CAPÍTULO 12
Lo que dijo Cardenal
La noche que se torció todo empezó bien. Eso es lo que más rabia me da.
Llevábamos ocho días esperando. Ocho días de coche patrulla aparcado a la vista en mi calle, de hombres de Alcázar durmiendo por turnos en el piso de arriba y en el de abajo, y de una casa mía, cerrada y vacía, con dos millones de euros dormidos detrás de un dibujo de un pescado.
Y nada. Los malos no venían. El barrio seguía aburrido, y yo seguía yendo a trabajar y volviendo a una casa prestada.
Aquella tarde libraba. Alcázar me llamó sobre las siete.
—¿Cómo lo llevas?
—Aburrida y a salvo. Según tú, lo ideal.
—Es lo ideal. —Se quedó un momento callado—. Oye, se ha movido lo de Cardenal. Paso luego por casa y te cuento. ¿Sobre las diez?
—A las diez. Y trae hambre, que hago yo la cena. Como sigas comiendo bocadillos en el coche te va a dar algo.
—Trato hecho.
Colgué contenta. Esa es la parte que todavía me cuesta perdonarme, que colgué contenta.
Me puse a cocinar con la radio de fondo.
Albóndigas en salsa, las de mi abuela, las que hago cuando quiero decir algo y no encuentro las palabras.
Piqué la cebolla muy fina, doré la carne, dejé el fondo espesando a fuego lento y puse la mesa para dos con los platos buenos, los que Alcázar tenía guardados en lo alto de un armario, sin estrenar, cogiendo polvo desde vete a saber cuándo.
Me planché una camisa. Me la planché con más interés del que estaba dispuesta a reconocer, y no había nadie en aquella casa para verme hacerlo salvo el perro, que me miraba desde la puerta de la cocina con la cabeza ladeada.
—Ni una palabra —le dije.
Káiser bostezó y se tumbó.
A las nueve y media las albóndigas estaban listas. A las diez menos cuarto sonó el teléfono. Era él, y descolgué sonriendo.
—Como llegues tarde se recalientan, y no es lo mismo —dije.
Al otro lado no hubo broma. Hubo ruido de coche, radio policial, voces. Y su voz por encima, tensa, la del chaleco.
—Candela. —Solo mi nombre, y ya supe que algo iba mal—. ¿Estás en casa? ¿Con la puerta cerrada?
—Estoy en tu casa, con la puerta cerrada y con las albóndigas hechas. ¿Qué pasa?
—Cardenal ha aparecido muerto.
Dejé la cuchara en la encimera.
—Esta tarde, en un descampado a la salida de la ciudad.
Lo tuvieron dos días. Hemos intervenido una llamada entre dos de los hombres que lo retuvieron.
En ella decían que Cardenal les había dado el sitio exacto antes de matarlo.
No solo el piso, que eso ya lo sabían, sino la pared, el cuadrado, el metro justo donde emparedó la bolsa.
Me senté en su silla, en su cocina, sin darme cuenta de que me estaba sentando.
—Entonces ya saben exactamente dónde está.
—Saben dónde, y saben que no pueden esperar. —Se le oía andar deprisa—. Llevan ocho días viendo un coche patrulla en esa puerta. Y esta noche, a las once, ese coche se va.
—¿Que se va? —Me levanté de la silla—. ¿Lo retiras tú?
—Lo retiro yo. Llevo ocho días enseñándoles un coche para que no entren, y no entran.
Se acabó. A las once esa calle se queda tranquila, ese edificio se queda dormido, y ese piso se queda vacío con dos millones de euros detrás de un dibujo de una sardina.
—Bajó la voz—. Y mis hombres dentro. En el piso de arriba, en el de abajo y en la azotea del edificio de al lado.
—Los estás llamando.
—Los estoy invitando. Y van a venir, porque ese dinero no es suyo, es un pago que tenían que entregar, y le deben esa cantidad a gente que no admite retrasos.
Están más asustados que tú y que yo juntos.
Por eso mataron a Cardenal, y por eso esta noche entra en tu salón el que manda de verdad.
A por dos millones no se manda a un recadero.
Me quedé con la mano en la mesa, muy quieta, mirando los dos platos buenos que había sacado del armario.
—¿Estás seguro?
—Sí. Cardenal dio la casa, y con la casa vas tú.
Saben que hay una inquilina nueva, saben dónde trabajas y saben que llevas más de una semana sin dormir en tu propio piso.
—Cogió aire—. Y eso, para esa gente, solo significa una cosa: que la inquilina sabe algo.
Que alguien la avisó. Que hay policía detrás.
—O sea, que si esto sale mal, vienen a por mí.
—Si esto sale mal, tú eres la primera a la que van a buscar. Por eso no sales de esa casa. Pase lo que pase.
—Vale —dije. Y me salió una voz rara, muy pequeña—. Vale.
—No sales de esa casa. No te asomas a la ventana.
No abres la puerta ni al vecino ni a un repartidor.
Si va alguien de los nuestros, te llamaremos antes y te dará una palabra clave.
Si alguien llama al telefonillo, no contestas.
Tienes comida y tienes al perro. En el cajón de la mesilla hay un teléfono con un único número marcado.
Si oyes algo que no te cuadra, aunque te parezca una tontería, aprietas ese botón.
No estás sola: Serrano está en el piso de arriba y hay un coche sin distintivos frente al portal.
—Bruno, me estás asustando.
