TÓCAME PRIMERO CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Tres.

Tiré del antifaz hacia arriba.

La luz me hizo parpadear.

Andrés estaba delante.

Vi juntos al hombre del cumpleaños y al cuerpo que había construido con las manos.

Tenía el antifaz a medio camino de la frente y los ojos cerrados por la claridad. Lo terminó de subir.

Me miró.

La primera reacción fue pequeña: frunció un poco el ceño, como si mi cara hubiera llegado un segundo antes que el recuerdo.

Después abrió más los ojos.

—Tú.

Lo dijo despacio, todavía mirándome.

—Sí.

Andrés bajó las manos despacio. El antifaz quedó alrededor de su cuello.

—La amiga de Berta.

—Sí.

Miró mi pelo negro y rizado, suelto sobre los hombros. Bajó a mi boca y después a los hombros antes de volver a mis ojos.

Yo había imaginado muchas veces cómo me miraría cuando por fin pudiera hacerlo. Ninguna incluía tener que estropear el momento antes de que acabara el primer minuto.

—Andrés, antes de que…

Le cambió la cara.

No mucho. Lo suficiente.

—¿Antes de qué?

—Tengo que decirte una cosa.

—Eso nunca mejora una conversación.

La broma salió automática. No llegó a su boca.

Me incliné un poco hacia delante.

—Te vi el sábado.

Esperó.

—En el cumpleaños de Berta.

—Ya. Yo también te vi.

—No. Quiero decir que te reconocí.

Andrés no se movió.

—¿Qué?

—Supe que eras tú.

—¿El sábado?

—Sí.

Su mirada bajó a mis manos.

Volvió a mi cara.

—¿Antes de la sesión de ayer?

—Sí.

La palabra me raspó al salir.

Andrés se echó hacia atrás en la silla.

—Vale.

Aquel vale llegó seco.

—Fue accidental —dije—. No te busqué. Berta me dijo tu nombre porque estabas allí y después encajaron cosas. La edad, las manos, el trabajo. Cuando hablamos lo supe por la voz.

—Pero ayer entraste igual.

—Sí.

—Sabiendo quién era yo.

—Sí.

Asintió una vez.

Miró hacia la puerta cerrada.

—¿Y yo no sabía quién eras tú?

—No.

—Ya.

Me habría resultado más fácil que levantara la voz.

No lo hizo.

—Mara sabía que te había reconocido —añadí—. Les escribí. El protocolo permite continuar si el reconocimiento es accidental. No usé la información para buscarte ni para cambiar límites.

Andrés me miró de nuevo.

—No te estoy preguntando por el protocolo.

—Lo sé.

—Entonces no me lo expliques como si fuera una cláusula.

Me callé.

Tenía razón.

Él se pasó una mano por la barba. El gesto que había visto en la fiesta. Ahora sabía cómo se sentía esa barba en la palma.

—Ayer me tocaste la cara —dijo.

—Sí.

—Y ya sabías dónde estaba todo.

—Sí.

—Te dije que acertabas demasiado.

Noté calor en el cuello.

—Fingí que era práctica.

—Ya.

—Eso estuvo mal.

Andrés soltó aire por la nariz.

Esta vez no se estaba riendo.

—No sé todavía qué estuvo mal.

Levanté la vista.

—¿Cómo?

—No sé si me molesta que vinieras. No sé si me molesta que no me lo dijeras antes. No sé si me molesta que yo estuviera ahí pensando que los dos seguíamos a oscuras mientras tú…

Se interrumpió.

—Mientras yo qué.

—Mientras tú ya me habías visto sentado a una mesa. Hablando con amigos. Haciendo el idiota con un altavoz. Todo eso.

—No utilicé nada de eso dentro.

—Patricia.

—Ya sé que suena defensivo.

—Porque lo es.

Apreté las manos entre las rodillas.

—Sí.

Andrés miró las suyas.

Había algo casi absurdo en que por fin pudiera verlas también. Las durezas. La grieta junto al pulgar. Una pequeña cicatriz en el índice que había descubierto demasiado tarde.

—Yo ayer te pregunté si estabas rara por algo que hubiera hecho —dijo.

—Y te dije que no.

—Era verdad a medias.

—Sí.

—Y cuando te dije que me daba miedo verte, tú ya sabías que mi cara no te había estropeado nada.

Aquello dolió porque era exacto.

—Sí.

—Joder.

Se levantó.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Quise hacer lo mismo.

No lo hice.

Andrés caminó dos pasos hasta la pared y volvió. La sala era demasiado pequeña para enfadarse con dignidad.

—No creo que quisieras hacerme daño —dijo.

—No.

—No estoy diciendo eso.

—Vale.

—Tampoco creo que esto convierta lo de ayer en algo que no quise. Yo quería besarte. Quería tocarte. Elegí los límites. Todo eso es verdad.

Lo miré.

—Pero tú tenías una ventaja que yo no tenía.

No respondí.

—Podías mirarme y decidir si el hombre del cumpleaños te gustaba lo suficiente como para volver a entrar. Yo seguía decidiendo por la voz, las manos y lo que sabía de ti ahí dentro.

—Sí.

—Y decidiste volver.

—Sí.

—¿Por qué?

Contesté sin tiempo para preparar una versión bonita.

—Porque quería tocarte otra vez.

Andrés cerró los ojos un momento.

—Eso no ayuda.

—Ya.

—Y ayuda demasiado.

Me puse de pie entonces.

No me acerqué.

—Podría haberte dicho algo en la fiesta y habría expuesto lo de SIN MIRAR delante de gente que conocemos. No quería hacerlo. Después podía haber cancelado. No lo hice.

—Eso es la parte que entiendo menos.

—Yo también.

—No me digas eso para que te perdone.

—No te estoy pidiendo que me perdones ahora.

Andrés soltó una risa seca.

—Bien, porque voy un poco tarde.

Miró la puerta.

Los cinco minutos debían de haber terminado hacía rato o Mara estaba siendo prudente.

—¿Quieres que salgamos? —pregunté.

—Sí.

Contestó sin pensarlo.

Me dolió.

No tenía derecho a sorprenderme.

Andrés cogió el antifaz del cuello y lo dejó sobre la silla.

Antes de abrir la puerta se volvió.

—Una cosa.

—Dime.

—En el cumpleaños, cuando me preguntaste a qué me dedicaba… ¿ya lo sabías?

—Sí.

—Vale.

Esa vez la palabra sí sonó a final.

Abrió.

Mara estaba al otro lado, a varios metros, fingiendo mirar una pantalla.

Andrés habló con ella.

—No vamos a seguir hablando hoy.

Mara asintió.

—De acuerdo. Podéis salir por separado. Andrés, si quieres, te acompaño primero.

—Sí.

Él volvió a mirarme.

Tenía la mandíbula tensa y las cejas apenas juntas.

Parecía estar intentando encajarme con la mujer que había tocado sin verme.

—Buenas noches, Patricia.

—Buenas noches.

Se fue con Mara.

Yo me quedé junto a la puerta abierta.

Había esperado semanas para que Andrés pudiera verme.

Ahora que por fin lo había hecho, habría dado bastante por saber qué parte de mí estaba mirando.