CAPÍTULO 7
El viernes empezó con una baja médica, dos nóminas mal comunicadas por un cliente y un hombre que quería despedir a su cuñado con fecha del mes anterior.
A las nueve y media ya había dicho «eso no se puede hacer» cuatro veces.
La quinta fue por teléfono.
—Vicente, entiendo lo que quieres.
—Pues hazlo.
—Que lo entienda no lo vuelve legal.
Sonia pasó por delante de mi puerta con una carpeta y levantó el pulgar.
Yo le enseñé el dedo corazón sin que el cliente pudiera verlo.
—Mi asesor anterior me lo hacía.
—Entonces llama a tu asesor anterior.
Silencio.
Vicente llevaba doce años siendo cliente. Cada trimestre amenazaba con irse. Cada trimestre volvía porque la asesoría anterior, al parecer, había alcanzado un nivel de perfección incompatible con seguir contratándola.
—Patricia, no hace falta ponerse así.
—No me he puesto de ninguna manera. Te estoy diciendo que no voy a falsear una fecha.
—Es mi empresa.
—Y mi firma.
Otro silencio.
—Vale. Hazlo como toque.
—Eso llevo intentando explicarte ocho minutos.
Colgué.
Sonia entró sin llamar.
—Te quiere muchísimo.
—Es una historia preciosa.
—¿Café?
—Sí.
—¿Y luego me cuentas?
—No.
—Entonces descafeinado.
—Sonia.
—Ya voy.
Se fue.
Mi bandeja de entrada tenía treinta y siete correos sin leer. Abrí el primero.
Trabajé dos horas seguidas.
Eso me sentó bien.
Las personas imaginan que trabajar con nóminas, impuestos y altas consiste en mirar números.
La mayor parte del tiempo consiste en evitar que alguien haga una tontería urgente porque lleva semanas posponiendo una decisión.
Hay días tranquilos. Otros, todos descubren a la vez que el calendario existe.
A las doce y diez, una clienta llamó llorando porque le habían embargado una cantidad que no reconocía. A las doce y veinte ya sabíamos de dónde salía. A las doce y cuarenta teníamos la documentación preparada para revisarlo. Cuando colgué, Sonia dejó el café en mi mesa.
—Este sí te lo has ganado.
—Gracias.
—No lleva veneno.
—Una pena.
Bebí un sorbo.
Ella señaló mi boca.
—Tienes una heridita.
Bajé el vaso.
—Me mordí.
—Claro.
—Comiendo.
—Claro.
—Puedes irte.
—Claro.
Esperé a que cruzara la puerta.
—Y deja de decir «claro».
Asomó la cabeza.
—Vale.
Le lancé una goma de borrar.
A la una y media me llamó mi hermana Laura.
—¿Estás trabajando?
—Es viernes a la una y media.
—Eso no responde.
—Sí.
—Mañana sofá.
Cerré los ojos.
—Laura.
—Me lo prometiste.
—He trabajado toda la semana esperando ese momento.
—A las once. Solo dos tiendas.
—Eso dijiste la última vez y acabamos sentadas en diecisiete sofás.
—Doce.
—Tengo fotos.
—Porque eres una enferma.
Me reí.
—A las once.
—Y luego comemos.
—Eso no estaba en el contrato.
—Lo acabo de añadir.
Colgó antes de que pudiera protestar.
El día siguió.
A las cuatro, el cliente del cuñado volvió a llamar para confirmar que de verdad no podíamos hacer «una excepción».
A las cinco, una trabajadora de una empresa de limpieza apareció sin cita porque no entendía una retención.
A las seis menos cuarto tuve que rehacer una liquidación por un dato que el cliente había enviado mal y juraba haber enviado bien.
A las seis y media me di cuenta de que llevaba casi toda la tarde sin pensar en Andrés.
La satisfacción duró poco porque, en cuanto pensé eso, volví a pensar en Andrés.
Abrí el cajón buscando una grapa y me encontré una crema de manos.
La cogí.
Crema de manos.
La mujer del antifaz.
La palma de él sobre mi cicatriz.
Dejé el tubo otra vez.
—Patricia —dijo Sonia desde fuera—. Nos vamos.
Miré la hora.
—Id. Yo termino esto.
—Eso significa una hora.
—Media.
—Has dicho «media» con voz de dos.
—Buenas tardes, Sonia.
Apareció con el abrigo puesto.
—Te cierro la persiana y te dejo la puerta lateral.
—Gracias.
Se apoyó en el marco.
—¿Estás bien?
—Sí. Estoy cansada.
—¿Y contenta?
La miré.
—¿Vas a volver a lo del sábado?
—No he dicho sábado.
—Lo que fuera.
—Estoy bien.
Sonia dudó un segundo.
—Vale.
—Gracias.
Se fue sin remate.
Eso también se lo agradecí.
Terminé a las siete y veinte.
Al salir, ya era de noche. La calle olía a humedad y a pan de una cafetería que estaba cerrando. Caminé hasta casa en lugar de coger el coche del aparcamiento. Necesitaba mover las piernas.
Pasé por una farmacia, una tienda de móviles y un bar donde dos hombres discutían sobre fútbol junto a la puerta. Uno tendría la edad de Andrés. Alto, barba corta, chaqueta oscura.
Lo miré demasiado.
Él me miró de vuelta.
Seguí andando.
No era Andrés.
La conclusión era absurda porque no tenía ni idea de qué aspecto tenía Andrés.
Aun así, lo supe.
Aquello empezó a fastidiarme.
Durante cuarenta y tantos minutos yo había construido un cuerpo sin cara.
Cada hombre alto de Valencia podía encajar hasta que hacía algo que lo expulsaba.
Una voz demasiado aguda. Manos pequeñas.
Una forma de moverse que no cuadraba con el hombre que encontraba una cintura a oscuras y esperaba antes de apretar.
Era una manera bastante ineficaz de ir por la calle.
Al llegar a casa tenía un mensaje de Laura con nueve enlaces a sofás.
«HE REDUCIDO OPCIONES.»
Le respondí:
«Esto es terrorismo.»
Dejé el móvil cargando y me preparé una tortilla francesa.
A las nueve menos cinco volvió a vibrar.
Me limpié las manos antes de cogerlo.
Era un correo.
SIN MIRAR.
El asunto decía:
«TENEMOS UNA RESPUESTA PARA TI.»
Me quedé de pie en la cocina con la espátula todavía en la mano.
El aceite empezó a humear.
Apagué el fuego.
El correo podía esperar treinta segundos.
Duró ocho.