CAPÍTULO 2
Encontré su mano a mitad de camino entre las dos butacas.
—Te toca preguntar —dijo Andrés.
—¿Cuello?
—Sí.
Había pensado decir espalda. Cuello salió solo.
Deslicé los dedos desde su mandíbula hasta el lateral. La barba terminaba un poco por debajo de la oreja y ahí empezaba una piel más lisa, caliente. Noté el movimiento de la garganta cuando tragó.
—¿Esto te pone nervioso? —pregunté.
—¿Que una desconocida me esté tomando el pulso por la yugular?
—No te estoy tomando el pulso.
—Entonces peor. No sé qué haces.
Sonreí.
—Estoy comprobando si eres humano.
—¿Resultado?
—Inconcluyente.
Pasé la yema del índice por la base de su cuello. La camisa estaba abierta lo suficiente para que tocara piel. Había un pequeño desnivel junto a la clavícula, quizá una marca antigua, quizá nada. Me entretuve ahí medio segundo más de lo necesario.
Él lo notó.
Su respiración cambió. Ya sabía cómo hacía cuando algo lo pillaba desprevenido: aspiraba corto, se quedaba quieto y luego soltaba el aire con cuidado, como si quisiera borrar la reacción antes de que llegara a mí.
Llegaba.
—Tu turno —dije.
Me tembló un poco la voz al final. Esperé que no hubiera llegado eso también.
—Cuello.
—Sí.
Su mano apareció primero en mi hombro. La dejó allí un instante, con el peso justo para que yo supiera dónde estaba. Después apartó el pelo hacia un lado.
Ese gesto me afectó más que el pulgar en la boca.
No por sensual. Porque era preciso.
Tenía el pelo negro, abundante y rizado, hasta los hombros, y lo llevaba suelto casi siempre. Un hombre con vista lo habría apartado automáticamente. Andrés no podía verlo. Lo había encontrado, había entendido dónde molestaba y lo había movido sin engancharlo en el pendiente.
—Tienes un lunar aquí —dijo.
Su dedo estaba debajo de mi oreja derecha.
—Lo sé.
—Era por aportar información nueva.
—Estás fatal de recursos.
—Llevamos varias horas, según tú.
La yema bajó por el lateral del cuello. Se detuvo en el hueco de la clavícula y volvió a subir. La segunda vez la presión fue distinta, más lenta.
—¿Bien?
—Sí.
Pensé que mi voz había salido normal. Me conformé con eso.
—¿Espalda?
—Sobre la ropa.
—Sí.
Se levantó.
Lo supe por el movimiento del aire, por el crujido de la butaca y porque su rodilla dejó de tocar la mía.
—¿Te quedas sentada?
—De momento.
—Vale.
Se colocó a mi lado. Podía ubicarlo por la respiración. Su mano tocó mi hombro y bajó por la espalda, abierta, sin prisa. El vestido era de una tela fina. Demasiado fina para aquella mano.
Al llegar a la cintura, paró.
—Hasta aquí era verde.
—Hasta ahí.
La palma se quedó un segundo en el centro de mi espalda.
Sentí un impulso muy poco sofisticado: apoyarme hacia atrás.
Lo hice.
Fue apenas un centímetro. Él respondió acercando la mano para sostener el peso que yo le daba. Nada más.
Así que le di otro poco.
—Patricia.
—¿Qué?
—Nada.
—No digas mi nombre para decir nada.
—Ha funcionado. Te has quedado quieta.
—Eres irritante.
—Eso sí lo puedo contar fuera. No me hace localizable.
Me reí, todavía apoyada contra su mano.
La puerta permanecía cerrada. En otra sala alguien soltó una carcajada que atravesó la pared y desapareció.
El edificio seguía existiendo. Valencia seguía ahí fuera con sus motos, sus terrazas, sus repartidores aparcando donde podían.
Yo estaba sentada en una habitación que no había visto bien, dejando que un desconocido me tocara la cintura.
Me pareció bastante mejor plan que las últimas tres citas que había tenido.
—¿Puedo ponerme de pie? —pregunté.
—Es tu cuerpo.
