CAPÍTULO 11
El domingo me desperté con la cara de Andrés en la cabeza.
Eso sí era nuevo.
Hasta la noche anterior, cuando pensaba en él, aparecían partes: una mano, la línea de la mandíbula debajo de mis dedos, la nuca, el peso de una palma en mi cintura. Ahora todo tenía sitio.
Nariz un poco torcida, canas en las sienes, una arruga junto al ojo derecho y el corte pequeño de la barbilla.
Me quedé boca arriba, mirando el techo.
—Fenomenal.
El móvil marcaba las nueve y veintidós. Tenía siete mensajes del grupo del cumpleaños, dos de Laura y uno de Berta enviado a las tres y doce de la madrugada.
«HE SObrEVIVIDO. NO SÉ DÓNDE ESTÁ MI ZAPATO IZQUIERDO.»
Le contesté con una foto de un pie cualquiera que encontré entre mis pegatinas.
Abrí el grupo.
Ya habían subido las fotos.
Cometí el error de mirarlas en la cama.
En la primera yo salía con los ojos cerrados. En la segunda, Laura estaba hablando en el momento del disparo. En la tercera Berta levantaba una copa y Julián tenía media cara tapada por la cabeza de alguien.
Andrés aparecía detrás.
No estaba mirando a cámara.
Giraba la cabeza hacia la izquierda, quizá porque alguien le había dicho algo. Se le veía la mano apoyada en el hombro de Julián.
Amplié la foto.
Luego la reduje enseguida.
—Eso roza la investigación privada.
El teléfono, con bastante criterio, no contestó.
Pasé a la siguiente.
Ahí sí miraba a cámara. Sonreía con la boca cerrada. No era la sonrisa que yo conocía. O no la que creía conocer. La de la sala empezaba en la respiración. Aquella era una cara preparada durante un segundo para una foto colectiva.
Me molestó distinguirlas.
Cerré el grupo.
Fui a hacer café.
Mientras esperaba, abrí el correo de SIN MIRAR.
La cita seguía allí.
Jueves, 20:30.
Cuatro días.
Debajo, el enlace de cancelación.
No lo pulsé.
Tampoco borré el correo.
Me hice tostadas y me obligué a comer sentada a la mesa, sin teléfono. Aguanté nueve minutos.
Berta llamó.
—¿Tienes mi zapato?
—Sí. Lo robé mientras soplabas las velas.
—Hablo en serio.
—Yo también.
—Julián dice que igual está en el coche de Mónica.
—Entonces llama a Mónica.
—Ya lo he hecho. No lo tiene.
—Compra otro pie.
—Qué desagradable estás para ser domingo.
—Me has llamado antes del segundo café.
Oí cajones al otro lado.
—¿Te gustó la cena?
—Sí.
—¿Viste a gente que hacía tiempo que no veías?
—Sí.
—¿Conociste a alguien?
Me quedé con la taza en la mano.
Berta guardó un silencio de tres segundos. En ella equivalía a una rueda de prensa.
—No hagas eso —dije.
—¿Qué estoy haciendo?
—Dejar huecos para que yo los rellene.
—No sabía que tuviera tanto poder.
—Lo sabes perfectamente.
Se rió.
—Vale. Te preguntaba por la gente de Julián. Había varios que no conocías.
—Me presentaste a unos cuantos.
—A Andrés, por ejemplo.
Ahí estaba.
Dicho con absoluta normalidad.
—Sí.
—Es majo.
—Parecía.
—A Julián le cae bien desde hace siglos. Se conocieron trabajando en un montaje, antes de que Julián decidiera que prefería vender eventos que arreglarlos.
—Berta.
—¿Qué?
—No necesito su biografía.
Contesté demasiado rápido.
Ella dejó de rebuscar.
—Vale.
—No pasa nada. Solo… no me cuentes más.
—De acuerdo.
No preguntó por qué.
