CAPÍTULO 11
Aquí no pasa nada
Aquella noche, después de ver en una pantalla del tamaño de un sello lo que dormía dentro de mi pared, Alcázar dejó de tratar aquello como un robo.
Dos millones de euros no los reclama un ladrón, los reclama una organización, y una organización no manda a un hombre con cazadora, manda a los que hagan falta.
A la mañana siguiente tomó su primera decisión, y fue separarnos.
Le costó bastante más convencer a doña Puri de que se fuera que a mí de que me quedara.
—Usted es la única persona que le ha abierto la puerta a ese hombre —le dijo, con la taza de café entre las manos y un tono que no admitía regateo—.
La única que le ha visto la cara de cerca y ha hablado con él.
Usted lo puede señalar con el dedo en una rueda de reconocimiento y hundirlo.
Eso la convierte en mi mejor testigo. Y en lo que más les estorba a ellos.
Doña Puri, que había empezado a escuchar dispuesta a discutir, terminó la frase erguida como un palo. Le acababan de decir que era importante, y a doña Puri no la llamaba importante nadie desde hacía muchos años.
—¿Yo lo hundo? —dijo, y se le notó que la palabra «testigo» le había gustado más que todo el café de la mañana.
—Usted lo hunde. Por eso no la quiero en ese edificio.
La mandó a un hotel. No a uno cualquiera, sino a uno bueno, discreto, en la otra punta de la ciudad, con un coche sin distintivos abajo y con la promesa de que nadie que no debiera iba a saber dónde estaba.
Doña Puri protestó por sus plantas, por sus novelas de la tele, por la manta buena que se quedaba en el sofá, y por todo menos por lo único que importaba, que era que un hombre pudiera subir a su rellano a buscarla a ella.
Hizo la maleta de cuando Franco protestando, y en el último momento, ya en la puerta, me agarró de la mano.
—Cuídate, hija. Y cuida de él, que los hombres grandes por dentro luego son como osos de peluche. —Bajó la voz—. Y no me hagas abuela postiza demasiado tarde, que una ya tiene sus años.
—Doña Puri.
—Que me voy, que me voy.
A mí no me mandó a ningún hotel, y me pasé un buen rato preguntándome por qué, hasta que entendí que no había ningún misterio, sino una lista de puertas cerradas.
A mi casa no podía volver, porque mi casa era ya una ratonera con un cebo colgado de un clavo.
Al piso de doña Puri tampoco, porque estaba en el mismo edificio y con el mismo peligro subiendo por la misma escalera.
A Sevilla no pensaba ir ni loca, porque presentarme en casa de mi madre y explicarle que un narcotraficante andaba buscándome habría sido peor para ella que para mí, y en tres días la tendría en el hospital con un amago de infarto.
Y en aquella ciudad, después de dos meses, yo no tenía a nadie más.
Ni una prima, ni una amiga con sofá, ni un novio de esos que sirven para las emergencias.
Tenía a Vero, que compartía piso con otras dos y dormía en un cuarto del tamaño de mi despensa.
Quedaba el hotel. Se lo dije, además, y con retintín, porque a mí que me organicen la vida me pone de mal humor aunque sea por mi bien.
—Puedo irme con doña Puri.
—Por poder, puedes. —Alcázar levantó la vista de los papeles—. ¿A qué hora sales del restaurante?
—A las dos. A las dos y media, si el servicio se complica.
—Y el hotel está a tres cuartos de hora, en la otra punta de la ciudad, con dos transbordos en autobús nocturno. —Volvió a mirar los papeles—. O sea, que la solución para que no te pase nada consiste en obligarte a cruzar media ciudad sola de madrugada seis noches por semana…
Levantó la vista.
—Además, quiero que estéis separadas. Si encuentran a una, no encuentran a la otra. Mi dirección no figura en el expediente y la casa está vigilada.
—Ah, o sea, que es logística y seduridad.
