TÓCAME PRIMERO CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Seis semanas después, Mercedes volvió a la gestoría con una carpeta roja.

Era lunes, llovía y llevaba el paraguas goteando dentro de una bolsa de plástico que Sonia le había dado en recepción.

—Solo vengo a dejar esto —dijo.

—Esa frase nunca es verdad.

—Y a preguntarte una cosa de la carta.

—Ahí está.

Se sentó.

Revisamos dos documentos, una fecha y una domiciliación bancaria. Tardamos doce minutos.

Cuando terminamos, Mercedes guardó las gafas en el bolso.

—Por cierto, el chico del otro día.

Levanté la vista.

—Andrés.

—Ese. El alto.

—Sigue siendo alto.

Mercedes sonrió.

—Lo vi el sábado por el centro contigo.

Durante una fracción de segundo apareció la reacción vieja: querer saber qué había visto, desde dónde, si íbamos de la mano, si nos habíamos besado.

Se fue antes de que pudiera alimentarla.

—Puede ser —dije.

—¿Al final sí es tu pareja?

La primera vez le había contestado que no antes de acabar de entender la pregunta.

Esta vez tardé dos segundos.

Quería escucharme antes de contestar.

—Sí.

Mercedes asintió como si le hubiera confirmado que la domiciliación empezaba en enero.

—Pues me alegro. Se le veía buena cara.

—La cara no garantiza nada.

—Ya, hija. Si lo sabré yo.

Se levantó.

—Nos vemos el trimestre que viene.

—Trae los papeles antes del día veinte.

—Qué poco romántica eres.

—Por eso me pagas.

La acompañé hasta la puerta.

Mercedes se volvió antes de salir.

—Y no trabajes tanto.

—Eso ya no entra en la asesoría.

—Pues debería.

Se fue bajo el paraguas.

Sonia estaba hablando por teléfono y fingió no haber oído nada.

Esperé a que Mercedes saliera.

Sonia colgó.

—Ni una palabra —dije.

—No iba a decir nada.

—Te brillan los ojos.

—Es alergia.

—En pleno invierno.

—Cambio climático.

Volví a mi despacho riéndome.

El móvil vibró encima de la mesa.

Andrés.

«¿Comemos?»

Miré la hora.

La una y diecisiete.

«A las dos. Tengo reunión a las cuatro.»

«Paso a buscarte.»

Escribí:

«Mercedes acaba de preguntar si eres mi pareja.»

La respuesta tardó menos de un minuto.

«¿Y qué has dicho?»

Me quedé mirando la pantalla.

«Que sí.»

Andrés empezó a escribir.

Paró.

Volvió.

«Voy a intentar no hacer una escena.»

Sonreí.

«Más te vale.»

A las dos apareció en la puerta de la gestoría con el pelo húmedo por la lluvia y una bolsa de una panadería.

Sonia lo vio entrar.

—Tú eres Andrés.

Él miró hacia mi despacho.

—Depende de lo que se deba.

—Mucho, pero no a nosotros.

Salí con el abrigo.

—No hables con mi personal.

—Ha empezado ella.

Sonia levantó las manos.

—Confirmo.

Andrés me dio la bolsa.

—Te he traído una cosa.

Miré dentro.

Dos napolitanas de chocolate.

—Eso no es comida.

—Es una parte fundamental de la comida.

—Vas a matar a mis clientes por hipoglucemia de tarde.

—Compartimos.

Sonia nos observaba.

—Adiós —le dije.

—Que vaya bien, jefa.

Esta vez no escondí el teléfono, ni la sonrisa, ni al hombre que estaba esperando junto a la puerta.

Tampoco hice una declaración.

Bajamos la persiana a medias y salimos.

Comimos en un bar a tres calles. Menú del día, mesa pequeña, demasiada salsa en el segundo plato.

Andrés no mencionó a Mercedes hasta el café.

—Así que pareja.

—Has tardado cuarenta y tres minutos.

—He sido ejemplar.

—Muchísimo.

—¿Te molesta haberlo dicho?

Pensé.

—No.

—¿Te molesta que me guste?

—Un poco.

Sonrió.

—Mi madre también usa esa palabra.

Dejé la cucharilla.

—¿Qué palabra?

—Pareja.

—Ah.

—Me preguntó el domingo si «mi pareja» iba a ir a comer.

—¿Y qué dijiste?

—Que mi pareja tenía comida con su hermana.

Lo miré.

—Has esperado a que yo la usara para contármelo.

—Sí.

—Eso ha sido prudente.

—Aprovecha. La prudencia me dura poco.

Me reí.

—¿Y tu madre?

—Quiere conocerte.

—Eso ya es otro nivel de administración.

—No hay fecha.

—Bien.

—Has dicho bien.

—Y voy a repetirlo si sigues.

Sonrió.

—El domingo hace arroz.

Lo miré por encima de la taza.

—Acabas de decir que no hay fecha.

—Hace tres segundos no la había.

—Eso es una trampa administrativa.

—Puedes decir que no.

Pensé en una mujer a la que conocía solo por persianas, puertas de armario y tortillas que Andrés llevaba en recipientes.

—¿A qué hora?

Él tardó un segundo en contestar, como si necesitara comprobar que no estaba oyendo lo que quería oír.

—Dos y media.

—Puedo.

—Perfecto.

—No lo conviertas en un hito.

—Es arroz, Patricia.

—Con tu madre.

—Sigue siendo arroz.

—Eso ya lo veremos.

—Puedo vivir con eso.