—Los asustados sobreviven, los valientes no. —Y luego, bajó la voz—. Y esta noche, si tengo que elegir, prefiero que estés asustada y viva.
Se oyó una voz detrás de él, alguien llamándolo. Le dijo a alguien que fuera saliendo, que ahora iba.
—Bruno, te llaman. Tienes que irte.
—Un segundo, Candela. —Y ahí cambió el tono. Y esa fue la primera vez que le tuve miedo de verdad a algo que no era un narco—. Escucha. Si esto sale mal…
—No…
—Si esto sale mal, Serrano bajará a buscarte. Antes de abrir, espera a que te diga la palabra «Sevilla». No abras a nadie más.
—Bruno, no.
—Y quiero que sepas una cosa antes de entrar ahí.
—Se calló un momento. Oí cómo cogía aire, y cómo se le apagaba de golpe todo el ruido de alrededor, y me lo imaginé apartándose del coche, dándole la espalda a su gente para que no le oyeran—.
Me he pasado semanas buscando excusas para volver a tu casa.
—Ya lo sé.
—Déjame terminar, que me ha costado mucho y a lo mejor no tengo otra.
Me tapé la boca con la mano. En la cocina de aquel hombre, con su cena en el fuego, con su perro mirándome desde la puerta.
—No sé decir estas cosas —dijo—. Nunca he sabido. Solo quiero que sepas que, si esta noche sale mal, no me voy con nada pendiente. Que estos dos meses han sido los mejores que he tenido en muchos años. Que no me acordaba de lo que era llegar a casa y que hubiera alguien.
—Bruno, cállate.
—Ya está. Ya lo he dicho.
—Dijiste que no lo repetirías hasta que esto acabara.
—Ya. Pues igual no acaba.
—Cállate y vuelve. —Estaba llorando, y me daba una rabia horrible estar llorando—. Me lo cuentas todo eso aquí, ¿me oyes? Con las albóndigas delante. Que las he hecho como las de mi abuela y no las pienso recalentar dos veces.
Se rió. Bajito, cansado, con una risa que no le había oído nunca.
—Guárdame una.
—Te guardo el plato entero.
—Cierra con llave, Candela.
—Ya está cerrada.
—Otra vez. Que te oiga.
Fui hasta la puerta con el teléfono pegado a la oreja y eché las dos vueltas, bien fuerte, para que las oyera al otro lado de la ciudad. Y él, al otro lado, esperó a oírlas, igual que la primera noche, igual que todas las noches.
—Buena chica —dijo.
Y colgó.
Y me quedé sola, en mitad de la cocina de un hombre que acababa de despedirse de mí sin decir la palabra, con dos platos buenos puestos en la mesa y una cazuela de albóndigas enfriándose para nadie.
Y ahí empezó la peor noche de mi vida, que además, y esto lo digo sin vergüenza, la pasé entera sentada en un sofá.
Porque no hay nada peor que esperar. Nada.
Lo he pensado mucho desde entonces. Prefiero la bronca, el susto, o que me tiren la puerta abajo otra vez.
Pero esperar sin hacer nada, sabiendo que a veinte minutos de tu sofá hay hombres armados entrando en tu casa y hombres armados esperándolos, y que tu vida entera se decide sin ti, eso es una tortura que no le deseo a nadie.
Me senté. Me levanté. Recogí la mesa que había puesto para dos y la volví a poner.
Metí las albóndigas en un táper, las saqué, las volví a meter.
Encendí la televisión y la apagué a los tres minutos.
Cogí el móvil cuarenta veces para llamarlo y lo dejé cuarenta veces, porque una llamada mía en el momento equivocado podía costarle un disparo.
Káiser lo notó. Los perros lo notan todo.
No se separó de mí en toda la noche. Se pegó a mis piernas, me siguió de la cocina al salón y del salón a la cocina, y cuando por fin me senté, se subió al sofá, cosa que tenía terminantemente prohibida, y me puso la cabezota en el regazo.
No lo eché. Le rasqué las orejas y le hablé, porque en aquella casa vacía era eso o volverme loca.
—Tú lo sabías desde el principio, ¿verdad? Lo de la pared. Nos lo llevabas diciendo desde el primer día. Y nadie te hizo caso, hombre.
Káiser suspiró.
—Si le pasa algo, no me lo perdono nunca —le dije—. Ni a él, ni a mí.
A las once y media apagué todas las luces de la casa y me quedé a oscuras, sin ningún motivo. Nadie me lo había pedido. Lo hice porque a oscuras me sentía menos visible, aunque Serrano estuviera en el piso de arriba y un coche vigilara el portal.
A las doce menos cuarto llamó doña Puri desde el hotel, y le mentí.
Le dije que todo iba bien, que Alcázar estaba trabajando y que yo estaba viendo una película.
Ella me contó que había pedido merluza a la romana al servicio de habitaciones y que el chico que se la subió tenía muy buena planta.
Le seguí la conversación quince minutos, riéndome cuando tocaba, con la mandíbula agarrotada de aguantarme lo otro.
Colgué y me quedé mirando el teléfono. Nunca en la vida me había costado tanto una llamada, y mira que las he tenido difíciles.
A la una menos veinte se me ocurrió que quizá lo estaban echando en la televisión. Encendí, busqué el canal de noticias, y por supuesto no había nada, porque las cosas se cuentan al día siguiente y aquella noche todavía estaba pasando. Apagué otra vez.