CAPÍTULO 5
El antifaz bajó y el mundo desapareció otra vez.
—¿Aprieta? —preguntó Mara.
—Menos que la última vez.
—Es el mismo.
—Entonces he desarrollado cráneo.
Mara se rió y me condujo por el pasillo.
La segunda sala era distinta. Lo supe antes de sentarme: el suelo bajo las botas era de madera en lugar de moqueta y había un olor leve a cera. La butaca estaba más baja. Cuando apoyé las manos en los brazos, encontré piel sintética lisa.
—Treinta minutos —recordó Mara—. Vuestros límites están actualizados. El beso necesita confirmación verbal por ambas partes. Si cualquiera cambia de opinión, se acaba ahí. Os aviso a cinco minutos del final.
—Entendido.
La puerta se cerró.
Andrés ya estaba dentro.
No lo supe por la voz.
Lo supe por su respiración.
Una aspiración corta.
Después el aire saliendo despacio.
Sonreí antes de poder evitarlo.
—Hola —dijo.
—Has llegado antes.
—Dos minutos. Me han castigado aquí dentro por puntual.
—Bien empleado.
—Tú también has vuelto.
En «has vuelto» bajó un poco la voz.
—Eso parece.
—Podías haber elegido a otro.
—Tú también.
—No elegí a otro.
Me acomodé en la butaca.
—Qué manera tan elegante de presionar.
—Estoy intentando decir que me alegro.
—Pues di eso.
—Me alegro.
Esta vez no hice una broma.
—Yo también.
Nos quedamos callados.
Ya conocía aquel silencio. Llevaba dentro su mano en mi espalda, mi pulgar sobre su boca, la cintura sostenida entre sus dedos y una pregunta que había quedado sin responder.
—¿Quieres terminar lo del otro día? —pregunté.
—¿Qué parte?
—Dijiste que habías venido porque sabes gustar demasiado rápido.
Andrés soltó una risa breve.
—Empezamos fuerte.
—Tenemos treinta minutos. No pienso desperdiciarlos hablando del tráfico.
—Podríamos tocarnos mientras discutimos mis defectos.
—Multitarea. Me parece razonable.
Oí cómo se movía.
—¿Mano?
—Sí.
Esta vez acertó a la primera.
Sus dedos entraron en los míos con una familiaridad absurda. Había pasado menos de una semana. Podía contar las horas que habíamos estado juntos con los dedos de una mano, y aun así reconocí la dureza junto a su pulgar antes de pensar en ella.
—Lo de gustar —dijo—. Se me dan bien las primeras citas.
—Eso sigue sonando a tragedia nacional.
—Déjame acabar.
—Acaba.
—Sé conversar. Sé cuándo preguntar y cuándo contar algo. Me acuerdo de lo que me dicen. Suelo caer bien.
—Horrible.
Me apretó los dedos.
—Y luego, muchas veces, no quiero seguir.
—Eso le pasa a todo el mundo.
—Sí. Pero a mí me pasa después de haber dado la impresión de que sí.
—¿Prometes cosas?
—No.
—¿Mientes?
—Tampoco.
—Entonces igual las mujeres deciden solas que gustarte significa que te interesan.
—Puede.
—¿Y eso te preocupa?
—Me preocupa que a veces participo sin darme cuenta. Hago funcionar la cita. Después llego a casa y pienso que he estado trabajando.
Moví el pulgar sobre su mano.
—¿Trabajas atendiendo gente?
—Eso sería una pista.
—Cobarde.
—Normas.
—Las utilizas cuando te conviene.
—También.
Me gustó que lo admitiera sin adornarlo.
—¿Y aquí qué estás haciendo?
—No tengo ni idea.
—Mejor.
—Muchísimo.
Su mano se deslizó hasta mi muñeca.
—¿Brazo?
—Sí.
—¿Mientras me interrogas?
—Especialmente mientras te interrogo.
Recorrió mi antebrazo. Yo hice lo mismo con el suyo. La conversación siguió a tirones porque cada vez que uno encontraba una zona nueva el otro perdía una palabra.
—¿Y tú? —preguntó—. Lo del catálogo.
—Estoy cansada de hacer entrevistas.
—Podrías dejar que pregunte el otro.
—Lo he probado. Es peor.
—¿Qué te preguntan?
—Qué busco.
—Pregunta bastante normal.
—La odio.
—¿Por qué?
—Porque a veces todavía estoy decidiendo si me gusta cómo masticas y ya tengo que definir el modelo de relación.
Andrés se rió.
—¿Mastico mal?
—No te he visto comer.
—Punto a favor del sistema.
—También me preguntan cuánto llevo soltera, si quiero volver a convivir, si tengo hijos, si quiero tenerlos, si me gusta viajar.
—¿Te gusta viajar?
—Te vas a casa.
—Perdón.
Me tocó el codo y subió hasta el hombro.
—¿Cuello?
—Sí.
