Tiene derecho a… besarme CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Lo otro

Un hombre de metro noventa dando un paso hacia ti en una cocina, a las cuatro de la mañana, ocupa mucho más espacio del que debería.

Yo me quedé quieta, con el táper en una mano y el tenedor en la otra, y la boca seca de repente. En el fregadero goteaba el grifo. Káiser levantó la cabeza desde la puerta, nos miró a los dos y volvió a bajarla, aburrido, como el único adulto de la casa.

—Alcázar.

—Bruno.

—¿Qué?

—Que me llamo Bruno. —Se apoyó en la encimera, a un palmo de mí, y siguió sin tocarme—. Llevas dos meses llamándome por el apellido. Es lo que hace la gente que trabaja conmigo.

—Es que a mí me tiraste la puerta abajo.

—Empezamos fatal.

—Sí, eso es cierto —le concedí.

Levantó la mano y me quitó algo del pelo.

Una miga, una mota de yeso suyo, lo que fuera.

Lo hizo despacio, sin ninguna prisa, y luego dejó la mano ahí, en mi cara, con el pulgar en mi pómulo, y me miró con esa atención suya que no se parece a la de nadie, la de un hombre entrenado para fijarse en todo.

—Te dije que cuando esto acabara, hablaríamos —dijo—. ¿Recuerdas?

—Sí… Lo dijiste.

—Se acabó hace tres horas.

—Pues creo que vamos tard...

No pude terminar la frase, porque me besó.

O lo besé yo. Esto lo hemos discutido muchas veces desde entonces y no nos ponemos de acuerdo, y a mí me da igual, porque el resultado fue el mismo.

Sé que se me cayó el táper. Sé que las albóndigas acabaron por el suelo y que Káiser se comió tres antes de que ninguno de los dos nos diéramos cuenta, y que aquello fue lo único triste de la noche, porque estaban buenísimas.

Del resto me acuerdo a trozos, y los trozos son estos.

Que olía a su perfume mezclado con metal y polvo.

Que tenía la barba llena de yeso y me raspaba, y no me importó lo más mínimo.

Que me subió a la encimera con una facilidad insultante y que, por un segundo, me acordé de aquella primera noche, del suelo de mi salón y de unas manos sujetándome.

Solo que esta vez todo significaba exactamente lo contrario.

Y que en mitad de todo, con la cara metida en mi cuello, se rió.

—¿De qué te ríes? —jadeé.

—De que, desde que te conozco, solo he buscado excusas de mierda para hablarte.

—Lo sé.

—¿También lo sabías?

—Alcázar, hijo, lo sabía hasta el perro.

Me calló. Y una cosa te digo: para ser un hombre que hablaba tan poco, se explicaba estupendamente.

Besaba igual que hacía todo lo demás. Sin prisa, con las dos manos, prestando una atención que daba un poco de vértigo.

Un hombre que se toma en serio lo que tiene delante.

Yo, que había besado a bastantes tontos y a un par de sinvergüenzas, no estaba preparada para que alguien me besara con esa seriedad.

No pasó nada más aquella noche. Y no por falta de ganas, que las ganas estaban ahí, encima de la encimera, delante de los dos, sino porque el hombre llevaba veintidós horas de pie, había entrado por una azotea, se había comido un puñetazo en la ceja y llevaba tres años sin dormir bien.

En mitad del beso se le doblaron las rodillas.

Literalmente. Se apoyó en mí y me llevó por delante media estantería.

—Estoy bien —dijo, blanco como el papel.

—Estás exhausto.

—Estoy perfectamente.

—Bruno. —Nunca lo había llamado así, y le hizo más efecto que el beso—. A la cama.

—Esa es la mejor idea que has tenido nunca.

—A dormir, animal.

Lo llevé a su cuarto, a su cama, la que me había cedido durante días, y me senté en el borde mientras se quitaba las botas con una torpeza de niño pequeño.

Le curé el corte de la ceja con lo que encontré en el botiquín.

Se dejó hacer, con los ojos medio cerrados y una sonrisa de tonto que le duraba desde la cocina.

—Candela.

—Dime.

—No te vayas.

—No me voy a ninguna parte. Es tu casa, pero todavía vivo aquí.

