CAPÍTULO 9
El vestido verde fue culpa de Berta.
Lo había comprado dos años antes y solo me lo había puesto una vez porque cada vez que abría el armario acababa cogiendo negro. Me llegaba por debajo de la rodilla, marcaba la cintura y tenía un escote que seguía siendo razonable si una no se agachaba a recoger nada.
A las ocho y cuarenta y siete entré en el local con una bolsa de regalo y Berta me señaló desde el fondo.
—Tres minutos tarde.
—Cumples cincuenta. Empieza a medir el tiempo en unidades mayores.
Me abrazó.
Llevaba un mono rojo, pendientes enormes y una mancha de harina en el antebrazo.
—Estás guapísima.
—Tú llevas harina.
—La tarta ha intentado matarme.
—Feliz cumpleaños.
Le di la bolsa.
—Te dije que nada.
—Es una botella.
—Eso no es nada. Eso es previsión.
El local era una sala privada encima de un restaurante.
Nada espectacular: suelo hidráulico gastado, mesas de madera, una barra pequeña y ventanales que daban a una calle con motos aparcadas en batería.
Berta había puesto flores en botellas bajas y velas pequeñas que, por suerte, ya no parecían de entierro.
Había unas quince personas.
—Te necesito con las tarjetas —dijo.
—Sabía que el cariño escondía trabajo.
—Mesa larga. Los míos hacia este lado, los de Julián hacia el otro, y mezclados donde no haya riesgo penal.
—Perfecto.
Durante diez minutos movimos nombres.
Mi tarjeta estaba frente a Laura y dos sitios más allá de Julián.
—¿Mi hermana viene?
—Con Pau. Te lo dije.
—No escucho la mitad de lo que me cuentas.
—Lo sé. Por eso repito.
Entró más gente.
Besos. Abrigos. Voces.
Berta desapareció para recibir a una prima y yo fui a dejar el regalo detrás de la barra.
Cuando volví, alguien estaba agachado junto al altavoz.
Vi primero la espalda.
Camisa oscura con las mangas remangadas. Pantalón gris. Un hombre alto, de hombros anchos sin exageración, inclinado sobre un cable mientras Julián sujetaba una regleta.
—Te dije que esto fallaba —dijo Julián.
—Me dijiste «hace un ruido raro». Eso no es un diagnóstico.
No oí bien la respuesta del otro porque entró un grupo detrás de mí hablando demasiado alto.
Se incorporó.
Un hombre negro de cuarenta y muchos, con el pelo corto y rizado, negro salvo por bastante gris en las sienes. La barba corta también tenía alguna cana. Nariz algo torcida hacia la izquierda. La cara de alguien que podía resultar atractivo sin haber organizado su vida alrededor de serlo.
Me quedé parada al ver las manos.
Grandes.
Una sujetaba el cable enrollado. En la otra llevaba cinta aislante pegada a dos dedos.
—Patri —gritó Berta desde la puerta—, ¿me ayudas?
Aparté la vista.
—Voy.
Recibimos a su madre, a una tía y a dos antiguos compañeros de universidad. Cuando volví a mirar hacia el altavoz, el hombre ya no estaba allí.
Me serví una copa de vino.
—Despacio —dijo Laura a mi lado.
—Acabo de llegar.
—Precisamente.
—Hola a ti también.
Me dio un beso.
Pau, su marido, apareció detrás con una chaqueta que le quedaba demasiado nueva.
—Le han obligado a ponérsela —dijo Laura.
—No he preguntado.
—Quería que lo supieras.
Nos pusimos a hablar de los niños. Mi sobrino mayor había suspendido Física y había decidido que la culpa era del sistema educativo. El pequeño quería una moto cuando cumpliera dieciséis y Laura había empezado a buscar internados en Suiza.
Yo respondía.
También miraba alrededor.
El hombre del altavoz estaba junto a Julián y otros tres. No parecía particularmente expansivo. Escuchaba, contestaba, se reía. Desde donde estábamos no oía palabras, solo capas de conversación mezcladas con música.
—¿A quién miras? —preguntó Laura.
—A nadie.
Siguió la dirección de mis ojos.
—Ah.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Seguir la mirada de la gente.
—Pues deja de mirar gente interesante.
—Estaba mirando el altavoz.
—Claro.
—Ha fallado antes.
—Patricia, acabas de llegar.
—Me lo ha dicho Berta.
Laura sonrió dentro de la copa.
La dejé hablando con Pau y fui a buscar agua.
En la barra, Berta estaba abriendo una botella.
—¿Te ayudo?
—Sí. Dame esas copas.
Cogí cuatro.
—¿Quién es el del altavoz?
Lo pregunté mirando la bandeja.
Berta no levantó la cabeza.
—¿Cuál?
—El que estaba con Julián.
—Hay varios con Julián. Es su hábitat natural.
—Alto, camisa oscura, canas.
Berta miró por encima de mi hombro.
—¿Andrés?
La copa que tenía en la mano no hizo nada. Yo sí: apreté los dedos un poco más.
—¿Se llama Andrés?