—Ya. Me refería a si estás justo delante y voy a partirte la nariz.
—Estoy a tu derecha.
Me levanté.
La mano desapareció de mi espalda. Lo eché de menos de inmediato y eso me pareció excesivo.
—Dame una referencia —dije.
Sus dedos tocaron los míos.
Nos quedamos de pie, frente a frente, sin saber exactamente qué hacer con la altura del otro. Yo medía uno sesenta y seis. Él estaba claramente por encima. Cuando acerqué la mano a su hombro tuve que levantarla más de lo esperado.
—Eres alto.
—Comparado con algunas personas.
—No lo pongas en el currículum.
—Intento controlarme.
Palpé el hombro, la parte superior del brazo, el pecho por encima de la camisa.
Me detuve.
—¿Pecho estaba en verde?
—Sí. Sobre la ropa.
—Bien.
La tela cedió bajo mi palma. Debajo había un cuerpo adulto, firme en unas zonas, blando en otras cuando se movía. No una fotografía. Tampoco un gimnasio ambulante. Tenía calor.
Recorrí el esternón despacio.
Andrés volvió a hacer aquella inhalación pequeña.
—Ya sé cuándo te aguantas —dije.
—Eso ha sido rápido.
—Me dedico a cosas aburridas. Tengo que entretenerme con algo.
—¿Te parece divertido?
El tono cambió.
No supe si hablaba de tocarlo o de descubrirlo.
—Sí —contesté.
—A mí también.
Dejé la palma donde estaba.
Su mano se cerró alrededor de mi muñeca. Sin apartarla. La sostuvo allí.
El gesto me hizo bajar la cabeza, aunque él no podía verlo.
—¿Cintura? —preguntó.
—Sí.
Me tocó primero por los lados, como si quisiera comprobar el límite exacto. Después colocó ambas manos en mi cintura.
Aquello sí era nuevo.
Hasta entonces habíamos ido por partes: una mano, un antebrazo, una cara. De pronto sabía dónde estaba su cuerpo porque el mío estaba colocado entre sus manos.
Me acerqué medio paso.
Él no avanzó.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Más cerca?
—Sí.
Lo hizo.
Nuestros cuerpos quedaron a una distancia mínima. Mi pecho no llegaba a tocar el suyo. El abdomen tampoco. Podía sentir el calor sin contacto y era peor que tocarlo.
Puse las manos en sus hombros.
—¿Sigues queriendo que me calle?
—Muchísimo.
—Me lo temía.
Sus pulgares se movieron apenas sobre mi cintura.
Yo di el último paso.
La parte delantera de mi cuerpo encontró la suya.
Andrés soltó el aire junto a mi frente.
Tenía razón sobre una cosa: no necesitaba verlo para saber que sonreía. Se le aflojaba el pecho al respirar.
—Hola otra vez —dijo.
—No lo estropees.
—Perdón.
No se separó.
Yo tampoco.
Le pasé las manos de los hombros a la nuca. El pelo era corto allí. La piel estaba caliente. Me gustó cómo reaccionó: los dedos en mi cintura se cerraron un poco y después se relajaron, como si hubiera tenido que recordarse a sí mismo que podía preguntar.
—¿Puedo tocarte la espalda por debajo del pelo?
—Sí.
Una mano subió. La otra se quedó en mi cintura. El recorrido lento de sus dedos me puso la piel de los brazos de punta.
—Tienes frío —dijo.
—No.
—Entonces no diré nada.
—Mejor.
Podría haberme besado si lo pedía.
Yo podía pedírselo.
El beso estaba en amarillo porque, en mi cocina, dos noches antes, me había parecido una frontera razonable. El problema de las fronteras decididas con una taza de café delante era que luego aparecía un hombre con las manos en tu cintura y las volvía bastante teóricas.
Le toqué la cara con una mano.
Busqué su boca.
Él no se movió.
Puse el pulgar en su labio inferior igual que había hecho conmigo.
—¿Estás sonriendo? —pregunté.
—Se nota en los dedos.
—Idiota.
La puerta sonó dos veces.
Una señal suave.