—Digo cuando puedas volver a tu piso. —Le costaba mantener los ojos abiertos—. No te vayas.

Le aparté el pelo de la frente y no le contesté, porque no supe qué contestar.

Se durmió en cuatro segundos, con la mano agarrada a mi muñeca.

Me quedé un rato ahí sentada, mirándolo dormir, con el corte curado y el polvo de yeso todavía en el pelo.

Le solté los dedos uno a uno y me fui al sofá, y no me sentí desplazada ni un segundo.

Durmió catorce horas seguidas. Se despertó cerca de las siete de la tarde, desorientado, con la marca de la almohada en la cara y una cara de susto tremenda, buscando el móvil, buscando el chaleco, buscando algo que hacer.

Le costó media hora entera entender que no había nada que hacer. Que ya estaba. Que podía sentarse.

Lo vi dar vueltas por su propia casa sin saber dónde ponerse, coger un vaso, dejarlo, mirar por la ventana, y me acordé de los primeros días en El Almirez, cuando yo no sabía qué hacer con las manos entre servicio y servicio. Le puse un café delante y lo senté en su silla.

—Se te ha acabado la guerra —le dije—. Ahora viene lo difícil.

—¿El qué?

—Vivir. Que da más miedo.

Se quedó pensando en eso mucho rato. Y no se rió.

Doña Puri volvió del hotel al día siguiente por la tarde, cargada con dos bolsas más de las que se había llevado, una bata de rizo blanca doblada con todo el descaro del mundo y un puñado de jaboncitos que había ido acumulando a ritmo industrial.

—Doña Puri, eso es robar.

—Eso es aprovechar, hija. Y la bata la puse en la cuenta de la habitación. Que la pague el Estado, que para eso me tuvo encerrada nueve días.

—Nueve días con desayuno en la cama.

—Nueve días secuestrada —me corrigió—. Y ahora, cuéntamelo todo. Y no me mientas, que se te nota en la cara.

—¿El qué se me nota?

—Que a este ya lo has besado.

Me puse roja hasta las orejas, y ahí se acabó el interrogatorio, porque doña Puri soltó un chillido que se oyó en el portal, se santiguó, dijo «lo sabía, lo sabía desde lo de la puerta», y se lanzó a abrazar a Alcázar, que estaba en la puerta de la cocina y no tuvo tiempo de escapar.

Lo agarró de la cara con las dos manos y le habló como se le habla a un niño de seis años.

—Tú a esta me la cuidas. Que es lo único bueno que ha entrado en ese edificio en veinte años. Y ella, aunque no lo diga y aunque hable mucho, es más buena que el pan.

—Lo sé, señora.

—Y me la traes a comer algún domingo.

—Los domingos que pueda.

—Pues esos —zanjó doña Puri.

Mi madre se dio cuenta por mi forma de hablar. Notó algo distinto en mi voz, supo que había alguien en mi vida y no me quedó más remedio que contárselo. En lugar de reñirme por no haberlo hecho antes, me hizo la única pregunta que le importaba de verdad.

—¿Y come bien?

—Come de todo, mamá. Rebaña.

—Ay, hija mía. —Se le quebró la voz de puro alivio—. Ese es de los buenos.

Vero se enteró el lunes, en el pase, porque me miró a la cara dos segundos y lo supo. No dijo nada. Se limitó a levantar las dos manos, señalarme con un cuchillo de deshuesar y anunciarle a la cocina entera, por encima del ruido de las campanas:

—¡CHEF! ¡QUE LA CANDELA SE HA ECHADO NOVIO POLICÍA!

Y toda la cocina aplaudió. Hasta el friegaplatos. Robledo, sin levantar la vista de la plancha, dijo la única frase amable que le había oído decir desde que entré en El Almirez:

—Que traiga hambre el domingo.

Mi casa tardó tres semanas en volver a ser una casa.

La Administración, o quien fuera que se hiciera cargo de aquello, mandó a unos albañiles  que cerraron el boquete del salón, alisaron la pared entera y la dejaron mejor de lo que estaba.

Cuando vinieron a preguntarme por el gotelé, les dije que lo quitaran.

Que la quería lisa. Que no quería un solo trozo de pared en mi casa que fuera distinto de los demás.

