TÓCAME PRIMERO CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Mara volvió seis minutos después.

No llevaba la tableta.

—¿Quieres sentarte?

—No.

—¿Agua?

—Tampoco.

Asintió.

Agradecí que no pusiera voz suave.

—¿Ha salido? —pregunté.

—Sí.

—Bien.

No me lo creí ni yo.

Cogí el bolso de la taquilla y comprobé el móvil por inercia. Siete mensajes. Ninguno podía ser suyo porque no tenía mi número.

Aquello resultaba casi cómico.

Podías conocer cómo besaba una persona y no poder mandarle un «llegaste bien».

—Después de una revelación aceptada —dijo Mara—, el sistema os enviará la opción de compartir un medio de contacto. Tiene que aceptarlo cada uno por separado.

Levanté la vista.

—¿Ahora?

—En unas horas. No tienes que decidir hoy.

—¿Él lo sabe?

—Sí.

—Perfecto.

Mara no contestó.

Me puse el abrigo.

—Patricia.

—¿Qué?

—No voy a valorar lo que ha pasado.

—Menos mal.

—El intercambio no exige una decisión esta noche.

Asentí.

Salí.

En el coche no lloré.

Me enfadé mucho por no llorar porque habría sido una actividad concreta.

En lugar de eso conduje hasta casa repasando frases que ya no podía cambiar.

No te estoy preguntando por el protocolo.

Podías mirarme y decidir.

Las normas seguían intactas.

La noche no había sido la misma para los dos.

Aparqué.

Subí a casa.

Me quité las botas.

Puse agua a hervir y la olvidé hasta que empezó a silbar con una violencia que parecía personal.

Hice una infusión que no quería.

El móvil vibró a las diez y diecisiete.

SIN MIRAR.

Abrí el correo.

«La experiencia ha finalizado. Si ambos participantes lo desean, podéis compartir un medio de contacto. Tu decisión no se comunicará salvo que exista aceptación mutua.»

Debajo había dos botones.

ACEPTAR INTERCAMBIO.

NO DE MOMENTO.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

No de momento no significaba no.

Aceptar tampoco significaba que Andrés fuera a hacerlo.

Me serví la infusión.

Estaba demasiado caliente.

A las diez y veintitrés seguía mirando la pantalla.

La bloqueé.

Berta llamó.

No contesté.

Mandó un mensaje.

«¿Has sobrevivido a la semana o te has fugado a Portugal?»

Respondí:

«Semana larga. Mañana te llamo.»

No le conté nada. Andrés había dejado claro que le molestaba que yo manejara más información que él, y no pensaba repartir la suya.

Me llevé la taza al sofá.

A las once abrí otra vez el correo de SIN MIRAR.

Pulsé ACEPTAR INTERCAMBIO.

Prefería dejar la puerta abierta, aunque él la cerrara.

El sistema mostró una línea gris.

«Decisión registrada.»

Dormí mal.

El sábado Laura me llamó a las nueve y media para confirmar la comida del domingo que ya habíamos confirmado dos veces.

—¿Estás durmiendo?

—Estaba intentándolo.

—Son las nueve y media.

—Precisamente.

—Tienes voz rara.

—Tengo cuarenta y cinco años y son las nueve y media de un sábado. Es una voz legal.

—¿Quieres que te deje?

—Sí.

—Vale.

Colgó.

Me quedé mirando el techo.

A las diez me levanté.

Limpié el baño.

Puse una lavadora.

Compré pan.

Hice todo lo que una persona hace cuando quiere demostrarle a una cocina vacía que tiene una vida perfectamente funcional.

A la una recibí el correo.

No vi el remitente al principio. Solo el asunto.

«INTERCAMBIO ACEPTADO.»

Se me paró la mano encima del bote de detergente.

Abrí.

«Ambos habéis autorizado el intercambio de contacto. A continuación, se muestran los datos seleccionados.»

Andrés había dado su número.

Yo también.

Debajo apareció un nombre completo.

ANDRÉS LLORCA.

Me quedé mirando el apellido.

Hasta entonces había sido un lujo que no necesitaba.

Ahora Andrés Llorca ocupaba cuatro sílabas y una línea de pantalla.

No lo guardé inmediatamente.

A los tres minutos sí.

ANDRÉS LLORCA.

Lo miré en contactos.

No escribí.

A la una y doce llegó un WhatsApp de un número que ya tenía nombre.