—No cantes victoria.

—No sabía que compitiéramos.

—Buena respuesta.

—Gracias.

Le di un trozo de napolitana.

En seis semanas habíamos discutido un par de veces y seguido adelante.

Yo seguía viviendo sola.

Andrés también.

Tenía un cepillo de dientes en mi baño. Yo, uno en el suyo.

Ninguno tenía llave del otro.

Terminamos el café.

—Esta noche Berta ha dicho que hagamos cena en su casa —dije.

—Lo he visto.

—¿Puedes?

—Salgo a las ocho.

—Pues ven después.

—¿Paso por algo?

—Dice que no.

—Entonces hay que llevar algo.

—Exacto.

Pagamos.

Yo volví a trabajar y Andrés al auditorio.

A las ocho y cuarenta me escribió:

«Estoy abajo.»

Bajé.

Llevaba una botella de vino y una bolsa de hielo.

—¿Hielo?

—Julián ha dicho que no tiene.

—Eso sí es una emergencia.

Fuimos andando a casa de Berta.

Había diez personas, quizá doce. Ya no contaba.

En el perchero reconocí la chaqueta de Mónica y una de Julián que llevaba años fingiendo que todavía cerraba bien.

Berta abrió.

—Por fin.

—Son las nueve menos cuarto.

—Andrés ha dicho que salía a las ocho.

—No puedes fiscalizar trayectos.

—Puedo intentarlo.

Nos dejó pasar.

Andrés fue a dejar el hielo en la cocina.

Yo colgué el abrigo.

La música se cortó.

Desde el salón, Julián gritó:

—¡Llorca!

Andrés cerró los ojos.

—No.

—¡Hace un ruido raro!

Me eché a reír.

Él me señaló.

—Ahórrate el comentario.

—No pensaba ayudarte.

Julián apareció con un altavoz pequeño en la mano.

El mismo modelo del cumpleaños o uno idéntico.

—Mira.

—No.

—Solo un segundo.

—He venido a cenar.

—Tú trabajas con cosas que se rompen.

Andrés giró la cabeza hacia mí.

—Esto es culpa tuya.

—Yo no le he contado la frase.

—La sabe todo el mundo porque la repites tú.

Julián ya estaba abriendo una tapa.

Andrés dejó la botella y se acercó refunfuñando.

Me quedé en el pasillo mirándolo inclinarse sobre el altavoz.

Seguía con la camisa oscura y las canas visibles en las sienes mientras sujetaba el cable entre las manos.

La primera vez que lo había visto así yo estaba a varios metros, intentando decidir si aquellas manos podían ser las mismas que me habían encontrado la cintura a oscuras.

Ahora sabía exactamente cómo eran sobre mi piel.

Berta apareció a mi lado.

—No voy a decir nada —susurró.

—Más te vale.

—Pero la vida tiene sentido del humor.

—Eso ya es decir algo.

—Me callo.

Andrés levantó la cabeza.

—El cable.

Julián abrió los brazos.

—Siempre el cable.

—Compra uno decente.

—Por eso te llamo.

—No funciona así.

Andrés volvió conmigo.

—Si alguien rompe otra cosa, nos vamos.

—Acabamos de llegar.

—Condición innegociable.

Le arreglé el cuello de la camisa, que se le había doblado al agacharse.

Berta seguía a menos de un metro.

No aparté la mano.

Andrés tampoco miró a Berta para comprobar nada.

Me besó una vez, corto.

—Hola —dijo.

—Llevamos aquí cinco minutos.

—Ya.

—Estás fatal de recursos.

—Y aun así sigues viniendo.

—De momento.

—Me sirve.

Entramos en el salón.

Durante la cena, Laura llegó tarde con Pau y se sentó frente a nosotros.

—Mercedes me ha llamado esta tarde —dijo, mientras cogía pan.

Me atraganté casi por reflejo.

—¿Por qué?

—No la Mercedes de tu gestoría. Mi vecina Mercedes. Respira.

Andrés escondió una sonrisa en la copa.

—No te rías.

—No he hecho nada.

Laura me miró.

—¿Qué me he perdido?

—Nada que vayas a saber.

—Perfecto. Ya preguntaré a Berta.

Berta levantó un dedo.

—Estoy bajo régimen de confidencialidad.

Pau dejó de cortar el pan.

—¿Desde cuándo?

—Desde hoy.

La mesa se llenó de risas.

Yo también me reí.

A medianoche volvimos andando a mi casa.

Había dejado de llover y el suelo reflejaba los semáforos.

Andrés me cogió la mano en la primera esquina.

La mantuve dentro del bolsillo de mi abrigo porque hacía frío.

—Eso es trampa —dijo.

—Es eficiencia térmica.

—Muy romántico.

—No te quejes.

Subimos.

En el baño, mientras me lavaba los dientes, Andrés abrió el armario y sacó el suyo.

Azul.

Al lado del mío desde hacía tres semanas.

Lo miré por el espejo.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa palabra sigue siendo mentira.

Escupí la pasta.

—Estaba pensando que ocupas mucho sitio para una persona que solo dejó un cepillo.

Andrés miró el estante.

—También tengo crema de afeitar.

—Invasión.

—Puedo retirarla.

—Ni se te ocurra.

Sonrió.

Nos metimos en la cama.

Apagué la luz.

A oscuras, Andrés buscó mi mano debajo del edredón.

La encontró a la primera.

—Presumido —dije.

—Tengo práctica.

Le di la mano.

FIN