahí.
Yo terminé la distancia.
Besarnos con los ojos abiertos durante el primer segundo fue rarísimo.
Los cerré.
Él también.
La boca era la misma.
Lo demás no.
Podía notar dónde colocaba la cabeza porque había visto cómo se acercaba. Su barba tenía hilos grises que antes solo habían sido aspereza. La mano que subió a mi nuca pertenecía a un brazo que yo acababa de ver salir de una chaqueta mojada.
Me separé.
Andrés no intentó recuperar el beso.
—¿Bien?
—Sí.
—Vale.
—Deja de decir vale.
—Eso no estaba en el reglamento.
—Lo voy a añadir.
Volví a besarlo.
Esta vez duró más.
Al separarnos, yo tenía una mano agarrada a la solapa de su chaqueta y él la suya en mi cintura.
—Patricia.
—¿Qué?
—Quiero volver a verte.
Me dieron ganas de fastidiarlo por ser tan directo.
No lo hice.
—Yo también.
—Bien.
—Has vuelto a decirlo.
Andrés sonrió.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Entré en el coche.
Antes de arrancar miré por el retrovisor.
Él seguía en la acera abriendo el paraguas.