«Hola.»

La sencillez me molestó.

Contesté:

«Hola.»

Aparecieron los tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron.

«No quiero hablar de ayer por aquí.»

Escribí:

«De acuerdo.»

«¿Puedes tomar un café mañana?»

Mañana tenía comida con Laura a las dos.

«Por la mañana sí.»

«¿11:30?»

«Sí.»

Me mandó el nombre de una cafetería en Ruzafa.

Nada de corazones.

Nada de «me alegro de que hayas aceptado».

Me pareció perfecto.

Después añadió:

«Y no, no es una trampa para comprobar cómo masticas.»

Me reí sola.

El alivio me dio rabia otra vez.

Respondí:

«El café no se mastica si está bien hecho.»

«Ya empezamos.»

No escribimos más.

El domingo llegué seis minutos antes.

Eso sí era una alteración grave de personalidad.

La cafetería tenía mesas pequeñas de mármol, plantas colgantes y gente con portátiles ocupando cuatro sillas para una sola persona. Elegí una mesa al fondo y pedí agua.

Andrés entró a las once y veintinueve.

Lo reconocí sin necesidad de manos.

La novedad fue que él también me reconoció a mí.

Me vio desde la puerta y vino directo.

No sonrió hasta llegar a la mesa.

Solo un poco.

—Hola.

—Hola.

Se sentó enfrente.

Esta vez no había antifaz, ni Mara, ni una lista de zonas verdes.

Tampoco había una salida fácil preparada por una organización.

Andrés silenció el móvil y lo dejó junto a la chaqueta.

—Gracias por venir.

—Tú lo has propuesto.

—Ya.

—Sigue siendo una frase extraña.

—Estoy practicando normalidad.

El camarero apareció.

Andrés pidió un café solo.

Yo, cortado.

Cuando se fue nos quedamos mirando.

Había algo incómodo en tener todos los gestos disponibles.

Sus cejas se movían más de lo que había imaginado. La boca también.

—No sé por dónde empezar —dijo.

—Eso sí que no me lo esperaba de ti.

—Puedo fingir que sí.

—No.

Andrés asintió.

—Vale.

Se apoyó en el respaldo.

—Ayer estaba enfadado.

—Lo noté.

—Hoy también un poco.

—También lo noto.

—Bien.

—Andrés, no hace falta que me facilites esto.

—No lo estoy haciendo.

—Perfecto.

El camarero dejó los cafés.

Andrés esperó a que se marchara.

—He pensado bastante en qué me molestó.

No dije nada.

—Que me vieras podía pasar. Y que fueras a la tercera sesión… eso, solo, creo que lo habría entendido.

Cogió la cucharilla y la dejó al lado del plato sin usarla.

—Lo que me jodió fue enterarme después de que yo había seguido tomando decisiones con una versión de las reglas y tú con otra.

—Sí.

—El contacto seguía siendo consentido. Yo quería todo lo que hicimos.

Su mirada se quedó en mí.

—Pero cuando te dije que me daba miedo que una cara estropeara lo que ya me gustaba, tú sabías que no te había pasado. Yo estaba expuesto de una manera que tú ya no estabas.

Tragué café.

Estaba demasiado caliente.

—No pensé en eso hasta que lo dijiste ayer.

—Ya.

—Y sé que no me deja en mejor sitio.

—No.

—Vale.

Andrés bajó los ojos hacia la taza.

—Gracias por no discutirlo.

—Puedo hacerlo si echas de menos mi encanto.

La comisura de su boca se movió.

—Un poco.

Yo también sonreí.

No arregló nada.

Hizo la mesa más respirable.

—¿Por qué pediste el intercambio? —pregunté.

—Porque estaba enfadado y aun así quería volver a verte.

Bajé la mirada.

—Eso tampoco ayuda.

—Ya me lo dijiste una vez.

Lo miré.

Andrés se inclinó hacia delante.

—No sé qué hacemos con esto.

—Yo tampoco.

—Pero no quiero que la última vez que hablemos sea en una sala con una mujer esperando fuera para preguntar si seguimos.

—Eso me parece razonable.

—Y quiero saber si me gustas cuando puedes ver dónde pongo las manos.

Se me tensaron los dedos alrededor de la taza.

Él lo vio.

Andrés dejó la taza.

—Eso ha sido interesante.

—Cállate.

Entonces se rió por la nariz, igual que en la sala.