TÓCAME PRIMERO CAPÍTULO 1
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TÓCAME PRIMERO

TÓCAME PRIMERO

Por Amor Garai

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CAPÍTULO 1

La mujer que me ajustó el antifaz olía a crema de manos de farmacia y llevaba las uñas mordidas. Fue lo último que vi.

—¿Aprieta?

—Lo justo para que me arrepienta con fundamento.

Se rió por la nariz.

—Si te arrepientes, levantas la mano y entramos. Sin explicaciones.

Habíamos repasado aquello hacía diez minutos, cada participante por separado, antes de entrar.

Límite verde: manos, brazos, cara, cuello, espalda y cintura por encima de la ropa.

Amarillo: piel del abdomen si se preguntaba antes.

Rojo: pecho, entrepierna y cualquier cosa que a alguien se le ocurriera después de confundir una venda con una licencia.

Yo había marcado el beso en amarillo.

Me había costado más decidir eso que firmar la ampliación del alquiler de la gestoría.

—Vale —dije.

—Patricia, una cosa más.

La voz de Mara bajó. No porque hiciera falta intimidad; a mi alrededor se oían pasos, tela rozando tela, una silla arrastrada con cuidado.

—No tienes que aprovechar los veinte minutos. Puedes pasarte diecinueve hablando del precio de la luz.

—Eso sí que sería obsceno.

—Perfecto. Sígueme.

Me puso dos dedos en el codo. Caminé despacio, midiendo el suelo con la punta del zapato.

Habían retirado bolsos y teléfonos. Yo llevaba un vestido negro que me llegaba por debajo de la rodilla, botas bajas y unos pendientes pequeños porque el correo de confirmación avisaba de que nada colgante era buena idea.

A mis cuarenta y cinco años, aquella era la preparación más minuciosa que había hecho para estar delante de un hombre al que no podía ver.

La ironía no se me escapaba.

Tampoco me hacía ninguna gracia.

—Un paso a la derecha —dijo Mara—. Tienes una butaca detrás.

Me senté.

Tapizado áspero. Respaldo recto. Mis rodillas formaron un ángulo demasiado correcto para el plan de la noche.

—Tu pareja entra ahora. Recordad que los nombres de pila están permitidos, apellidos y datos que os hagan localizables, no.

Si queréis parar, decís «paro». Si queréis preguntar antes de tocar, preguntáis.

Si queréis reíros, por favor, hacedlo. Y si reconocéis a alguien fuera entre sesiones, no lo contactáis ni buscáis información por vuestra cuenta.

Nos avisáis y decidís si seguís. Voy a cerrar.

La puerta sonó poco después.

Me quedé quieta.

La estupidez de apuntarme había sido bastante manejable mientras podía ver los enchufes, la mesa con botellas de agua y a Mara comprobando formularios en una tableta. Con el antifaz, mi cuerpo había decidido que acababa de protagonizar una noticia de sucesos.

Oí a alguien sentarse enfrente.

Un hombre.

La butaca crujió bajo su peso.

—Hola —dijo.

Una voz normal.

Eso fue lo primero que pensé y me molestó un poco.

Había esperado algo que justificara estar allí: un timbre indecentemente grave, una respiración de anuncio de perfume, cualquier ventaja narrativa.

Él tenía una voz cálida, algo gastada al final de las palabras.

Podría haberme pedido el DNI en una ventanilla.

—Hola.

—Soy Andrés.

El nombre me pasó por delante sin engancharse a nada.

—Patricia.

—¿Has estado antes?

—Si hubiera estado antes sabría dónde poner las manos.

Hubo una pausa breve.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

Me reí. No quería hacerlo tan pronto.

—¿Tú?

—Primera vez.

—Bien. Dos incompetentes. Mucho mejor.

—Habla por ti. Yo he venido con una carrera brillante en tocar cosas a oscuras.

—¿Eres electricista?

—Eso explicaría demasiado.

La risa se le cortó en una exhalación. La reconocí sin querer: soltaba el aire por la nariz y después aspiraba una vez, corta, antes de hablar. Un detalle ridículo para haber transcurrido menos de un minuto.

Apoyé las manos sobre los muslos.

—¿Qué has marcado como verde? —preguntó.

Agradecí que lo preguntara sin bajar la voz.

—Manos, brazos, cara, cuello, espalda y cintura sobre la ropa. Abdomen, preguntando. Beso, preguntando. Lo demás, fuera.

—Parecido. Pecho sobre la ropa y abdomen, verde. Beso, preguntando. Lo demás, fuera.

—Qué generoso.

—Tengo un ombligo muy democrático.

Se me escapó otra risa.

—Esto va a ser imposible si sigues hablando.

—Puedo callarme.

Lo hizo.

Y entonces sí tuve un problema.

Hasta ese momento había llenado el espacio con conversación porque sabía hacer eso.

Cobro por explicarle a la gente por qué una carta de Hacienda no significa que vaya a perder la casa.

Llevo diecinueve años traduciendo sustos administrativos a frases que caben en una mesa.

Si alguien se pone nervioso, yo pregunto, ordeno, doy fechas.

Con Andrés callado, solo quedaron dos respiraciones y el leve zumbido de un aparato de aire acondicionado.

—¿Quién empieza? —pregunté.

—Tú has venido con la experiencia de la electricidad.

—He mentido en el currículum.

—Entonces yo.

Esperé.