Me alteré antes de que me tocara.
Apartó mi pelo. Esta vez yo estaba preparada y aun así sentí un escalofrío cuando sus dedos encontraron el lunar debajo de la oreja.
—Sigue ahí —dijo.
—Menos mal.
—Me habría preocupado.
—Te habría exigido responsabilidades.
El pulgar bajó hacia la clavícula.
Yo levanté la mano y encontré su nuca.
Ahí estaba el pelo corto. La piel caliente. La pequeña tensión que aparecía cuando mis dedos se quedaban quietos justo en la base.
—Sigues haciendo eso —dije.
—¿Qué?
—Aguantar la respiración.
—No la estoy aguantando.
Esperé.
Inspiró.
—Acabas de respirar por despecho —dije.
—No sabía que se podía.
—Contigo se puede.
Se acercó un poco.
Yo lo noté en la rodilla antes que en ningún otro sitio.
—¿Quieres levantarte? —preguntó.
—Sí.
Nos pusimos de pie con menos torpeza que la primera vez. Su mano quedó en mi codo mientras encontrábamos distancia.
—Cintura sigue verde —dije.
—La mía también.
Él me tocó primero.
Dos manos.
La memoria apareció completa.
Yo apoyé las mías en su pecho. La misma tela no estaba allí; hoy llevaba algo más fino, una camiseta bajo una chaqueta o una sobrecamisa abierta. Podía notar mejor el cuerpo. El esternón, las costillas, el movimiento bajo las palmas.
—¿Chaqueta? —pregunté.
—Sobrecamisa.
—¿Puedo?
—Sí.
Busqué los bordes y la abrí un poco. Debajo había una camiseta. Pasé las manos por los laterales del torso.
Su respiración volvió a delatarlo.
—Ya está —dije.
—¿El qué?
—Eso.
—Estoy respirando.
—Fatal.
—Tengo cuarenta y ocho años. Llevo bastante práctica.
La edad me llegó de golpe.
—¿Cuarenta y ocho?
—Eso sí se puede decir.
—Yo tengo cuarenta y cinco.
—¿Te decepciona?
Lo preguntó ligero, pero la mano de mi cintura dejó de moverse.
—¿A ti?
—No.
—Pues a mí tampoco.
—No parecías nervioso.
—Tú tampoco.
—Miento mejor.
—Eso sí me preocupa.
Me reí y apoyé la frente contra su pecho.
El gesto ocurrió antes de que pudiera decidir si quería hacerlo.
Andrés se quedó quieto.
Una mano subió por mi espalda.
—¿Bien?
—Sí.
—Vale.
No añadió nada.
Eso hizo que me quedara.
Escuché su corazón a través de la camiseta. Más rápido de lo que su voz sugería. Me pareció una indiscreción y, al mismo tiempo, el dato más íntimo que sabía de él.
Le rodeé la cintura con los brazos.
Él apoyó la barbilla un instante sobre mi pelo.
—Esto no estaba en el folleto —dije.
—¿Abrazar?
—Sí.
—Puedes denunciar.
—Lo estoy valorando.
—¿Me avisas antes?
—No prometo nada.
Sus dedos hicieron un recorrido lento por mi espalda. Llegaron a la cintura y se quedaron allí.
Yo levanté la cabeza.
No podía verlo. Lo localicé por el aire de su respiración sobre mi cara.
Estaba cerca.
Mucho.
—Patricia.
—¿Qué?
—¿Puedo besarte?
Ahí estaba.
La pregunta que yo había decidido obligarlo a hacer.
Tenía una respuesta preparada desde el lunes. Había cambiado una casilla dos veces. Había escogido ropa interior como si fuera a verla. Había conducido hasta allí pensando en su boca y luego me había sentado en recepción fingiendo que lo único importante era llegar puntual.
Aun así, tardé.
—Sí.
—¿Seguro?
—Andrés.
—Vale.
Le toqué la mandíbula con una mano para saber dónde estaba.
Él esperó.
Me incliné primero.
Nuestros labios se rozaron mal, uno un poco más arriba que el otro. Me reí contra su boca.
—Muy profesional —murmuró.
—Cállate.
La segunda vez acertamos.
Empezó torpe y rápido. Dos personas encontrándose sin poder corregir con la mirada. Su boca estaba caliente. La barba raspó mi barbilla. Me sujetó la cintura y yo volví a la nuca que ya conocía.
Después cambió.
Andrés inclinó la cabeza y me besó más profundo. La mano derecha subió por mi espalda. La izquierda se quedó donde la cintura empezaba a curvarse hacia la cadera, dentro del límite que habíamos marcado.
Abrí la boca.
Le mordí el labio sin planearlo.
La reacción fue inmediata: aquella inhalación corta, más fuerte ahora, pegada a mi cara.
Me separé un centímetro.
—Eso.
—¿Qué?
—Lo haces justo antes de perder el control.
