TÓCAME PRIMERO CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

«La persona que elegiste también quiere volver a encontrarse contigo.»

Leí la frase una vez.

Luego otra, porque había apagado una sartén para aquello y necesitaba amortizarlo.

El correo continuaba.

«Disponéis de una tercera y última sesión. Al terminar, cada participante decidirá de forma independiente si desea una revelación visual. Solo se realizará si ambos aceptan.»

Debajo había un enlace para reservar.

Abrí el calendario.

La primera fecha disponible era el jueves siguiente, demasiado pronto para el turno de Andrés según una nota gris: «pendiente de compatibilidad». La siguiente coincidencia confirmada aparecía dos semanas después.

Jueves diecinueve. Ocho y media.

Cinco días después del cumpleaños de Berta.

Me pareció lejos.

Luego pensé que quizá era mejor.

La tercera sesión llevaba una pregunta al final que las dos anteriores no tenían. Después de tocarlo volvería a casa con su cara o con la decisión expresa de seguir sin ella.

Reservé.

El sistema me llevó a la revisión de límites.

Manos: verde.

Brazos: verde.

Rostro: verde.

Cuello: verde.

Espalda: verde.

Cintura: verde.

Abdomen: amarillo.

Beso: amarillo.

Me quedé mirando las dos últimas líneas.

En la segunda sesión había tenido su mano debajo de la camiseta y su boca en el cuello. Habíamos preguntado. Habíamos parado donde tocaba. El color amarillo no me había protegido de nada porque tampoco necesitaba protegerme de él en esas zonas; solo me había obligado a oír la pregunta.

Cambié abdomen a verde.

Beso a verde.

La pantalla mostró una confirmación pequeña.

Lo dejé así.

No convertí pecho ni entrepierna en opciones. SIN MIRAR no permitía genitales, aunque ambos quisieran y me parecía bien. El lugar tenía sentido mientras existiera un borde que no pudiéramos ir empujando cada media hora.

Guardé.

«Tus límites se compartirán con la organización. La otra persona recibirá únicamente la información necesaria para la sesión.»

Cerré el correo.

La tortilla estaba fría.

Me la comí de todas formas.

Al día siguiente Laura llegó a recogerme a las diez y cincuenta y dos.

—Has dicho a las once.

—Por eso estoy ocho minutos antes.

—Eso no es propio de esta familia.

—Mamá llega media hora antes a los funerales.

—Porque quiere sitio.

Subí a su coche.

Mi hermana tenía cuarenta y uno, dos hijos adolescentes y una capacidad para investigar muebles que habría sido útil en una unidad policial. Llevaba una carpeta en el asiento trasero.

La señalé.

—Dime que ahí no hay sofás.

—Medidas.

—Me bajo.

—Ya he cerrado.

Fuimos a la primera tienda.

Durante una hora me senté, me levanté, hundí manos en cojines y escuché palabras como «espuma HR» y «densidad treinta y cinco» hasta que empecé a odiar los salones.

Laura se dejó caer en un sofá gris.

—Este.

—Dijiste lo mismo del anterior.

—El anterior tenía el respaldo bajo.

—Tienes cojines.

—No es lo mismo.

Me senté a su lado.

El sofá era cómodo.

—Cómpralo.

—¿Te gusta?

—Me gusta que terminemos.

—No necesito esa energía.

Un vendedor se acercó con una sonrisa entrenada. Laura empezó a preguntarle por fundas, plazos y transporte. Yo saqué el móvil.

Berta había creado un grupo para el cumpleaños.

Treinta y dos personas.

«NO HACE FALTA TRAER NADA. Lo pongo en mayúsculas porque os conozco.»

Debajo había respuestas de gente que, evidentemente, iba a llevar algo.

Deslicé la lista sin interés.

Nombres conocidos. Otros no.

Marta y Leo.

Inés.

Raúl.

Toni.

Andrés.

Volví arriba.

Andrés.

Un nombre común.

Nada.

Guardé el móvil.

—¿Qué? —preguntó Laura.

—Nada.

—Has puesto cara rara.

—Berta ha hecho un grupo para el cumpleaños.

—Ah.

—Treinta y dos personas.

—Para ella eso es una merienda.

El vendedor sonrió sin entender.

Laura compró el sofá.

Tardó otros cuarenta minutos en decidir el tejido.

Fuimos a comer a un sitio cerca de su casa. Mientras esperábamos, me quitó el móvil de al lado del plato.

—No trabajes.

—No estaba trabajando.

—Peor. Estabas mirando el teléfono sin hacer nada.

—Devuélvemelo.

Lo dejó boca abajo.

—¿Estás con alguien?

—Qué sutil.

—Tengo hambre. La sutileza consume glucosa.

Bebí agua.

—No.

—Vale.

Cogió un trozo de pan.

—¿Eso es todo?

—¿Quieres que me ofenda?

—Quiero saber si Berta tenía razón.

La miré.

—¿Sobre qué?

—Sobre que habías ido a una cosa de citas raras.

—Voy a matarla.

—No me contó nada. Dijo «Patricia ha hecho una cosa» y luego Julián entró con una bandeja y cambió de tema.

—Eso es contarlo bastante.

—¿Fuiste?

—Sí.

Laura masticó.

—¿Y?

—Bien.

—¿Bien de volverías?

—He vuelto.

La ceja izquierda se le levantó.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—Es mi cara.

—Pues modifícala.

Se rió.

—¿Lo has visto?

—No.

—¿Cómo que no?

Le expliqué lo mínimo: antifaces, límites, encuentros, nada de apellidos, elección mutua.

Laura escuchó sin interrumpir, lo que ya la diferenciaba de Berta.

—¿Y te gusta?

Tardé más que con «¿qué buscas?».

—Me gusta estar con él allí.

—Eso no es exactamente lo que he preguntado.

—Es lo que sé.

Laura asintió.

—Me parece bastante.

Llegó la comida.

No convirtió el asunto en una investigación.

Agradecí que habláramos veinte minutos sobre el profesor de matemáticas de mi sobrino y otros diez sobre el sofá recién comprado.

Por la tarde, en casa, recibí la confirmación definitiva del tercer encuentro.

ANDRÉS HA ACEPTADO LA FECHA.

Jueves diecinueve, 20:30.

Debajo aparecía la opción de modificarla hasta cuarenta y ocho horas antes.

La guardé en el calendario.

A medida que se acercaba el cumpleaños, Berta empezó a mandar fotos del local, del menú y de unas velas que parecían cirios funerarios.

El domingo anterior discutió con su hermana por el tamaño de la tarta.

El lunes me pidió que llegara media hora antes para ayudarla a colocar tarjetas en las mesas.

—¿No era una cena informal?

—Lo es.

—Hay tarjetas.

—Para que mi tía Concha no se siente al lado de mi exsocio.

—Eso deja de ser informal en el momento en que existe un plan de evacuación.

—A las ocho y media.

—Nueve.

—Ocho cuarenta y cinco.

—Hecho.

El viernes trece por la tarde, mientras cerraba la gestoría, volví a ver el nombre de Andrés en el grupo.

Julián había escrito:

«Andrés trae el altavoz pequeño por si el del local vuelve a fallar.»

Berta contestó con seis corazones.

Pensé en las durezas de unas manos que trabajaban con cosas que se rompían.

Después bloqueé el teléfono.

Había miles de Andrés capaces de llevar un altavoz.

El sábado me puse un vestido verde.