CAPÍTULO 6
La chica de recepción me ofreció agua.
—Estoy bien.
—No tienes cara de estar mal.
—Gracias por el diagnóstico.
Sonrió y señaló la urna.
—Cuando quieras.
La tarjeta seguía entre mis dedos. Había escrito el código de Andrés en cuanto me la dieron, de pie, con el bolso colgando del hombro y la boca todavía sensible.
Me quedaba marcar una casilla.
QUIERO VOLVER A COINCIDIR.
La marqué.
La chica apartó la urna hacia mí.
—Recuerda que hasta que la otra persona no vote no recibirás nada.
—Lo recuerdo.
Mentira. Andrés acababa de decirme que iba a elegirme. Podía cambiar de opinión en los diez minutos que tardara en llegar a recepción, claro. También podía salir del edificio, tropezar con una baldosa y decidir que aquello era una señal del universo. La gente hacía cosas peores con menos motivos.
Metí la tarjeta.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Patricia.
Salí.
En la calle hacía más frío del que esperaba. Me subí la cremallera del abrigo y caminé hacia el coche con las manos dentro de los bolsillos.
El móvil vibró antes de llegar a la esquina.
Berta.
Abrí el mensaje.
«¿VIVA?»
Debajo, otro.
«Si no respondes en diez minutos llamo a emergencias y les explico que mi amiga se ha metido voluntariamente en una habitación con un hombre vendado.»
Escribí:
«Viva.»
Berta empezó a escribir al instante.
«¿Y?»
Guardé el teléfono.
Había cosas que Berta podía convertir en conversación antes de que una terminara de entender qué había pasado. Yo necesitaba llegar a casa con mi propia versión todavía intacta.
Dentro del coche, encendí el motor y puse las manos en el volante.
La derecha me molestaba.
Miré el nudillo raspado por la fuga de la cocina. La herida era mínima. Al lado, en la muñeca, seguía viendo la zona donde Andrés había pasado el pulgar.
No había marca.
Me quedé mirándola igual.
—Muy bien —dije en voz alta—. Excelente nivel de madurez.
La radio se encendió sola. Un locutor hablaba de un atasco en la V-30. La apagué.
Conduje veinte minutos sin música.
Al entrar en casa dejé las llaves en el cuenco, colgué el abrigo y fui directa al baño.
Tenía que hacer pis desde hacía media hora.
Después me vi en el espejo.
El pelo seguía desplazado hacia un lado. La barbilla tenía una rojez leve. En mi piel negra apenas se veía, pero yo sabía dónde mirar. Me acerqué.
—Qué barbaridad —murmuré.
La marca no justificaba nada. Podría habérmela hecho una bufanda áspera. Aun así, pasé dos dedos por encima.
La boca estaba peor.
Me había mordido el labio por dentro y tenía una pequeña zona hinchada. Saqué la lengua, la toqué y me dolió.
Sonreí.
Eso sí era idiota.
Me desvestí y dejé la ropa en una silla. Cuando levanté la camiseta apareció la cicatriz cerca de las costillas.
Blanca. Pequeña. Igual que siempre.
La cubrí con la palma.
Mi mano estaba fría.
La suya no.
Me metí en la ducha antes de seguir haciendo comparaciones estúpidas.
El agua caliente me despejó bastante. El problema fue lavarme el pelo.
Tuve que levantar los brazos y, al inclinar la cabeza, la nuca quedó expuesta. El recuerdo de sus dedos apareció con una exactitud irritante. No una fantasía. El recorrido. La presión. El punto exacto donde había parado para preguntar.
Me eché champú con más fuerza de la necesaria.
A los cuarenta y cinco años ya había tenido sexo bueno, sexo mediocre, sexo que empezó bien y acabó con un calambre en una pierna, sexo después de discutir y sexo del que una se ríe al día siguiente porque aquello parecía mejor idea con dos copas.
Un beso no debería ocupar tanto.
Pero aquel beso venía con casi una hora de espera acumulada.