No pasó nada durante tres segundos.

Cuatro.

En el quinto, el dorso de dos dedos tocó el lateral de mi mano izquierda.

Rozó el lateral de mi mano y dejó la palma abierta debajo de la mía.

Esperó.

—¿Sí?

—Sí.

Le di la mano.

Era grande, seca, caliente. No especialmente suave. Noté una pequeña dureza en la base de un dedo y otra junto al pulgar. Trabajaba con las manos o tenía una afición que no consistía en teclear quejas en internet.

Movió el pulgar una vez sobre mi nudillo.

No había nada sexual en aquello si lo explicabas. Una mano sobre otra.

Mi cuerpo no había leído la explicación.

Me incliné un poco hacia delante.

—Tienes las manos frías —dijo.

—Estoy valorando demandar a la organización.

—Puedo declarar que el consentimiento térmico era deficiente.

—Gracias.

—De nada.

La mano que sostenía la mía cambió de posición. Sus dedos pasaron entre los míos, despacio, sin cerrar todavía. Esperó.

Yo cerré primero.

El silencio que siguió ya no se parecía al anterior.

—¿Brazo? —preguntó.

—Sí.

Me recorrió la muñeca con dos dedos. El interior, donde el pulso decidió ponerse en evidencia. Subió hacia el antebrazo y se detuvo en la manga del vestido.

—¿Puedo seguir por encima de la tela?

—Sí.

Su palma se acomodó a mi brazo. No apretó. Llegó al hombro y volvió a bajar.

La segunda pasada fue distinta porque yo ya sabía lo que iba a hacer.

Y esperarla resultó peor.

—Ahora yo —dije.

Soltó mi mano.

Levanté la derecha y la dejé suspendida delante de mí. Calculé mal la distancia. Mis dedos tocaron algo duro.

—Eso es mi reloj.

—Magnífico comienzo.

—Podía ser peor.

—No me ayudes.

Palpé la correa, su muñeca y el inicio del antebrazo. Tenía vello. Poco. La manga de una camisa o una sobrecamisa empezaba unos centímetros más arriba. Busqué la otra mano y la encontré apoyada en su muslo.

Él no se movió.

Le abrí los dedos uno a uno. En el anular izquierdo no había alianza.

Me dio vergüenza haberlo comprobado.

—¿Estás contando? —preguntó.

—Dedos. Sí.

—He traído los diez.

—Qué previsión.

—Me hablaron muy bien de la organización.

Le pasé el pulgar por las yemas. Tenía una pequeña grieta en una, como piel levantada. Después recorrí la base de los dedos y las durezas que ya había notado.

—Haces algo con las manos.

—Cosas.

—Eso es sospechosamente amplio.

—También tengo una profesión aburrida. Puedes elegir la versión que más te convenga.

—No se pueden decir profesiones.

—Mira qué suerte.

Me sorprendió querer saberlo.

Habíamos aceptado precisamente lo contrario.

Solté su mano.

—¿Cara? —pregunté.

Noté que inspiraba antes de contestar.

—Sí.

Me incliné hacia él.

No sabía dónde estaba su cabeza. Él me rozó la muñeca y guio mi mano hasta su mandíbula.

Barba de un día. O dos. Corta, áspera. Seguí la línea hacia la oreja. Pelo corto alrededor, más largo arriba. Bajé otra vez por la mandíbula y llegué a la barbilla.

—No te rías —dijo.

—No estoy haciendo nada.

—Estás sonriendo.

—No puedes verlo.

—Se nota en los dedos.

Me quedé inmóvil.

—Eso ha sonado bastante inventado.

—Puede.

La comisura de su boca tocó el lateral de mi dedo cuando habló.

Retiré la mano demasiado deprisa.

Mi rodilla chocó con la suya.

—Perdón.

—No hace falta.

—Ya, pero te he dado.

—Patricia.

—¿Qué?

—Puedes volver a tocarme la cara. No pasa nada.

Odié un poco la tranquilidad con la que lo dijo.

Volví.

Esta vez no fui directamente a la boca. Me ocupé de su pómulo, de la ceja, de la arruga fina junto al ojo. Tenía cuarenta y tantos. Tal vez cerca de cincuenta. Me gustó descubrirlo con los dedos. La piel no hacía ningún esfuerzo por convencerme de otra cosa.

Cuando llegué otra vez a la mandíbula, él giró apenas la cabeza hacia mi palma.

Un gesto mínimo.

Lo sentí entero.

—¿Puedo? —preguntó.

Sabía qué quería antes de que terminara la frase.

—La cara, sí.

Sus dedos tocaron mi sien.

Me apartó un mechón que se había quedado atrapado bajo la cinta del antifaz. Después recorrió mi ceja con una yema, la curva del pómulo, la nariz. Cuando llegó a mi boca, se detuvo.

Yo también dejé de respirar como una persona adulta.

—¿Aquí? —preguntó.

No hacía falta aclararlo.

—Sí.

Pasó el pulgar por mi labio inferior.

Una vez.

No repitió.

Me habría gustado que lo hiciera.

La certeza me puso de mal humor.

—¿Cuánto tiempo llevamos? —pregunté.

—No tengo reloj utilizable en estas circunstancias.

—Yo diría que diecisiete horas.

—Llevamos cinco minutos, seguramente.

—Cállate.

Lo hizo otra vez.

Esta vez fui yo quien buscó su mano.