—Patricia, estoy intentando conservar un poco de dignidad.
—No sé para qué.
Volví a besarlo.
Esta vez fue él quien soltó una risa breve y me la dejó dentro de la boca.
Me gustó demasiado.
Sus manos no cruzaron ningún límite. Tampoco hizo falta. Me acercó hasta que el cuerpo entero encontró el suyo y la información fue suficiente.
Era un hombre excitado.
Yo también estaba excitada.
La tela entre los dos no suavizaba gran cosa.
Me aparté un poco para respirar.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Seguimos?
—Sí.
Me besó el lateral de la boca, luego la mandíbula. Se detuvo antes del cuello.
—¿Puedo?
—Sí.
Su boca llegó al punto donde antes había encontrado el lunar con el dedo.
Cerré las manos en su sobrecamisa.
—Joder.
—¿Eso es un sí?
—Eso es que como vuelvas a preguntar exactamente ahora voy a hacerte daño.
—Entendido.
La risa le vibró contra la piel.
Me besó el cuello otra vez. Más abajo. Yo arqueé la espalda y una de sus manos bajó por mi cintura hasta el borde permitido.
Se paró allí.
Ese autocontrol, justo cuando yo sabía que le estaba costando, me encendió más que si hubiera intentado avanzar.
—Abdomen era amarillo —dijo junto a mi oído.
—Sí.
—¿Puedo tocarte por debajo de la camiseta?
Abrí los ojos debajo del antifaz.
—Sí.
Sus dedos encontraron el borde de la camiseta. Entraron despacio, por un costado. Piel contra piel.
Solté el aire.
La palma estaba caliente. Subió unos centímetros por mi abdomen lateral y se quedó lejos del sujetador. El pulgar pasó por una marca fina que tenía cerca de las costillas.
Una cicatriz pequeña, blanca, de una operación de vesícula de hacía nueve años.
—¿Aquí? —preguntó.
—Cicatriz.
No preguntó de qué.
La recorrió una vez con el pulgar.
Después apoyó toda la mano encima.
Tuve que agarrarme más fuerte a él.
—¿Te molesta?
—No.
—Vale.
Siguió besándome.
La mano permaneció allí como si ya supiera encontrarme.
Dos golpes suaves en la puerta nos separaron.
Cinco minutos.
—No —dije.
Andrés apoyó la frente en la mía.
—Creo que no negocian.
—Podemos atrancar la puerta.
—Me gusta cómo piensas cuando estás alterada.
—No estoy alterada.
Su mano seguía debajo de mi camiseta.
—Claro.
Le di un pequeño golpe en el hombro.
Se rió.
Retiró la mano despacio, colocó la camiseta en su sitio y después pasó los dedos por la tela sobre la cicatriz. El gesto me atravesó con una intimidad inesperada.
Volvimos a sentarnos.
Esta vez nuestras rodillas quedaron juntas desde el principio.
—Tengo otra pregunta —dije.
—Dispara.
—¿Qué haces con las manos?
—Has vuelto a eso.
—Tienes durezas.
—Trabajo con cosas que se rompen.
—Eso es poético para alguien que se queja de saber gustar.
—No era poético.
—¿Mecánico?
—No puedo decirlo.
—Carpintero.
—No.
—Escultor de hielo.
—Muy estable en Valencia.
—Cirujano.
—Espero que ningún cirujano tenga estas manos.
Cogí una de ellas.
—A mí me gustan.
Andrés dejó de bromear.
Me acarició el interior de la muñeca con el pulgar.
—A mí las tuyas también.
Mara llamó una vez.
Final.
—Qué manía —murmuré.
—Creo que es literalmente su trabajo.
Nos levantamos.
Yo seguía sujetando su mano.
—Después de esto hay otra elección —dijo.
—Lo sé.
—No voy a hacer campaña.
—Menos mal.
—Pero voy a elegirte.
Me quedé quieta.
Aquello sí se parecía a presión. También a honestidad. Podía haber esperado, fingir indiferencia, jugar a que daba igual.
No lo hizo.
—Andrés.
—Ya está. No digo nada más.
Mara abrió la puerta.
—Perfecto. Andrés, conmigo.
Él soltó mi mano.
Dos pasos después se detuvo.
—Patricia.
—¿Qué?
—Ahora sí: nada.
—Imbécil.
Se fue riéndose.
Cuando pude quitarme el antifaz, la habitación volvió a decepcionarme. Butaca marrón. Lámpara barata. Una planta que, de cerca, era de plástico.
Me miré en el espejo pequeño del baño de recepción antes de salir.
Tenía la boca roja.
El pelo desplazado hacia un lado.
Una marca leve de barba en la barbilla.
Me lavé las manos y, al levantar la camiseta para comprobar la cicatriz, encontré la piel todavía rosada alrededor.
No por presión.
Por el calor de su palma.
En recepción me dieron la tarjeta.
No necesité sentarme para rellenarla.