CAPÍTULO 3
El lunes a las nueve y doce de la mañana, una clienta me explicó que su marido llevaba tres meses trabajando para su propia empresa sin cobrar nómina porque «el dinero era de los dos».
—El amor no cotiza a la Seguridad Social —le dije.
Sonia, desde la mesa de al lado, levantó la cabeza.
Yo también me oí.
—Eso ha quedado horrible. Olvida la frase. Lo importante es que tu marido tiene que cobrar correctamente por su trabajo y vosotros tenéis que separar una cosa de la otra.
La mujer se rió.
—Ya decía yo que venía a una gestoría y me estaba saliendo terapia gratis.
—Gratis aquí no sale nada. Pregunta en recepción.
Volvió a reírse y yo abrí la carpeta con sus nóminas.
La gestoría ocupaba un bajo estrecho en Extramurs, a veinte minutos andando de mi casa si no llovía y a cuarenta si me daba por entrar a comprar cualquier cosa que no necesitaba.
La había abierto con treinta y seis años, un portátil, dos clientes heredados de un despacho donde ya no soportaba trabajar y una deuda que durante dieciocho meses me despertó a las cuatro de la mañana con disciplina militar.
Nueve años después tenía cuatro personas contratadas, un alquiler indecente y una cafetera que Sonia amenazaba con denunciar por maltrato laboral.
Aquella era mi vida. Bastante decente. Bastante llena.
Y desde el sábado por la noche había un hombre sin cara metido en ella de una forma absolutamente ridícula.
No pensaba en Andrés todo el tiempo.
Pensaba en él en momentos concretos, que era peor.
Al lavarme la nuca en la ducha.
Al coger una carpeta y notar la grieta que yo tenía en el pulgar por culpa del frío.
Al pasar junto a un hombre alto y registrar sin querer la forma de sus hombros.
Al cruzarme con una barba de dos días en el ascensor del aparcamiento y comprobar que no me producía nada.
A las once y media, Sonia dejó un café a mi derecha.
—No te lo he pedido.
—Ya.
—¿Qué quieres?
—Que mires el correo de Tamayo antes de que le conteste y pierda una clienta.
—Eso se llama miedo, no café.
—Se llama jerarquía.
Sonia llevaba cinco años conmigo y solo respetaba mi autoridad cuando había inspecciones.
Abrí el correo. Tardé tres minutos en corregir la respuesta.
—Mándalo así.
—Gracias.
No se fue.
—¿Qué?
—Nada.
—Sonia.
—Has venido de buen humor.
—Son las once y treinta y cuatro. Ya se me pasará.
—El viernes querías matar al proveedor del programa de nóminas.
—Hoy también, pero con menos energía.
—Vale.
Siguió sin irse.
La miré.
—¿Te debo dinero?
—No. Solo estoy intentando averiguar si el sábado follaste.
La puerta del despacho estaba abierta.
Un mensajero acababa de entrar en recepción.
—Qué maravilla tener personal de confianza.
—¿Sí o no?
—Vuelve a tu mesa.
—Eso es un no.
—Eso es una orden.
—Entonces es un sí raro.
Le lancé un post-it. Se fue riéndose.
Cerré la puerta.
No había follado.
Ni siquiera había besado a nadie.
Me había pasado veinte minutos tocando una mano, una cara, un cuello y una espalda por encima de una camisa.
A los cuarenta y cinco, con suficientes años de vida sexual como para distinguir un buen polvo de uno que solo parecía buena idea a las doce de la noche, aquello no debería haberme descolocado tanto.
Quizá precisamente por eso lo había hecho.
No iba buscando descubrimientos.
Buscaba una noche sin currículum.
Hacía cuatro años que mi relación con Sergio había terminado.
Once años juntos. Ningún escándalo útil para contar en una cena.
Nos habíamos ido dejando de elegir con una eficiencia casi administrativa hasta que un domingo discutimos porque él había comprado seis yogures de un sabor que yo odiaba y acabamos hablando de quién se quedaba el sofá.
Nos queríamos bastante al separarnos.
Eso lo hizo más lento.
Después vinieron dos años en los que no quise saber nada de nadie y otros dos en los que descubrí las aplicaciones de citas en plena madurez, que era una forma excelente de averiguar que los hombres de cincuenta años también subían fotos de hace doce y que las mujeres de cuarenta y cinco también mentíamos con el ángulo de la cámara.
Yo incluida.