Quedaban dos minutos.
Me aparté.
Andrés retiró las manos enseguida.
El cuerpo me protestó con una claridad humillante.
—¿Dos minutos? —preguntó.
—Eso parece.
—Pues vaya.
Me hizo gracia que sonara molesto.
Volvimos a sentarnos. Tardamos un poco en encontrar las butacas y choqué otra vez con su rodilla.
—Tengo una pregunta —dijo.
—Aprovecha. Luego te borraré de mi vida.
—¿Por qué has venido?
Me llevé las manos a las piernas.
Era una pregunta permitida. También era demasiado grande para ciento veinte segundos.
—Me cansé de las citas con catálogo.
—¿Catálogo?
—Fotos, profesión, barrio, altura, si haces deporte, si has viajado, si tienes la vida emocional revisada por un técnico. Todo antes de decidir si te apetece acercarte veinte centímetros.
—Y has venido a acercarte veinte centímetros sin saber nada.
—Más o menos.
—¿Está funcionando?
Podía haber hecho una broma.
—Sí.
—Yo he venido porque sé gustar demasiado rápido —dijo él.
No esperaba eso.
—Vaya problema.
—Ya. Se me puede insultar a la salida.
—Explica.
—No da tiempo.
La puerta sonó otra vez.
Esta vez una sola llamada, más firme.
—Qué oportuno —dije.
—Te juro que no lo he organizado.
La manilla bajó.
Mara entró.
—Se acabó. No os quitéis los antifaces. Andrés, te saco primero.
Oí cómo él se levantaba.
—Patricia.
—¿Qué?
Hubo una pausa.
—Nada.
—Vete.
Se rió mientras Mara lo guiaba hacia la puerta.
Esperé hasta que se cerró.
Me quedé sola con las manos sobre los muslos.
Tenía el pulgar derecho áspero por una pequeña grieta junto a la uña.
Olía muy poco, quizás a jabón y a una colonia que no pude separar de la sala.
Medía bastante más que yo. Tenía barba corta.
Una arruga junto a un ojo. Callaba cuando se lo pedías, aunque luego encontraba la forma de fastidiarte igual.
Y, justo antes de perder un poco el control, inhalaba como si alguien acabara de pillarlo haciendo algo que no debía.
Mara volvió cinco minutos después.
—Puedes quitarte el antifaz.
Parpadeé bajo una luz que me pareció ofensiva.
La habitación era mucho más vulgar de lo que había imaginado. Dos butacas beige, una lámpara de pie, una alfombra gris, una mesa con pañuelos y agua. Ningún terciopelo. Ninguna música clandestina. Un extintor rojo junto a la puerta.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Quieres unos minutos?
—No.
Me puse en pie y tuve que recolocarme el vestido por detrás.
Mara fingió no verlo. Profesional impecable.
—En recepción tienes la tarjeta. Marcas una sola persona si quieres repetir. Si la elección es mutua, recibiréis un correo en cuarenta y ocho horas. Si no lo es, no diremos quién eligió a quién.
—Entendido.
—Y recuerda: nada de intentar localizarlo.
—Solo sé que se llama Andrés.
—Conozco gente capaz de encontrar a un Andrés en Valencia a partir de una dureza en el dedo.
—Yo hago impuestos, no milagros.
Recogí el bolso y el teléfono en una taquilla.
Tenía cuatro mensajes de Berta, uno de un cliente que consideraba urgente algo que podía esperar hasta el lunes y una notificación del banco. Vida normal.
En recepción había una urna opaca y varias tarjetas pequeñas. Escribí mi código de participante. Debajo, el número de Andrés.
Me quedé mirando el bolígrafo.
Una sola elección.
No sabía su apellido. No sabía a qué se dedicaba. No sabía si tenía hijos, si votaba cosas horribles, si dejaba los calcetines junto al sofá, si hablaba con la boca llena o si utilizaba la palabra «viajar» como personalidad.
Sabía cómo colocaba la mano en mi cintura.
Metí la tarjeta en la urna.
Después salí a la calle y descubrí que me había dejado el abrigo abierto.