EPÍLOGO
Tienes derecho a besarme
Lo que vino después…
La noche que Bruno Alcázar estrenó mi casa, no durmió.
Se pasó las horas dando vueltas, levantándose a comprobar el pestillo, mirando la calle con dos dedos de visillo, igual que hacía yo cuando tenía miedo. A las cuatro de la mañana lo encontré sentado en mi sofá, a oscuras, con Káiser a los pies y una postura de montar guardia.
—¿Se puede saber qué haces?
—Comprobar.
—Comprobar el qué, alma de cántaro. Si aquí ya no queda nada que comprobar.
Se quedó callado. Y entonces lo entendí. Aquel hombre, que había entrado el primero en todas las puertas de su vida, no sabía dormir en una casa donde no hubiera peligro. Le hacía falta uno para saber dónde ponerse.
Me senté a su lado, en pijama, y le cogí la mano.
—Se acabó, Bruno. Ya no vive nadie malo en esta pared.
—Ya lo sé.
—Pues métete en la cama, que mañana libro y voy a hacer arroz.
Volvió a la cama y se durmió con la mano en mi barriga, agarrado a mí, sujetándose. A las seis y media se levantó otra vez a mirar por la ventana. No le dije nada. Le hice el desayuno.
Le costó ocho meses dejar de comprobar el pestillo por las noches. Un día me di cuenta de que llevaba semanas durmiendo del tirón, y no le dije nada, porque hay cosas que si las dices se rompen.
La casa la arreglamos entre los dos. Bueno, la arreglé yo y él sujetó cosas, que para eso mide metro noventa y para eso es un manazas de campeonato.
Montamos una estantería que quedó torcida y que sigue torcida.
Pinté la cocina de un amarillo que le pareció espantoso y que aceptó sin rechistar.
Aprendió a cocinar. Un poco, pero al menos hace tres platos y los hace bien.
Los días que salgo tarde me deja la cena tapada con un trapo y una nota, siempre con aquella letra apretada suya. Las he ido guardando todas en una caja de galletas. Son ochenta y siete. No pienso decírselo nunca.
Lo que no arreglamos fue el reparto de la casa, porque no hizo falta.
Yo tenía mi piso, con mis cajas por fin deshechas y mis cazuelas colgadas donde yo quería, y él tenía el suyo, con sus botas alineadas junto a la puerta.
Y entre los dos pisos hubo, durante meses, un ir y venir de bolsas, de cepillos de dientes, de camisetas que aparecían dobladas en el armario equivocado.
Una noche aquí, dos noches allí. Nunca lo hablamos.
Simplemente, cada vez había más cosas mías en su armario y más cosas suyas en el mío.
En El Almirez ascendí. Robledo se jubila el año que viene, y hace tres meses me llamó a su despacho, que es un cuartucho con una mesa y catorce carpetas, y me soltó la frase más larga que le he oído en la vida.
—Cuando me vaya, esta cocina la llevas tú. Si te da la gana.
—¿Y si no me da la gana?
—Te dará. —Y volvió a lo suyo.
Le dije que sí, claro que le dije que sí.
Salí de aquel cuartucho, entré en el servicio de mediodía y me pasé el servicio entero llorando sobre las cebollas, con la mejor excusa del mundo y a la vista de todos.
Vero, que me conoce, me pasó el brazo por el hombro sin decir nada y me robó un langostino.
A Bruno se lo conté esa noche. Se me quedó mirando un rato largo, con esa atención suya que sigue dándome vértigo, y luego se levantó, fue a la cocina y volvió con dos copas y una botella que llevaba meses guardada en lo alto de un armario.
—Esto lo tenía para algo bueno.
—Podías haberla abierto cuando cogiste a los narcos.
—Eso era trabajo. Esto es de lo que importa.
Y no volvió a mencionarlo, porque él dice las cosas una vez y ya está. Yo, en cambio, lo he contado catorce veces.
Káiser se jubiló en marzo. Le hicieron un acto con su placa y su diploma, me obligaron a ir, y lloré como una idiota delante de sesenta policías.
Bruno, a mi lado, aguantó el tipo con la mandíbula apretada y sin mirar a nadie, y cuando le pusieron la placa al perro se le fue la vista al suelo durante un buen rato.
Nadie dijo nada. Los compañeros de un hombre saben cuándo callarse.
Káiser duerme donde le da la gana, que suele ser en mitad del pasillo para que nos tropecemos, y ha desarrollado una obsesión nueva con el horno.
Y sigue sentándose debajo de la sardina.
La de siempre, la que sobrevivió al boquete, con su marco nuevo y su cristal cambiado, colgada en el centro de una pared blanca y lisa donde ya no hay nada escondido.
Un par de veces por semana se planta ahí, ladea la cabeza y suelta su gruñido de conversación.
—Ya no hay nada, Káiser.
El perro me mira. Vuelve a mirar el cuadro. Y yo sé perfectamente lo que me está diciendo, porque en esta historia el único que llevó razón desde el primer día fue él, y no piensa consentir que se nos olvide.
