CAPÍTULO 4
Berta llamó el martes por la tarde, cuando yo tenía media cabeza metida debajo del fregadero.
—No puedo hablar.
—Eso dices siempre antes de contarme algo.
—Tengo una fuga.
—¿Metafórica?
—De agua, Berta.
—Qué poco interesante.
Sujetaba el teléfono entre el hombro y la oreja mientras intentaba cerrar una llave de paso que parecía soldada por el rencor.
—Si vienes y se me inunda la cocina, puedes preguntarle al fontanero por mis emociones.
—No me gustan los hombres que saben dónde está la llave general. Generan dependencia.
—Julián sabe dónde está.
—Por eso me casé con él.
La llave cedió de golpe. Me raspé un nudillo y dije una cosa que hizo que Berta guardara un segundo de respeto.
—¿Ya?
—Creo.
—Bien. Ahora dime qué tal fue.
Me quedé agachada frente al mueble abierto.
—¿Qué cosa?
—Patricia.
—Tengo cuarenta y cinco años. Esa técnica ya no funciona.
—SIN MIRAR.
—Ah.
—«Ah», dice. Llevo cuatro meses esperando a que fueras y me das un «ah».
—No te pedí que esperaras.
—Me da igual. ¿Te gustó?
Miré el charco pequeño junto al cubo de basura.
—Sí.
—¿Sí de interesante o sí de me he comprado ropa interior nueva?
—Berta, por favor.
—Lo segundo.
—No he comprado nada.
—Aún.
Me puse de pie y cogí una toalla vieja.
Berta y yo nos conocíamos desde primero de carrera, cuando ninguna de las dos estudiaba lo que acabaría haciendo.
Ella dejó Económicas en segundo, montó con su hermana una empresa de catering y llevaba veinte años alimentando bodas, congresos y bautizos de gente que después se quejaba de que el arroz estaba duro.
Yo terminé, hice un máster, pasé por dos despachos y acabé montando mi negocio.
Seguíamos siendo amigas en parte porque habíamos aprendido a no pedirnos permiso para cambiar.
También porque Berta era incapaz de mantener una conversación superficial más de siete minutos.
—¿Cómo era? —preguntó.
—No lo vi.
—Ya sé cómo funciona, gracias.
—Entonces formula mejor.
—¿Te puso?
Me apoyé en la encimera.
—Un poco.
—Mentirosa.
—Bastante.
—Gracias.
—No sé por qué te hace tanta ilusión.
—Porque llevas dos años saliendo con hombres y pareces estar renovando proveedores.
Abrí la boca.
La cerré.
—Eso es ofensivo.
—Eso es exacto.
—Hubo uno que me gustó.
—El arquitecto que llamó «inversión emocional» a tener novia.
—No era arquitecto.
—¿Ves? Ni te acuerdas.
Pasé la toalla por el suelo con el pie.
—Este tampoco es nada. Fueron veinte minutos.
—¿Vais a repetir?
No había querido decírselo todavía. En parte porque Berta había sido quien me había enviado el evento y cualquier novedad la convertía en productora ejecutiva de mi vida. En parte porque decirlo en voz alta le daba un tamaño que aún no quería darle.
—El jueves.
Hubo un grito al otro lado.
Aparté el teléfono de la oreja.
—¿Qué haces?
—Celebrarlo.
—Parece que te hayan dado una subvención.
—Es mejor. Las subvenciones luego hay que justificarlas.
—Todo contigo acaba en una factura.
—Amiga tuya, cariño.
Me reí.
—¿Julián dónde está?
—En la ducha. Luego hemos quedado con unos amigos suyos para cenar y ya me estoy arrepintiendo porque uno explica cada vino como si lo hubiera parido.
—Bebe cerveza.
—Eso haré. Oye, el mes que viene cumplo cincuenta.
—Lo sé.
—Sábado catorce. Te reservas la noche.
—¿Cena grande?
—Treinta personas. Grande para mí, insignificante para mi madre.
—Voy.
—Sin poner esa cara.
—No puedes verla.
—Te conozco desde que llevabas flequillo cortado con tijeras de cocina.
—Fue una vez.
—Duró ocho meses.
Nos despedimos cuando Julián empezó a preguntarle desde el fondo si había visto su camisa azul. Colgué con el nudillo dolorido y la cocina medio desmontada.
El teléfono vibró antes de que pudiera guardarlo.
SIN MIRAR.
«Segundo encuentro confirmado. Jueves, 20:30.»
Debajo aparecía un aviso nuevo: ambos participantes habían revisado sus límites.
Abrí el enlace.
No podía ver los suyos completos. Solo las diferencias relevantes para evitar sorpresas.
«Beso: permitido previa confirmación verbal.»
Me senté en el suelo de la cocina.
Él también lo había puesto en amarillo.
Me molestó que eso me gustara.
No quería a un hombre que interpretara «amarillo» como «convénceme». Tampoco quería descubrir que el beso había sido una idea mía y que él acudía el jueves dispuesto a hablar de la factura de la luz.
Aquello dejaba una zona intermedia bastante agradable.
Me levanté, terminé de secar y llamé al seguro.
La vida hizo lo que suele hacer cuando una espera algo: ocupar sitio.
El miércoles se cayó el programa de nóminas durante cuarenta minutos.
Un cliente recibió un requerimiento de Hacienda por una declaración que juraba haber presentado él mismo y que, al abrir su carpeta, resultó no existir en ninguna dimensión conocida.
Mi hermana me mandó veintidós fotos de sofás.
Berta me envió un vestido para su cumpleaños con un mensaje: «NO ES NEGRO, inténtalo una vez en la vida».
Yo seguí trabajando.
El jueves, a las seis, Sonia dejó la cabeza por mi despacho.
—¿Te vas puntual hoy?
—Sí.
—Milagro.
—Tengo una cosa.
—¿La cosa mide más de metro ochenta?
Levanté la vista.
—No sé cuánto mide.
Sonia apoyó las dos manos en el marco de la puerta.
—Ah.
—No pongas esa cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Te conozco.
—Eso es exactamente lo que dice la gente antes de meterse donde no la llaman.
—Fuera.
Se fue sonriendo.
A las siete y cuarto estaba en casa.
Me duché sin lavarme el pelo. Me puse ropa interior cómoda y luego la cambié por otra que no llevaba una goma deformada en la cintura. Me enfadé conmigo por hacerlo. Volví a ponerme la primera.
Cinco minutos después me la quité otra vez.
—Patética —dije delante del armario.
Elegí un sujetador negro sencillo y unas bragas que no tenían ninguna intención comercial, pero estaban nuevas. Pantalón ancho, camiseta de manga larga, botines. Nada que pareciera escogido para que un hombre que no podía verme supiera que lo había escogido para él.
Antes de salir, abrí el correo de la sesión.
Repasé mis límites.
Beso: amarillo.
Puse el dedo sobre la pantalla.
No lo cambié.
Quería que preguntara.
A las ocho y veintisiete estaba sentada en la recepción de SIN MIRAR con un vaso de agua entre las manos.
Mara salió por una puerta lateral.
—Hola otra vez.
—Eso suele ser buena señal para vuestro negocio, supongo.
—Bastante. ¿Quieres cambiar algo de tus límites?
—No.
—¿Alguna duda?
—Una.
—Dime.
—¿Él ya está aquí?
Mara sonrió sin enseñarme nada.
—Esa información os la damos dentro.
—Qué gente más desagradable.
—Pagáis precisamente por eso.