Eso fue peor porque Berta siempre preguntaba por qué.
—¿Has encontrado el zapato? —dije.
—No.
—Pues tienes una misión.
—Patri.
Cerré los ojos.
—¿Qué?
—Si esto tiene que ver con la cosa de los antifaces, no me lo cuentes si no quieres. Pero no voy a preguntarle nada a nadie.
Abrí los ojos.
—Gracias.
—Ni a Julián.
—Gracias.
—Y ahora voy a seguir buscando mi zapato porque anoche cumplí cincuenta y esta mañana mi principal problema es que solo tengo uno. Me parece una victoria.
—Eso sí.
Colgamos.
Me quedé un rato en la cocina.
Berta no sabía nada. Laura tampoco. Julián probablemente ignoraba que su amigo llevaba varias semanas entrando en habitaciones a oscuras para tocar a una mujer que era amiga de su mujer.
Yo sabía quién era él y él seguía sin saber quién era yo.
El lunes fui a trabajar temprano.
Sonia llegó diez minutos después y dejó el bolso debajo de su mesa.
—Qué cara.
—Buenos días para ti también.
—¿Resaca?
—Dos copas de vino en cuatro horas. Soy una amenaza social.
—Entonces sexo.
—Sonia.
—Vale, vale.
Se sentó.
Agradecí que el teléfono empezara a sonar antes de que pudiera desarrollar la teoría.
La mañana se llenó enseguida.
Un autónomo había recibido una carta que llevaba tres semanas en una bandeja porque «parecía publicidad».
Una empresa había dado de alta a un trabajador un día tarde y pretendía que el calendario colaborara.
Laura me mandó una foto del sofá ya pedido, con una flecha roja donde pensaba poner una lámpara.
A las doce y media abrí un expediente y me encontré escribiendo ANDRÉS en el buscador interno en lugar del apellido del cliente.
Borré las letras.
Me quedé mirando la pantalla.
—Muy profesional.
—¿Qué? —preguntó Sonia desde fuera.
—Nada.
—Eso siempre es mentira.
—Trabaja.
Cerré la puerta.
No busqué a Andrés en internet.
La idea apareció, claro.
Tenía nombre. Ciudad. Profesión. Auditorio. Amigos comunes.
Podía haber sabido su apellido en tres minutos.
No lo hice.
No por nobleza. Porque había una línea y, de momento, la veía con bastante claridad. Lo había reconocido por accidente en una cena a la que ambos habíamos llegado por nuestra cuenta. Convertir eso en una búsqueda sí sería otra cosa.
A la una y diecisiete recibí un correo de SIN MIRAR.
«RECORDATORIO DE TERCERA SESIÓN.»
Abrí.
Fecha, hora, límites, normas.
Al final estaba el recordatorio sobre reconocimientos accidentales.
«Si reconoces accidentalmente a la otra persona fuera de la experiencia, no la contactes ni busques información adicional. Puedes cancelar o continuar manteniendo el protocolo de anonimato hasta la revelación.»
Leí el párrafo dos veces.
No decía que tuviera que cancelar.
Tampoco conseguía que seguir me pareciera una decisión neutra.
El cursor se quedó encima del enlace.
CANCELAR SESIÓN.
Sonia llamó a la puerta.
—Tengo a los de Ríos en la uno.
—Voy.
Minimicé el correo.
Durante la reunión, una pareja discutió delante de mí sobre quién había enviado tarde unos documentos. Yo les pedí fechas, abrí correos y encontré el archivo en siete minutos.
—Lo mandaste tú el martes —dijo ella.
—Porque me dijiste que lo hiciera.
—No vamos a resolver vuestro matrimonio —interrumpí—. Vamos a resolver el modelo.
Los dos se callaron.
Seguí explicando.
Cuando se fueron, el correo de SIN MIRAR seguía abierto debajo de la hoja de cálculo.
Hice clic en «cerrar».
No en cancelar.
Todavía no.