Me sequé y fui a la cocina.
La botella de vino que había comprado el lunes seguía abierta. Me serví medio vaso, saqué un recipiente de lentejas y lo metí en el microondas.
Berta había enviado cuatro mensajes más.
«No necesito detalles gráficos.»
«Bueno sí.»
«Pero puedo fingir que no.»
«PATRICIA.»
Contesté:
«Lo besé.»
El teléfono empezó a sonar.
Lo dejé sonar cinco veces antes de aceptar.
—Buenas noches.
—¿LO BESASTE?
Aparté el móvil de la oreja.
—Julián puede oírte desde otra provincia.
—Está viendo un partido. Podría incendiar la casa.
—No le des ideas.
—Cuenta.
Abrí el microondas. Las lentejas estaban frías en el centro.
—Nos besamos.
—Eso ya lo has escrito.
—Pues magnífico. Conversación terminada.
—¿Cómo fue?
—Con la boca, Berta.
—Eres insoportable.
—Tengo hambre.
—¿Te gustó?
Miré el plato girando otra vez detrás del cristal.
—Sí.
Esta vez no hizo ningún ruido de celebración.
—Vale.
—¿Qué?
—Nada. Ese «sí» era distinto.
—No empieces.
—No he empezado nada.
—Te conozco.
—Y yo a ti. Por eso me callo.
Que Berta se callara por iniciativa propia me inquietó más que sus preguntas.
Saqué las lentejas.
—¿Habéis quedado otra vez?
—Hay otra votación.
—¿Y qué has puesto?
—Que sí.
—¿Él?
—Ha dicho que me elegirá.
—¿Te lo ha dicho dentro?
—Al final.
—Eso me gusta.
—A ti te gusta cualquier cosa que pueda convertirse en sobremesa.
—No. Me gusta que haya dicho lo que quería sin hacer el imbécil.
Pinché una zanahoria con el tenedor.
—Luego ha hecho el imbécil.
—Perfecto. Si no, desconfiaría.
Le conté que el jueves siguiente no tenía sesión confirmada, que dependía de la elección y de la agenda del lugar. No le conté lo de la cicatriz. Tampoco que Andrés había apoyado la mano encima sin preguntarme qué era. Ese detalle me lo quedé.
—El sábado catorce vienes, ¿eh? —dijo antes de colgar.
—Faltan nueve días.
—Los suficientes para que el viernes te inventes una infección de oído.
—Nunca he inventado una infección de oído.
—Migraña, gastroenteritis, auditoría, persiana rota. Tienes repertorio.
—Voy a ir.
—Treinta personas.
—Ya me lo dijiste.
—Julián invita a los suyos, yo a los míos. Mezcla peligrosa.
—¿Habrá vino del señor que lo explica todo?
—He prohibido explicaciones de más de cuarenta segundos.
—Entonces sí voy.
Colgué.
Comí en el sofá con un programa de reformas puesto de fondo. Una pareja discutía por el color de una cocina. Yo intenté prestar atención.
A los siete minutos cogí el móvil.
Nada.
Lo dejé.
A los nueve lo volví a coger.
Nada.
—Tiene vida —le dije al teléfono.
Terminé de cenar. Metí el plato en el lavavajillas. Puse una lavadora. Contesté un correo de Sonia que podía haber esperado hasta mañana y después me enfadé conmigo por contestarlo.
A las once y diecisiete entró un mensaje automático.
SIN MIRAR.
Abrí demasiado rápido.
«Tu elección ha sido registrada. Te avisaremos cuando finalice el plazo de respuesta de ambos participantes.»
Eso era todo.
Me reí sola en la cocina.
Había pasado la noche tocando a un hombre con los ojos cubiertos y lo que conseguía ponerme nerviosa era un correo escrito por una plantilla.
Bloqueé el móvil.
Antes de acostarme fui al baño a lavarme los dientes.
La rojez de la barbilla casi había desaparecido.
La miré un momento.
Después apagué la luz.