TÓCAME PRIMERO CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El martes por la noche me sabía el párrafo de las normas de memoria.

Eso ya era mala señal.

Lo había leído en la gestoría, en el móvil mientras esperaba que calentara la cena y otra vez desde la cama.

«Si has reconocido accidentalmente…»

La palabra que más me molestaba era accidentalmente.

Reconocerlo había sido accidental.

Seguir con la reserva no.

Dejé el teléfono en la mesilla y apagué la luz.

Duré cuatro minutos.

Volví a encenderla.

—Ridícula.

Cogí el móvil y abrí la web de SIN MIRAR.

En la parte inferior había un chat de ayuda. No una persona conectada a esas horas, solo un formulario.

Escribí:

«He reconocido a mi pareja de experiencia en un contexto social compartido. No lo he buscado ni contactado. Él no parece haberme reconocido. ¿Debo cancelar?»

Lo releí.

«Pareja de experiencia» sonaba a actividad de empresa.

Lo dejé así.

Envié.

A la mañana siguiente tenía respuesta.

Mara.

«Puedes continuar. No contactes con él, no busques información y no uses lo que sabes para alterar la sesión. Si decides seguir y llegáis a revelación, tendrás que decírselo tú.»

Debajo había una frase más.

«Si no puedes entrar sabiendo que él sigue a oscuras, cancela.»

Leí esa última dos veces.

Sonia apareció con una carpeta.

—¿Problema?

Bloqueé la pantalla.

—No.

—Has puesto cara de requerimiento gordo.

—No es Hacienda.

—Entonces es peor.

—Deja la carpeta.

La dejó.

—¿Quieres café?

—Sí.

—¿Quieres que no pregunte?

La miré.

—También.

—Eso cuesta extra.

—Pásamelo en nómina.

Se fue.

Abrí la respuesta de Mara otra vez.

¿Me impedía participar con libertad?

No.

Eso era parte del problema.

Quería ir.

Quería volver a estar con él en aquella sala sabiendo ya cómo era cuando se reía con amigos, cómo levantaba una ceja al discutir con Julián, cómo se le marcaban las canas bajo la luz de un restaurante.

Quería tocar la misma cara después de haberla visto.

Esa curiosidad no tenía nada de inocente.

Tampoco tenía nada de confusa.

A las once llamé a Berta por un asunto de trabajo. Su empresa de catering llevaba las nóminas con nosotros y necesitaba confirmar una sustitución.

—¿Me llamas como amiga o como señora que me cobra cada mes? —contestó.

—Como señora que necesita que le envíes el parte de Elena.

—Qué decepción.

—Antes de las doce.

—Lo mando.

Hubo un ruido de bandejas.

—Oye.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir.

—Te conozco.

—Solo iba a decirte que he encontrado el zapato.

—Enhorabuena.

—En el coche de Mónica.

—Una trama impecable.

—Y que Andrés se dejó una chaqueta en el local. Julián la tiene en casa.

Me quedé callada.

Berta también.

—No me cuentes más —dije.

—Vale.

—En serio.

—Patri, lo he pillado.

—Gracias.

—Aunque ahora tengo curiosidad y te odio un poco.

—Te recuperarás.

—Mándame un correo con lo de Elena, que si no se me olvida.

Colgamos.

No pregunté qué chaqueta.

Me sentí orgullosa durante unos cinco segundos, que era una cantidad ridícula de orgullo por no investigar a un hombre.

A última hora, cuando la oficina se quedó vacía, abrí el correo de Mara.

Respondí:

«Continuaré. No he contactado ni buscado información. Si llegamos a revelación, se lo diré yo.»

Tardé antes de enviar la última frase.

La mandé.

Después abrí la reserva.

No toqué los límites.

No quería diseñar una sesión distinta porque ahora supiera qué cuerpo había debajo.

A las siete y cuarto cerré el despacho.

El jueves sí los tuvo todos.

A las nueve de la mañana una empresa quiso hacer seis contratos con datos incompletos.

A las once una clienta apareció sin cita con una carpeta llena de papeles ordenados por color en lugar de por fecha.

A las dos me manché la blusa con salsa de tomate.

A las cinco y media el programa de nóminas decidió pedir actualización.

A las seis y treinta y dos cerré el ordenador.

Sonia me miró desde su mesa.

—Milagro número dos.

—Tengo una cosa.

—¿La cosa sigue midiendo más de metro ochenta?

Cogí el bolso.

—No pienso contestar eso.

—Entonces sí.

—Buenas tardes.

—Pásalo bien.

Me detuve un segundo.

—Eso intento.

En casa me duché.

Esta vez no cambié tres veces de ropa interior.

Solo dos.

Me puse pantalón negro, camiseta de cuello ancho y una chaqueta ligera. Delante del espejo, me recogí el pelo.

Lo solté.

Volví a recogerlo.

Me acordé de sus dedos apartándolo del cuello.

Lo dejé suelto.

—Madurez impecable —dije.

A las ocho y veintidós estaba frente a SIN MIRAR.

No entré inmediatamente.

El escaparate no tenía logotipo. Solo una placa discreta junto al portal.

Saqué el teléfono.

La cancelación había desaparecido del correo.

Era tarde para hacerlo desde la aplicación.

No para dar media vuelta.

Guardé el móvil.

Abrí la puerta.

Mara estaba en recepción.

Al verme, dejó la tableta sobre el mostrador.

—Hola, Patricia.

—Hola.

—¿Sigues cómoda con continuar?

Contesté sin pensarlo.

—Sí.

—¿Quieres cambiar algún límite?

—No.

Mara asintió.

No me recordó que ella sabía.

Se lo agradecí.

Me dio el antifaz.

—Él ya está preparado.

El estómago se me movió.

—Vale.

Me cubrí los ojos.

La cara de Andrés no desapareció.