Tiene derecho a… besarme CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

A la una y cuarto pensé, con toda claridad, una cosa horrible: que si algo le ocurría, nadie me llamaría a mí.

Yo no era nada suyo. No era su mujer, no era su novia, no era su hermana.

Era la inquilina de un piso alquilado y la cocinera que le llenaba los táperes.

Llamarían a alguien de una lista, a alguien de una carpeta, y yo me enteraría por el telediario, sentada en su sofá, con sus platos buenos puestos en su mesa.

Eso fue lo que me rompió. No el miedo. La idea de no tener derecho ni a que me avisaran.

A la una y veinte, el teléfono.

Lo cogí antes del segundo tono, con el corazón en la garganta. No era su número. Era un número largo, raro, de esos que no dicen nada.

—¿Sí?

—¿Candela? Soy Molina. —Se oía viento, y sirenas de fondo—. Escúchame, que solo tengo un segundo. Está todo bien. ¿Me oyes? Todo bien.

—¿Y él? Molina, ¿y él?

—Está bien. Está aquí, está entero, y está gritándole a alguien, así que imagínate lo bien que está. —Se le escapó una risa nerviosa, de las de después—. Nos ha pedido que te llamáramos primero. Antes que a nadie. Ha dicho que sabía que no ibas a estar durmiendo.

Me tapé la boca con la mano, y me di cuenta de que estaba llorando cuando ya llevaba un rato haciéndolo.

—¿Los habéis cogido?

—A los cuatro. Y no solo a los cuatro. —Bajó la voz—. Han caído dos coches más a la salida, con gente que no esperábamos. Gente gorda, Candela. De la que no sale en los periódicos. Ha sido una noche histórica, chica. Y todo esto empezó el día que abriste la boca y señalaste una pared.

—Mi pared. —Me reí, y me salió un ruido raro, entre risa y otra cosa—. Molina, ¿mi casa cómo está?

—Tu casa está…

Se calló un momento.

—Digamos que tu salón tiene un boquete considerable, hay yeso hasta en el techo y a la sardina esa fea la ha atropellado la historia. Pero la puerta está intacta, que es más de lo que se puede decir de la última vez que estuvimos allí.

Colgué, me abracé al perro y me quedé llorando en el sofá de un hombre que no era mi novio, en una casa que no era la mía, con la cena fría en la encimera y toda la tensión de ocho días saliéndoseme por los ojos de golpe.

Alcázar llegó a las cuatro y diez de la mañana.

Oí la llave, y me levanté de un salto, y me quedé plantada en mitad del salón, sin saber qué hacer con las manos ni con la cara ni con nada.

Entró despacio. Traía el chaleco puesto, la ropa hecha un desastre, polvo de yeso en el pelo y en los hombros, un corte pequeño en la ceja y una cara de no haber dormido en una semana. Se quedó en el recibidor, mirándome desde allí. No dijo nada.

Y yo, que llevaba seis horas ensayando las cosas que le iba a gritar, hice lo único que no había ensayado.

Crucé el salón, crucé todo lo que había que cruzar, y lo abracé.

Lo abracé fuerte, con la cara pegada a un chaleco antibalas que olía a él, a metal y escombro, agarrándome a él con las dos manos como me agarraba a las ollas en las escaleras.

Y él tardó un segundo entero en reaccionar.

Un segundo en el que no supe si me iba a apartar.

Luego levantó los brazos y me rodeó, apoyó la barbilla en mi cabeza y soltó todo el aire de golpe.

Llevaba ocho días sin respirar del todo, y se le notó.

Nos quedamos así un rato largo. Ninguno de los dos dijo una palabra. Káiser dio dos vueltas a nuestro alrededor, satisfechísimo, y se fue a beber agua.

—Estás lleno de yeso —dije, contra su hombro.

—Y tú estás llorando.

—Es la cebolla de las albóndigas.

Noté cómo se le movía el pecho. Se estaba riendo, sin hacer ruido, con la cara metida en mi pelo.

—Se han enfriado —añadí.

—Me da igual.

—Están malísimas frías.

—Candela. —Se separó lo justo para mirarme, con las manos todavía en mis brazos, y tenía los ojos rojos y la barba llena de polvo blanco y una cara que no le había visto nunca—. Me da exactamente igual.

Se las comió frías, de pie en la cocina, directamente del táper, con dos tenedores.

Y me lo contó todo despacio: cómo entraron por la azotea del edificio de al lado, cómo esperaron a que abrieran la pared, cómo los cogieron con la bolsa en la mano, cómo cayeron los otros dos coches en la calle.

Me contó que el de la cazadora se llamaba de otra manera y que llevaba once años haciéndole daño a la gente. Me contó que no hubo un solo disparo.

Yo solo lo tenía delante, entero, cenando a las cuatro de la mañana, y necesitaba oír una cosa.

—Se acabó —dije, y no era una pregunta, pero necesitaba oírlo.

—Se acabó. —Rebañó la salsa con un trozo de pan—. Mañana deja de ser una escena policial. Luego habrá que arreglar lo que queda de tu casa.

—Estupendo. ¿Y la sardina?

—La sardina ha muerto por España.

Me reí. Me reí de verdad, con toda la carcajada de golpe, y me tuve que agarrar a la encimera, y él me miraba comer y reír con una cara de tranquilidad enorme, la de alguien que por fin suelta un peso que llevaba tres años cargando.

Y entonces pensé en algo, y me quedé mirando el táper, sin saber qué decir.

Alcázar dejó el tenedor. Se limpió las manos en el pantalón y tomó aire.

—Candela —dijo—. Esto se ha acabado.

—Ya lo has dicho.

—Lo he dicho como policía. —Dio un paso—. Ahora lo digo como lo otro.