CAPÍTULO 10
Podía seguir diciéndome que era una casualidad.
El nombre coincidía.
La edad coincidía.
El trabajo explicaba las manos.
El reloj estaba en la muñeca correcta.
Aun así, la parte más sensata de mi cabeza pedía una prueba que no pudiera compartir medio millón de hombres.
Berta me dio una.
—Patri, ven.
Estaba detrás de mí con Julián.
Y con él.
Tuve tiempo de pensar «mierda» una sola vez.
—No sé si os conocéis —dijo Berta—. Patricia, Andrés. Andrés, Patricia. Ella es la amiga de la que siempre te hablo cuando digo que necesito una persona normal cerca.
—Eso es difamación —dije.
Mi voz salió más baja de lo habitual.
Andrés sonrió.
De cerca era distinto. Más alto de lo que parecía sentado. Las canas le ocupaban buena parte de las sienes. Tenía una línea clara de cansancio debajo de los ojos y un pequeño corte ya cerrado junto a la barbilla.
Me ofreció la mano.
—Encantado.
La voz.
El cuerpo me respondió antes de que yo pudiera organizar nada.
Calor bajo las costillas.
La nuca tensa.
Los dedos quietos a medio camino.
Le di la mano.
Grande. Seca. La dureza junto al pulgar.
Exacta.
Andrés me sostuvo la mirada sin ninguna señal de reconocimiento.
—Patricia —repitió.
Esa forma de decir mi nombre.
Luego aspiró una vez, corta, porque Julián le estaba preguntando algo a la vez y tardó medio segundo en contestar.
Ahí terminó la duda.
Era él.
Le solté la mano.
—Encantada.
Julián empezó a contar una historia sobre el altavoz. Andrés lo corrigió en la segunda frase.
—No se ha roto. El cable estaba mal.
—Hacía ruido.
—Porque el cable estaba mal.
—Para una persona normal eso es estar roto.
—Por eso no te dejo herramientas.
Berta se rió.
Yo seguía de pie delante del hombre que me había metido una mano debajo de la camiseta nueve días antes.
Él no lo sabía.
La situación tenía una capacidad de humillación bastante amplia.
—Patri tiene una gestoría —dijo Berta.
Casi la mato con la mirada.
Andrés me miró de nuevo.
—¿Sí?
—Sí.
Una palabra. Podía sobrevivir a una palabra.
—Eso explica lo de persona normal —dijo Julián.
—No explica nada —contesté.
Andrés sonrió.
Vi cómo se le movía una comisura.
Recordé esa misma boca bajo mi pulgar.
Tuve que coger la copa con las dos manos.
—¿Y tú? —pregunté, aunque ya lo sabía.
Fue una decisión absurda. Berta acababa de contarme su trabajo. Pero Andrés no sabía que yo había preguntado por él.
—Mantenimiento técnico —dijo—. En un auditorio.
—Arregla cosas —añadió Julián.
Andrés lo miró.
—Algunas.
Trabajo con cosas que se rompen.
Volví a oírla con la voz de la sala.
Berta levantó un dedo.
—Y salva fiestas de cumpleaños.
—He conectado un cable.
—Déjame exagerar en mi cumpleaños.
Alguien llamó a Berta desde la mesa de regalos y se fue con Julián.
Nos dejaron solos.
Por supuesto.
Andrés y yo nos quedamos junto a la barra con treinta personas alrededor y ninguna razón decente para que aquello pareciera íntimo.
Él bebió un poco de cerveza.
—¿Amiga de Berta de hace mucho?
—Desde la universidad.
—Eso es resistencia.
—Tú eres amigo de Julián. No tienes autoridad para juzgarme.
Se rió.
La risa era suya.
La había tenido contra la boca.
—Tienes razón.
Me miró un momento más.
Yo esperaba algo.
Una arruga en la frente. Una pausa. Cualquier señal de que mi voz estuviera golpeando una puerta conocida.
Nada.
Habíamos hablado casi una hora en dos sesiones. Suficiente para que yo creyera que reconocería su voz en un túnel. Él había tocado mi cara, mi pelo, mi cuello, mi espalda. No había visto ninguno de esos gestos desde fuera.
Además, aquí yo no estaba a cincuenta centímetros.
Había música, platos, gente pasando. Mi voz social era más rápida. Con Berta cerca hablaba más alto. En SIN MIRAR había bajado el volumen porque no necesitaba cruzar una mesa.
Eso me tranquilizó.
También me ofendió un poco.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Me has mirado raro.
—Estaba pensando.
—Peligroso.
Lo dijo sin el tono de quien busca ligar. O quizá sí. Ya no sabía qué herramientas suyas pertenecían al hombre que sabía gustar demasiado rápido.
—¿Sobre el altavoz? —añadió.
—Obsesionada.
—Puedo darte un informe.
