CAPÍTULO 13
Lo primero que oí fue su respiración.
Lo segundo, su voz.
—Hola.
Esta vez la cara apareció con ella.
Fue inmediato. La boca que había visto reírse junto a Julián. La línea gris de las sienes. El pequeño corte bajo la barbilla.
Me quedé de pie un segundo más de la cuenta.
—¿Patricia?
—Sí.
—Pensaba que habías entrado otra persona y me habían cambiado sin avisar.
—Qué poca fe.
Mara me guio hasta la butaca.
—Treinta minutos. Límites confirmados. Os avisaré a cinco del final. Después responderéis por separado sobre la revelación. No habléis de datos que permitan localizaros antes de terminar el protocolo.
—Entendido —dijo Andrés.
—Sí.
La puerta se cerró.
Nos quedamos solos.
—Estás rara —dijo.
No habían pasado ni diez segundos.
—Qué recibimiento.
—No era una crítica.
—Pues tienes talento natural.
—Hoy has tardado más en insultarme.
Apoyé las manos en los muslos.
—He tenido una semana larga.
Eso era cierto.
—¿Mala?
—No especialmente.
—Entonces larga de otra clase.
—No puedes preguntar tanto.
—Primera queja de la noche. Ahora sí eres tú.
Me reí.
El alivio fue tan brusco que me dio rabia.
Andrés se movió en la butaca.
—¿Mano?
—Sí.
Su palma quedó abierta entre nosotros.
La encontré.
Antes, aquella mano había sido una colección de datos. Ahora sabía cómo se veía: dedos largos, nudillos marcados, una cicatriz pequeña cerca de la base del índice que no había notado a oscuras.
Pasé el pulgar por allí.
Andrés se quedó quieto.
—Eso es nuevo —dijo.
—¿Qué?
—Nunca habías tocado ahí.
Retiré un poco el pulgar.
—Tengo treinta minutos. Amplío catálogo.
—Pensaba que odiabas los catálogos.
—Solo los sentimentales.
Sus dedos se cerraron sobre los míos.
Me conocía suficiente para devolverme mis propias frases.
Aquello me gustó.
También empeoró la culpa.
—¿Tu turno? —pregunté.
—Muñeca.
—Sí.
Me tocó por dentro, justo donde ya sabía que me alteraba. Subió hasta el antebrazo y volvió a bajar.
—Tienes el pulso rápido.
—Será una enfermedad.
—¿Quieres que pare?
—No.
Contesté demasiado deprisa.
Él no comentó nada.
—Cara —dije.
Hubo una pausa mínima.
—Sí.
Levanté la mano.
Esta vez no calculé.
Fui directamente a su mandíbula.
Andrés se tensó.
—Has acertado de lleno.
—Estoy mejorando.
—Mucho.
No pareció sospechar nada. Todavía.
Recorrí la barba. Encontré el corte junto a la barbilla.
Con la yema del dedo dibujé el borde.
—¿Qué tienes aquí?
—Me hice un corte afeitándome.
—Muy sofisticado.
—Mi vida tiene riesgos.
Sabía que el corte era pequeño porque lo había visto.
Él creyó que acababa de descubrirlo.
El conocimiento me pesó en la mano.
Subí hacia su nariz.
No la había tocado así antes. El puente no era recto del todo. Lo confirmé con los dedos.
—Tienes la nariz torcida.
Andrés soltó una risa.
—Gracias.
—Un poco.
—Y yo creyendo que nadie lo notaba.
—¿Te la rompiste?
—Eso sería historia personal.
—Cierto.
Retiré la mano.
Él la atrapó por la muñeca antes de que bajara.
—No hacía falta quitarla.
—No me la he quitado por eso.
—¿Por qué entonces?
—Porque me apetecía tocar otra cosa.
Se quedó en silencio.
—Eso ha sonado bastante mejor de lo que creo que pretendías.
—No empieces.
Me puse de pie.
—Referencia.
Andrés levantó la mano y yo la cogí.
Se incorporó.
Ya sabía exactamente dónde quedaría su hombro.
Aun así, fingí buscarlo medio segundo.
Me odié un poco por la representación.
—Hoy no me has golpeado el reloj —dijo.
—Estoy perdiendo encanto.
—No te preocupes. Aún puedes pisarme.
—Dame tiempo.
Apoyé ambas manos en su pecho.
Llevaba camiseta. Lo sabía por el tacto. En la fiesta lo había visto recoger cajas con la camisa oscura remangada; ahora sabía qué cuerpo había debajo.
La combinación resultó extraña: más íntima de lo que había imaginado y menos limpia.
—¿Cintura? —preguntó.
—Sí.
Sus manos llegaron.
Mi cuerpo reconoció el sitio antes de que cerrara los dedos.
Me acerqué.
Andrés no tuvo que preguntar si quería más. Esperó.
Yo di el último paso.
—Hola otra vez —murmuró.
Me reí contra su pecho.
—Te he prohibido esa frase.
—No recuerdo haber firmado nada.
—Trabajo con contratos. Ten cuidado.
—Eso ha sonado a pista.
—Pues bórrala.
Le pasé los brazos alrededor de la cintura.
Él me sostuvo.
Durante unos segundos no hicimos nada más.
Eso me afectó más que el beso anterior.
Porque ahora sabía qué cara había por encima de mi pelo.