No sobre mi edad. Sobre la facilidad.
En mis fotos parecía una mujer a la que le apetecía mucho conocer a alguien.
En la vida real me cansaba antes del segundo vino de responder preguntas sobre cuánto tiempo llevaba separada y qué buscaba «exactamente».
Exactamente buscaba no tener que saberlo antes de conocer a la persona.
Por eso, cuando Berta me había mandado el enlace de SIN MIRAR en mayo, le contesté con un emoticono de una berenjena y lo olvidé.
En septiembre volví a abrirlo.
En octubre pagué.
El sábado fui.
A las doce y seis del lunes llegó un correo.
No lo abrí.
Vi el remitente en la esquina de la pantalla y minimicé Outlook.
Después abrí una nómina.
La cerré.
Abrí el correo otra vez.
Asunto: TU EXPERIENCIA SIN MIRAR.
No decía «elección mutua» en el asunto. Tampoco «lo sentimos, él ha preferido a otra». Los organizadores sabían jugar.
Puse el cursor encima.
Llamaron a la puerta.
—Patricia —dijo Sonia, asomando la cabeza—. Ha llegado el de la comunidad de bienes de los hermanos Marín.
—Cinco minutos.
—Está enfadado.
—Tres.
—Mucho.
—Uno.
—Voy preparando casco.
El hombre de los hermanos Marín llevaba una carpeta azul y la seguridad moral de quien considera que pagar impuestos es una traición personal del Estado.
Tardé cuarenta y siete minutos en explicarle por qué no podíamos inventarnos facturas.
Después llamó su hermano. Luego sonó el teléfono fijo.
Cuando volví a sentarme, el correo llevaba casi una hora esperando.
Aquello me había venido bien.
Lo abrí sin ceremonia.
«Gracias por participar en SIN MIRAR.»
Leí el párrafo de rigor.
Normas de privacidad.
Recordatorio de que no se compartían datos.
Y al final:
«La persona que elegiste también te ha elegido.»
Me quedé quieta.
Después seguí leyendo.
Podíamos reservar un segundo encuentro dentro de las dos semanas siguientes.
Sesión de treinta minutos. Mismos límites, revisables antes de entrar.
Después de ese encuentro, si ambos seleccionábamos de nuevo al otro, tendríamos derecho a una tercera sesión y a decidir si queríamos revelación visual al finalizarla.
Treinta minutos.
Me pareció muchísimo.
Me pareció muy poco.
Abrí el calendario.
Había hueco el jueves a las ocho y media o el sábado a las seis.
El jueves tenía cierre de trimestre con dos sociedades y una cena que podía cancelar sin causar una crisis diplomática.
El sábado había prometido ir con mi hermana a ver un sofá que llevaba tres meses queriendo comprar y no compraba porque cada vez que se sentaba en uno empezaba a comparar densidades de espuma.
Elegí el jueves.
El formulario me pidió revisar límites.
Manos: verde.
Brazos: verde.
Rostro: verde.
Cuello: verde.
Espalda: verde.
Cintura: verde.
Abdomen: amarillo.
Beso: amarillo.
Me quedé ahí.
La primera noche no había preguntado.
Ni él tampoco.
El último minuto había estado a una frase de distancia.
Cambié «beso» a verde.
Lo miré.
Volví a ponerlo en amarillo.
—Patricia —gritó Sonia desde fuera—, ¿vas a comer hoy o te dejo morir y aviso a la asesoría laboral?
—Cinco minutos.
—Eso dijiste a las doce.
—Pues ya tengo práctica.
Cerré el formulario sin enviarlo.
Fui a comer con ellas a un bar de menú donde el camarero nos llamaba «las chicas de los papeles» desde 2019, aunque una de nosotras acababa de cumplir cincuenta y ocho y empezaba a tomárselo como un cumplido.
A las cuatro y veinte seguía sin haber mandado la reserva.
A las seis y diez tampoco.
A las ocho cerré la persiana de la gestoría.
Caminé hasta casa por la Gran Vía con el teléfono en el bolso para no mirarlo. Compré tomates, detergente y una botella de vino que no necesitaba. Subí cuatro pisos en ascensor. Dejé las llaves en el cuenco de la entrada. Me quité las botas.
Solo entonces saqué el móvil.
Abrí el formulario.
Dejé el beso en amarillo.
Reservé el jueves.
La confirmación llegó al instante.
Dejé el móvil junto al fregadero y fui a buscar el sacacorchos.