Durante aquellas tres semanas, Bruno me enseñó algo que no había querido contarme la noche del operativo.

Uno de los hombres llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta una hoja doblada en cuatro, con mi nombre completo, la dirección de El Almirez, mis turnos y una foto mía tomada desde un coche al salir del trabajo.

Me la enseñó en su despacho, dentro de una funda de plástico y con un número de registro en la esquina. Me quedé mirándola un rato y luego le pregunté:

—¿Por eso me sacaste de mi casa?

—Te saqué mucho antes de saber que esto existía. Esto solo me confirmó que hice bien.

El día que me autorizaron a volver al piso, subí sola.

Abrí mi puerta con mi llave, sin nadie esperándome en la acera, sin un coche patrulla en la esquina, sin tener que avisar a nadie de que había llegado.

Me quedé en mitad del salón, mirando la pared nueva, blanca y lisa y sin secretos, y sonreí al darme cuenta de que ahí empezó todo.

Terminé de deshacer las cajas. Las treinta estaban vacías por fin.

Saqué las sartenes, las cazuelas, el cucharón de mi abuela, y les busqué un sitio a cada cosa, un sitio de los definitivos.

Compré una planta nueva para sustituir a la albahaca, que no sobrevivió ni a la redada ni a mi abandono.

Puse las fotos en la estantería, todas derechas.

Alcázar llegó un rato después con Káiser, y se quedó en la puerta esperando a que yo dijera algo.

—Está bien —dije—. Está muy bien.

—Los albañiles son buenos.

—Sí, lo son.

Se acercó y se paró a mi lado, mirando conmigo aquel salón blanco y liso donde ya no había nada escondido.

—Veo que ya has deshecho las cajas y has colgado tus cosas —dijo—. Haz de este piso tu casa. Te lo has ganado. Y duerme aquí cuando de verdad te apetezca volver.

—¿Y cuando no me apetezca?

—Entonces vente a casa.

Me giré para mirarlo. No estaba mirándome a mí, seguía con la vista en la pared, con las manos en los bolsillos y las orejas coloradas.

—Yo llego tarde y me voy temprano —siguió—. Duermo mal, hablo poco y no sé cocinar. Y desde que estás tú, esa casa es otra cosa.

—Bruno.

—Déjame terminar, que me está costando.

Cogió aire. Y aquel hombre que entraba el primero por todas las puertas se quedó parado en el umbral de una, sin atreverse a cruzarla.

—Ven a casa —dijo—. No de prestado. No hasta que se arregle nada. Ven y quédate el tiempo que quieras. O vive en las dos casas a la vez, pero ven.

Sonreí y le dije que sí sin pensarlo, que es la única manera en que hago las cosas valientes.

Y después, para no quedarme mirándolo como una tonta, le pregunté si eso significaba que a partir de ahora la cena la hacía él, y él me contestó que no abusara de su momento de debilidad.

Y aquello se convirtió en una declaración en toda regla.

Una tarde de aquellas, ordenando su estantería mientras él se duchaba, me encontré con la foto. La de siempre, la que llevaba semanas boca abajo. La cogí con dos dedos, la miré un rato, y no la giré. La dejé donde estaba, en la misma postura, y bajé la mano.

Esa noche, sin que yo dijera nada, la puso él derecha. Un hombre joven con uniforme, sonriendo de lado, con un pastor alemán de dos años sentado a sus pies. Nunca me contó ese día lo que había pasado. Me lo fue contando a plazos, durante meses.

Colgué la sardina otra vez. La habían encontrado los de la Científica en una esquina, con el cristal reventado, cubierta de polvo y con un boquete justo en mitad del pescado, y me la devolvieron dentro de una bolsa de pruebas, con su etiqueta y su código de barras y todo.

Le puse un marco nuevo y la colgué en el mismo sitio, en el centro de la pared lisa.

Káiser, en cuanto la vio, se sentó debajo y se quedó mirándola con la cabeza ladeada, muy serio.

—Ya no hay nada ahí, hombre —le dije—. Ya está.

El perro no se movió. Y Alcázar, detrás de mí, se rió por la nariz.

—Déjalo. Es de lo mejor que ha hecho en toda su carrera. Deja que lo disfrute.