CAPÍTULO 14
Esperé a que la puerta se cerrara.
Después conté hasta cinco.
No sirvió de nada.
—Mara.
Ella había vuelto a por mí.
—¿Sí?
—Necesito decirte una cosa antes de responder.
No cambió la cara. Una ventaja de trabajar con gente nerviosa, supuse.
—Vamos a la sala de salida.
Me guio con el antifaz puesto hasta otro espacio. Cuando cerró la puerta, me indicó que podía quitármelo.
La luz era cálida y bastante baja. Había una mesa pequeña, dos sillas, agua y una caja de pañuelos que me pareció una provocación.
—No voy a llorar —dije.
Mara miró la caja.
—No era personal.
Me senté.
Ella quedó enfrente con la tableta apoyada en las piernas.
—Te escucho.
—Lo reconocí el sábado.
Mara asintió una vez.
—¿Él te reconoció?
—No.
—¿Lo buscaste o contactaste después?
—No.
—¿Cambiaste algo de la sesión por lo que sabías?
Miré la mesa.
—Los límites no. Pero fingí no saber cosas.
—¿Qué cosas?
—Le toqué la cara sabiendo dónde estaba cada cosa. Me dijo que acertaba demasiado y dejé que pensara que era práctica.
—He venido igual.
—Lo sé.
—He venido sabiendo quién era y él no.
Mara dejó la tableta sobre la mesa.
—Eso también lo sé.
—Y me siento un poco cabrona.
Mara no contestó.
—Solo necesito una respuesta concreta. ¿Quieres seguir con el protocolo?
Solté el aire.
—Sí.
—¿Quieres la revelación visual?
Ya lo había decidido.
Aun así, miré la mesa.
—Sí.
Mara tocó la pantalla.
—Tu respuesta queda registrada. Ahora esperamos la suya.
—¿Cuánto tarda?
—Lo que necesite.
—Qué respuesta más irritante.
—Lo sé.
Me sirvió agua.
Bebí.
Esperamos.
Dos minutos.
Luego cinco.
Yo miré la caja de pañuelos hasta que empezó a caerme mal.
Me apoyé en el respaldo.
Pensé en Andrés diciendo quiero verte.
Había sido una frase sencilla. No una promesa. No una declaración.
Precisamente por eso pesaba.
Mara miró la tableta.
Yo me incorporé.
—¿Qué?
—Ha respondido.
El cuerpo se me puso alerta antes de saber.
—¿Y?
Mara levantó los ojos.
—También quiere verte.
Me reí una vez. Sin humor.
—Claro.
—Tenemos un hueco mañana a las siete y media o el sábado a las doce.
Mañana.
Menos tiempo para inventarme excusas.
—Mañana.
—Te lo reservo.
Tecleó.
—Patricia.
—¿Sí?
—Puedes venir y cancelar en la puerta. Eso sigue siendo una opción.
—Lo sé.
—Perfecto.
Me devolvió el antifaz para salir por el recorrido habitual y evitar cruces.
Antes de ponérmelo miré la sala.
—Mañana ya no lo necesitaré.
—Esa es la idea.
Me cubrí los ojos.
Esta vez sabía cuándo iba a quitármelo.