Podía imaginar sus ojos abiertos o cerrados. La arruga junto al derecho. La barba tocándome la coronilla.
—Patricia.
—¿Qué?
—Hoy sí estás rara.
Me separé lo justo para hablar.
—¿Y si lo estoy?
—Nada. Solo quiero saber si tiene que ver conmigo.
Podía haber dicho que sí.
Habría sido verdad y no habría explicado nada.
—En parte.
Sus manos aflojaron un poco.
—¿He hecho algo?
—No.
—Vale.
—¿Eso es todo?
—Me has dicho que no he hecho nada.
—Eres desesperante.
—Puedo insistir hasta que me des una respuesta que me guste, si prefieres.
Solté una risa.
—No.
—Entonces vale.
El pecho me dolió de una manera pequeña y molesta.
Ese hombre estaba respetando una información incompleta que yo controlaba.
Le toqué la nuca.
Noté la inhalación.
—Eso no cambia —dije.
—¿Qué cosa?
—Tu respiración.
—Me tienes vigilado.
La palabra me atravesó.
No era una acusación. Ni siquiera sabía que pudiera serlo.
—Un poco —contesté.
Andrés inclinó la cabeza.
—¿Beso sigue verde?
—Sí.
—¿Quieres?
—Sí.
Me encontró rápido.
El primer contacto fue más preciso que la vez anterior. Su boca llegó a la mía sin el choque torpe. Yo tampoco tuve que buscar.
Nos habíamos aprendido.
Eso debería haber sido únicamente agradable.
Le agarré la camiseta por los costados y lo acerqué.
Andrés respondió con una mano en la espalda y otra en la cintura. Besaba sin prisa al principio y luego dejaba de hacerlo cuando yo le mordía el labio.
Volvió a inhalar.
Sonreí contra su boca.
—No digas nada —murmuró.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado muy fuerte.
Lo besé otra vez.
Su mano subió por mi espalda por encima de la camiseta. Yo llevé una de las mías a su cara.
El tacto encajó con la imagen que ya tenía: pómulo, oreja, sien, canas. Él seguía sin saberlo.
Andrés se separó apenas.
—¿Bien?
—Sí.
—Estás pensando.
—Puedo besar y pensar.
—Eso explica bastantes cosas.
—¿Qué explica?
—Que a veces te vas medio segundo.
Me quedé quieta.
—¿Me voy?
—Hoy sí.
No tenía una broma buena.
—Vuelve a besarme.
Andrés esperó una fracción.
Luego lo hizo.
No preguntó más.
Yo tampoco.
Su boca bajó hacia mi mandíbula. Después al cuello.
Esta vez no necesitó localizar el lunar con los dedos. Recordaba el lugar.
Me agarré a sus hombros.
—Abdomen sigue verde —dije.
Él levantó la cabeza.
—Lo he visto en la ficha.
—Bien.
—¿Quieres que…?
—Sí.
La mano entró por debajo de mi camiseta.
El calor de la palma me hizo cerrar los ojos detrás del antifaz.
Encontró la cicatriz porque la recordaba.
El pulgar pasó por encima una vez.
—Aquí.
—Sí.
—¿Te sigue pareciendo bien?
—Sí.
Movió la mano alrededor, sin subir demasiado. Yo le levanté la camiseta por un costado.
—¿Puedo?
—Sí.
Toqué piel.
Abdomen caliente, vello fino, una zona más blanda cerca del costado. Andrés contrajo el vientre por reflejo.
Me reí.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Meter barriga.
—No la he metido.
—Claro.
—Tengo cuarenta y ocho años. La barriga toma decisiones propias.
Me reí de verdad.
Apoyé la frente en su hombro.
—Ahí estás —dijo.
—¿Dónde?
—No sé. Pero has vuelto.
Dejé de reírme.
Él no podía saber lo exacta que había sido la frase.
Dos golpes en la puerta.
Cinco minutos.
—Me están cayendo fatal —dije.
—Tenemos una relación complicada con el reloj.
Nos sentamos sin soltarnos del todo. Su rodilla quedó pegada a la mía.
—Después tenemos que decidir —dijo.
—Lo sé.
—¿Lo tienes decidido?
Sí.
Desde la fiesta.
Desde antes, probablemente.
—Creo que sí.
—Yo también.
La garganta se me secó.
—¿Te da miedo? —pregunté.
—Verte.
—Sí.
Pensó un segundo.
—Un poco.
—¿Por qué?
—Porque ahora mismo me gustas en una forma bastante concreta.
Esperé.
—Y cuando te vea habrá más información. Puede salir bien. Puede salir regular. Me fastidiaría que una cara estropeara una persona que ya me gusta.
La honestidad me dolió más de lo que debía.
—Qué romántico.
—Me has preguntado.
—Ya.
—¿A ti?
Miré la oscuridad del antifaz.
Yo sabía que su cara no lo había estropeado.
Había hecho lo contrario.
—Sí —dije—. También me da miedo.
La puerta sonó una vez.
Final.
Andrés me apretó la mano.
—Nos vemos, supongo.
Tardé un segundo en contestar.
—Supongo.
Mara entró.
—Andrés, conmigo.
Él se levantó.
Antes de soltarme, pasó el pulgar por mis nudillos.
—Patricia.
—¿Qué?
Esta vez sí contestó.
—Quiero verte.
Luego se fue.