TÓCAME PRIMERO CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El viernes fue un día excelente para tener trabajo.

Cada persona que entraba por la puerta ocupaba diez minutos en los que no podía imaginar la cara de Andrés cuando le dijera que yo llevaba casi una semana con la suya.

A las nueve y diez tenía una reunión.

A las diez y cuarto, una inspección telefónica.

A las once, Sonia me dejó café y una magdalena.

—Come.

—No tengo hambre.

—Por eso.

—Esa lógica es muy tuya.

—Y llevas desde que has llegado moviendo la pierna debajo de la mesa.

La paré.

—No la estaba moviendo.

Sonia miró debajo.

—Claro.

—Te voy a despedir.

—Hazlo hoy. Así mañana no tengo que venir.

Cogí la magdalena.

—Gracias.

—De nada.

Se fue sin preguntar.

A las doce y media llamé a Laura para confirmar una comida del domingo.

—¿Te pasa algo? —preguntó después de tres frases.

—¿Por qué todo el mundo me pregunta eso?

—Porque contestas demasiado rápido.

—Estoy trabajando.

—Vale.

—El domingo voy.

—A las dos.

—Sí.

—Sin cancelar por una infección de oído.

Me quedé callada.

—Berta habla demasiado.

—Berta es un servicio público.

—Nos vemos el domingo.

—Patri.

—¿Qué?

—Nada. Solo come.

Colgó.

Miré la magdalena a medio terminar.

Mi familia y mi personal habían organizado una intervención nutricional sin coordinarse.

A las tres tuve veinte minutos libres.

Abrí el correo de SIN MIRAR.

«REVELACIÓN VISUAL · 19:30.»

Debajo aparecían las normas finales.

Llegadas separadas.

No compartir datos personales durante el protocolo si cualquiera prefería no hacerlo.

La organización dejaría cinco minutos a solas después de retirar los antifaces y luego preguntaría si queríamos seguir hablando sin mediación.

Cinco minutos.

Me pareció una cantidad obscena de tiempo para decir:

Hola, soy la mujer que ya sabía quién eras.

Probé varias versiones en mi cabeza.

Ninguna sobrevivía a la segunda frase.

«Tengo que contarte una cosa.» Horrible.

«Antes de que digas nada.» Peor.

«Te vi el sábado.» Parecía una amenaza.

Cerré el correo.

No iba a ensayar.

Si ensayaba, acabaría fabricando una defensa.

A las cinco y media una clienta empezó a llorar en mi despacho porque su socio llevaba meses ocultándole pagos.

Le di agua. Busqué movimientos. Llamamos al abogado que trabajaba con ella. Organizamos lo urgente.

Cuando se fue eran las seis y veinte.

Sonia apareció con el abrigo.

—Te vas ya.

—Sí.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

—Eso es nuevo.

Apagué el ordenador.

—Mañana no me llames.

—Nunca te llamo en sábado.

—Mientes.

—Solo si hay incendios.

—Los incendios de clientes no cuentan.

Cogí el bolso.

Sonia me miró de arriba abajo.

—¿Vas a una cita?

Llevaba pantalón negro, blusa blanca y botas. Nada especial.

—¿Por qué?

—Te has puesto pintalabios a las seis.

Me toqué la boca.

Me había olvidado.

—No es una cita.

—Perfecto.

—No preguntes.

—No he preguntado.

—Tu cara sí.

—Mi cara no está en nómina.

Me reí.

—Hasta el lunes.

—Pásalo como tengas que pasarlo.

En casa estuve catorce minutos.

Me lavé los dientes.

Me quité el pintalabios.

Me lo volví a poner más suave.

Abrí el armario y no cambié de ropa.

Eso lo consideré un triunfo.

A las siete y doce estaba aparcando.

No quería llegar pronto, así que me quedé dentro del coche.

Miré mis manos sobre el volante.

Andrés conocía esas manos.

No mi coche.

No mi apellido.

No sabía dónde trabajaba exactamente ni dónde vivía. Había hablado conmigo casi dos horas sin ninguno de los datos que normalmente se obtienen en diez minutos de cita.

Y yo sabía que tenía amigos que lo llamaban para arreglar altavoces. Que trabajaba en un auditorio. Que en una mesa larga prefería escuchar antes que ocuparla. Que sonreía de una manera para las fotos y de otra cuando una broma lo pillaba de verdad.

Sabía cosas sobre él que ya no pertenecían a SIN MIRAR.

Me bajé del coche.

Mara estaba en recepción.

—Has llegado a la hora.

—Estoy perdiendo personalidad.

—Él aún no ha entrado.

El estómago me dio un golpe.

—¿Eso se supone que tranquiliza?

—Es información logística.

—Pues no.

Mara me tendió el antifaz.

Lo miré.

—¿Otra vez?

—Entráis con ellos puestos. Os sentáis. Cuando estéis preparados, los retiráis a la vez.

—Te gusta el teatro.

—Funciona.

—Odio que tengas razón.

Me lo puse.

Mara me guio por un pasillo que ya empezaba a reconocer por el suelo. Esta vez entramos en una sala distinta.

—Silla delante —dijo.

Me senté.

—¿Él entra después?

—Sí.

—¿Y tú?

—Me quedo hasta que ambos estéis sentados. Luego salgo.

Asentí.

Oí la puerta.

Pasos.

No necesitaba verlo para saber que era él.

Una silla rozó el suelo delante de mí.

Andrés se sentó.

Hubo una pausa.

—Hola —dijo.

La voz me aflojó las manos.

—Hola.

—Esto es bastante absurdo.

—Muchísimo.

—Bien.

Mara habló desde un lateral.

—Os recuerdo que podéis parar en cualquier momento. Cuando yo salga, decidís vosotros cuándo quitaros los antifaces. No hay cuenta atrás. No tenéis obligación de intercambiar datos ni de permanecer los cinco minutos completos. Si queréis continuar hablando después, me lo decís al abrir la puerta.

—Entendido —dijo Andrés.

—Sí.

Mara se acercó a mí.

—¿Bien?

—Sí.

La puerta se cerró.

Silencio.

Andrés respiró.

Aspiración corta.

La misma.

Me reí.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Eso sigue siendo mentira.

—Ya.

Apoyé las manos en los muslos.

—¿Estás nervioso? —pregunté.

—Bastante.

—No lo pareces.

—Ya me dijiste eso una vez.

—Cierto.

—¿Tú?

—También.

Hubo un roce de tela.

Imaginé sus manos en las rodillas.

No necesitaba imaginar la cara.

Ese era el problema.

—Patricia.

—¿Qué?

—¿Lo hacemos?

Tenía la verdad en la boca.

Todavía no podía decirla mientras él siguiera a oscuras.

—Sí.

Mis dedos buscaron el borde inferior del antifaz.

Al otro lado oí que Andrés hacía lo mismo.

—A la de tres —dijo.

—Has dicho que no había cuenta atrás.

—Mara ha dicho que ella no la haría.

—Controlador.

—Cobarde.

—Uno.

Andrés se rió.

—Dos.

Agarré la tela.