—Sí. ¿Por?
—Por nada.
—Amigo de Julián desde hace años. Trabaja en mantenimiento técnico, en un auditorio. Creo que es responsable de equipo o algo así. Cuando se rompe algo en una cena, Julián deja de ser marido y se convierte en niño que llama a su padre.
Mantenimiento.
Cosas que se rompen.
Las durezas.
Me bebí medio vaso de agua.
Berta me miró.
—¿Lo conoces?
—No.
Era verdad en una acepción bastante creativa.
—¿Seguro?
—Berta.
—Vale.
Se volvió hacia la botella.
—No te voy a contar nada más —dijo.
—Milagro.
—Pero ahora tengo curiosidad.
—Te recuperarás.
Cogí la bandeja y me fui.
Andrés.
Mantenimiento técnico.
Las manos.
Podía ser coincidencia.
Una coincidencia con muy poca imaginación.
Me acerqué a la mesa para dejar copas. Él estaba de espaldas hablando con un hombre de jersey azul. No podía verle las manos.
Tampoco quería parecer una psicópata estudiándolo desde tres metros.
Me senté junto a Laura.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Has tardado mucho en traer agua.
—Berta me ha contado media vida de un señor que no conozco.
—El del altavoz.
—No empieces.
—No he dicho nada.
Llegaron los últimos invitados.
Nos sentamos.
Andrés quedó en el extremo opuesto de la mesa, diagonalmente a unos cuatro metros. Lo suficiente para verlo. Demasiado lejos para oírlo con claridad cuando no levantaba la voz.
Berta hizo un brindis corto, contra todo pronóstico. Su madre hizo uno más largo. Julián intentó hablar y Berta le quitó la copa de la mano porque «esto no es una boda».
La cena empezó.
Yo hice un esfuerzo por participar.
Hablé con Laura. Con una antigua compañera de Berta. Con un hombre llamado Nacho que vendía maquinaria de hostelería y tenía una opinión muy seria sobre las freidoras de aire.
Cada pocos minutos miraba hacia el otro extremo.
Andrés comía con la izquierda.
Eso no lo sabía.
Tenía una pequeña arruga marcada junto al ojo derecho.
Eso sí podía encajar.
Cuando alguien hacía una broma que le gustaba, bajaba la cabeza antes de reírse.
Tampoco lo sabía.
En algún momento se arremangó un poco más la camisa.
Tenía un reloj en la muñeca izquierda.
Me quedé quieta con el tenedor en la mano.
Reloj.
La primera noche mis dedos habían chocado con uno.
No significaba nada. Media ciudad llevaba reloj.
—¿Patri? —dijo Laura.
—¿Qué?
—Te he preguntado si quieres pan.
—No, gracias.
Me observó dos segundos.
—Vale.
No insistió.
El camarero retiró los primeros platos. Al pasar detrás de Andrés, una silla quedó atravesada en el pasillo. Andrés la cogió por el respaldo y la apartó sin mirar, con una mano. Después dejó la palma encima unos segundos mientras seguía hablando.
Los dedos eran largos.
La base del pulgar tenía una dureza visible cuando giró la mano.
Mi estómago hizo una cosa desagradable.
Podía ser él.
La idea tenía cara ahora.
Aquello cambiaba más de lo que esperaba.
Yo había imaginado a Andrés docenas de veces sin admitir que lo estaba haciendo. Nunca con detalle. Una altura. Pelo quizá oscuro. Una boca que encajara con la que había besado. Nada más.
El hombre del otro extremo de la mesa tenía ojeras leves, una oreja algo más separada que la otra y una camisa que le quedaba bien pero no parecía nueva. Era más real que cualquier versión que hubiera fabricado.
Y quizá no era Andrés.
Me obligué a terminar el plato.
Después llegó la tarta.
Apagaron parte de las luces. Berta protestó porque odiaba que le cantaran cumpleaños feliz y todos lo cantamos de todas formas.
Cuando volvió la luz, Andrés estaba de pie junto a Julián, recogiendo platos para hacer sitio.
Uno de los camareros le dijo algo.
Él negó con la cabeza y levantó ambas manos, dejando claro que no trabajaba allí.
Me reí antes de pensar.
Andrés giró la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron desde el otro lado de la mesa.
No ocurrió nada extraordinario.
Me miró como se mira a alguien que acaba de reírse.
Después sonrió por educación.
Yo aparté la vista primero.
—Patricia —dijo Berta, a mi derecha—. Ven, que te presento a dos personas antes de que desaparezcan.
Me levanté.
No fui hacia él.
Durante veinte minutos conseguí estar ocupada.
Luego me quedé sola cerca de la barra mientras Berta abría regalos.
A unos metros, Julián dijo:
—Andrés, pásame el cuchillo grande.
El hombre de la camisa oscura alargó la mano.
La apoyó primero sobre la mesa, abierta.
Esperó a que Julián retirara la suya del mango.
Luego lo cogió.
El gesto fue pequeño.
La espera, también.
Yo la conocía.
Mi copa se quedó a mitad de camino de la boca.