Bruno me pidió que me casara con él en la cocina, un martes, mientras yo pelaba patatas.
No hubo restaurante, ni velas, ni nada de lo que suele haber. Hubo un hombre grande apoyado en la encimera, mirándome pelar, que de pronto dijo:
—Oye.
—Dime.
—Vamos a casarnos.
Se me cayó el pelapatatas. Él siguió ahí, quieto, esperando, con las orejas rojas y una tranquilidad de fachada que no engañaba a nadie.
—¿Así? —dije—. ¿Sin más?
—Llevo dos semanas buscando la manera buena y no la encuentro. Y esta noche te vas a dormir sabiéndolo igual.
Aquel, viniendo de él, fue el discurso más romántico que se ha pronunciado en esta ciudad.
—Vale —dije.
—¿Vale?
—Vale, sí. Que sí. Que me caso contigo, pesado.
Y entonces hizo lo que no me esperaba. Se separó de la encimera, se puso muy recto, con las manos a la espalda, y me habló con aquella voz grave de la primera noche, la de Constantino Romero, la que usó la noche en que me tiraron la puerta abajo.
—Candela Ruiz. Queda usted detenida.
—Bruno…
—Tiene derecho a guardar silencio. —Ni se inmutó—. Tiene derecho a un abogado.
—¿Vas a leerme mis derechos? —Me reí.
—Tiene derecho a no declarar contra sí misma. —Dio un paso—. Tiene derecho a comerse el último trozo de tortilla sin que yo diga nada.
—Eso no viene en la ley.
—Tiene derecho a quedarse con mi lado de la cama, que ya lo hace igualmente. Tiene derecho a llamarme animal y manazas, en ese orden. —Otro paso, y ya lo tenía delante—. Tiene derecho a seguir guisándome.
Yo tenía las manos llenas de patata y los ojos llenos de otra cosa.
—Bruno.
—Y tiene derecho a besarme —dijo.
Y lo besé con las manos sucias, en mitad de mi cocina, poniéndole la cara perdida de patata y no le importó lo más mínimo.
Nos casamos en septiembre. Vinieron mi madre y mi hermana desde Sevilla, y mi tío el del bar, que lloró más que nadie y que se pasó el banquete explicándole a quien se dejara que él me enseñó a freír.
Vino Vero, que hizo de testigo y que a mitad de la ceremonia ya estaba llorando más que mi madre.
Vino Robledo, que no bailó, pero se quedó hasta el final, de pie, con una copa en la mano, vigilando el bufé con ojo profesional.
Vinieron Molina y media brigada, con sus mujeres y sus maridos, y se bebieron lo que no está escrito.
En la mesa presidencial, sobre el mantel blanco, había una foto en un marco.
Un hombre joven con uniforme, sonriendo de lado, con un pastor alemán de dos años a los pies.
Fue idea mía. Bruno no dijo nada cuando la vio.
Se quedó un rato ahí de pie, se pasó la mano por la cara, y luego vino a buscarme y me abrazó por detrás en mitad del salón, delante de todo el mundo, y me tuvo así un rato largo sin decir una palabra.
Káiser llevó los anillos. Los perdió. Aparecieron veinte minutos después, debajo de la mesa de los postres, junto a un perro con cara de no haber roto un plato en su vida y media bandeja de milhojas desaparecida.
Bailamos poco, porque Bruno baila igual que camina, con una seriedad de desfile, pero bailamos.
Y en mitad de la canción, con la cabeza apoyada en su hombro y toda mi gente alrededor, me acordé de una cosa que me dijo aquel primer domingo, cuando lo encontré por la calle en vaqueros y con el perro.
Me dijo que Káiser no le hacía caso a nadie que no fuera él, y que mira a quién había ido a elegir. A la sospechosa. Se lo recordé al oído.
—Eligió bien —dijo.
—El perro.
—El perro y yo.
Mi madre, en el banquete, me cogió la cara con las dos manos.
—Hija mía, qué alegría. Un policía. Con lo mal que empezó todo.
—Mamá, te recuerdo que me tiró la puerta abajo.
—Bueno. —Se encogió de hombros—. Podría haber sido peor.
Y ahí está el resumen de mi vida, en una frase de mi madre.
Aquella noche, poco más de un año atrás, cuando la puerta salió volando y me desperté en el suelo de mi propio salón con la cara pegada a una baldosa y un pegote de macarrón en la oreja, si alguien me llega a contar cómo iba a acabar todo, le habría dicho que estaba loco.
Yo solo quería un piso barato, un trabajo bueno y que me dejaran en paz.
Y en vez de eso me dieron una redada que empezó con un error, un narco en la acera, un perro con un gusto pésimo para el arte y un hombre protector.
A veces, cuando cierro el restaurante y vuelvo andando de madrugada por el mismo callejón de siempre, me paro un momento en mi portal y me acuerdo de la chica que subía cajas por esta escalera poco más de un año atrás, muerta de miedo y de ilusión, convencida de que se iba a comer el mundo.
Aquella chica no tenía ni idea de nada. Pero acertó en lo único importante, que fue venirse. Todo lo demás vino detrás.