—Por favor, no.
Una mujer se acercó a saludarlo. Tendría cincuenta y tantos. Le tocó el brazo con confianza.
—Andrés, ¿te vas a quedar luego?
—Un rato.
—Te necesito para convencer a Julián de que salgamos a otro sitio.
—No me metas.
—Siempre dices eso y acabas viniendo.
Ella me miró.
—Perdona.
—Patricia —dije.
—Mónica.
Nos dimos dos besos.
—Amiga de Berta —explicó Andrés.
Me sorprendió que hubiera retenido el dato.
Luego me enfadé conmigo por sorprenderme. Él mismo había dicho que recordaba lo que le contaban.
Mónica volvió con su grupo.
—¿Tú sales luego? —preguntó Andrés.
—No lo sé.
—Respuesta sensata.
—Tengo cuarenta y cinco. A estas horas empiezo a negociar con mis rodillas.
Sonrió.
—Yo cuarenta y ocho. Las mías piden cláusulas por escrito.
La edad otra vez.
Cuarenta y ocho.
Me dieron ganas de reírme y de irme a casa al mismo tiempo.
—¿Te traigo algo? —preguntó, señalando la barra.
—Agua.
—Eso suena definitivo.
—Es provisional.
Pidió una botella. Mientras esperaba, apoyó ambas manos en la barra.
La derecha tenía una pequeña grieta junto a la uña del pulgar.
La misma.
No necesitaba más pruebas.
Me dio la botella.
—Gracias.
—De nada.
Nuestros dedos no se tocaron.
Agradecí el margen.
Berta apareció de nuevo antes de que tuviera que inventar otro tema.
—Foto.
—No —dijimos Andrés y yo a la vez.
Nos miramos.
Berta abrió mucho los ojos.
—Perfecto, ya tengo dos voluntarios.
—Eso no es lo que ha pasado —dije.
Nos arrastró hacia el grupo.
La foto fue un desastre. Treinta personas intentando caber delante de una pared. Yo acabé en la segunda fila. Andrés, detrás y a dos personas de distancia.
El fotógrafo improvisado pidió que nos juntáramos más.
Alguien chocó conmigo por detrás.
Una mano apareció en mi codo para estabilizarme.
Me quedé inmóvil.
Andrés.
Lo supe antes de girarme.
La presión era distinta a la de cualquier agarre casual: mano abierta, contacto suficiente, retirada inmediata en cuanto recuperé equilibrio.
—Perdón —dijo—. Te han empujado.
—Sí.
Ya había retirado la mano.
Yo seguía teniendo el codo encendido.
—Mirad aquí —gritó el fotógrafo.
Sonreí para la foto.
No recuerdo que saliera.
Después cortaron la tarta. Berta abrió regalos. La conversación se dispersó en grupos pequeños.
Yo me fui al baño.
Cerré la puerta y apoyé las manos en el lavabo.
Mi cara en el espejo parecía perfectamente normal.
—Muy bien —le dije.
La mujer del espejo no aportó nada.
Saqué el móvil.
Abrí el calendario.
Jueves diecinueve, 20:30.
SIN MIRAR · TERCER ENCUENTRO.
Cinco días.
El botón para cancelar seguía activo.
Podía hacerlo hasta el martes a las ocho y media.
Guardé el teléfono.
Al salir, Berta estaba en el pasillo.
—¿Te encuentras bien?
—Sí.
—Estás rara.
—He bebido dos copas de vino y tengo sueño.
—Eso en ti es estado basal.
—Cumplir cincuenta te ha puesto insoportable.
—Ya lo era.
Me rodeó los hombros con un brazo.
—¿Te quieres ir?
Miré hacia la sala.
Andrés estaba hablando con Julián, de perfil. Sonrió por algo. Se pasó una mano por la barba.
—Dentro de un rato.
—Vale.
Berta no siguió mi mirada esta vez.
Volvimos dentro.
Me quedé cuarenta minutos más.
No hablé otra vez con Andrés.
Al despedirme, él estaba ayudando a bajar unas cajas vacías junto a la barra. Levantó una mano desde lejos.
Yo hice lo mismo.
En el taxi, el conductor llevaba la calefacción demasiado alta. Abrí un poco la ventanilla.
El móvil pesaba dentro del bolso de una forma ridícula.
No lo saqué hasta llegar a casa.
Me quité los zapatos en la entrada, bebí agua y me senté en el borde de la cama.
Abrí el correo de SIN MIRAR.
Tercera sesión confirmada.
Andrés todavía creía que el jueves iba a entrar en una habitación con una mujer sin cara.
Yo ya sabía qué cara tendría él.
Bajé hasta el enlace de cancelación.
Lo dejé en pantalla un rato.
Después bloqueé el teléfono y lo puse en la mesilla.
La reserva siguió hecha.