—Exacto. —No lo dijo mirándome, y por eso, precisamente, me lo creí a medias.
Porque de aquella casa hasta El Almirez había diez minutos andando. Diez. Y a la salida, siempre había un coche o un perro esperándome. Así que me quedé.
En El Almirez seguí haciendo mi vida, que era la única parte del plan que no dependía de nadie.
Turno, caliente, «oído», y discutir con Vero por el punto de la merluza.
Vero notó que algo pasaba y me lo preguntó dos veces.
Le conté lo de las obras en mi piso, que era la excusa oficial, y se la tragó a medias.
—Obras —repitió, mirándome por encima de la tabla—. Y por eso vives en casa del armario.
—Se llama Alcázar.
—Se llama suerte, chica. —Y siguió cortando, porque Vero sabe cuándo parar.
A mi casa, ni me acerqué. Esa fue la parte fácil de cumplir y la más rara de vivir: tener una casa a veinte minutos y no poder ni pasar por la calle. Alcázar fue tajante. Que no me viera nadie por el barrio, que no fuera a por un jersey, que aquel piso, para mí, no existía. Y lo entendí.
Lo que no había previsto, y eso que suelo preverlo casi todo, era lo distinta que iba a ser aquella casa sin doña Puri en medio.
Con ella, el piso de Alcázar había sido un campamento, con sus horarios, sus discusiones sobre si al perro se le daba jamón y su televisión a todo volumen.
Sin ella nos quedamos los dos solos y un perro, y la casa se puso a la vez muy grande y muy pequeña, según la hora del día.
Con doña Puri en el hotel, la cama grande se quedó libre, y yo di por hecho el reparto lógico en casa ajena: él a su cuarto, yo al sofá.
Pues no. Aquella misma tarde me encontré mis cosas colocadas en su habitación, las sábanas cambiadas y la puerta abierta, y a él montándose el campamento en el salón.
—Ni hablar —le dije—. Es tu casa y es tu cama.
—Tú trabajas doce horas de pie. Yo duermo en cualquier sitio. —Siguió estirando la manta sin mirarme, que era su manera de zanjar las cosas.
No discutí más.
Nos organizamos. Él salía temprano, con lo del operativo metido hasta el cuello, y volvía a deshoras.
Yo entraba a mi turno, salía a las tantas, y me traía del restaurante lo que sobraba de la partida para que no cenara de máquina.
Cuando coincidíamos, cenábamos tarde, de pie en la encimera, con Káiser vigilando por si caía algo.
Cuando no, me dejaba un plato tapado y una nota de dos palabras en aquella letra apretada suya, y yo le dejaba otra a él.
Cuando vives así con alguien, al final te enteras de las cosas pequeñas.
Me enteré de que dormía poco y mal. De que dejaba las botas alineadas junto a la puerta con una precisión de cuartel.
De que a Káiser le hablaba en voz baja cuando creía que yo no estaba, cosas sin sentido, cómo te ha ido el día, ya somos dos viejos.
Y de que tenía una foto en la estantería, boca abajo, que nunca ponía derecha y que yo nunca me atreví a girar, porque una sabe cuándo una foto boca abajo es asunto suyo y cuándo no lo es.
Doña Puri llamaba todas las noches al fijo, porque del móvil desconfiaba por principio.
—Hija, esto es Jauja —me decía, con la boca llena de algo—. Aquí te ponen el desayuno en la cama si lo pides. Y hay una bata blanca colgada en el baño, de rizo, para usarla, que lo pone en un cartelito. Me la voy a llevar, que para eso pago.
—Doña Puri, que no paga usted, que paga el Estado.
—Pues con más razón. Buena falta le hace al Estado gastarse el dinero en una señora decente, para variar.
Se quejaba del precio del agua del minibar, se había hecho amiga de la de la limpieza y de un jubilado del cuarto, y tenía en vilo a la recepción entera con sus teorías sobre el hombre de la cazadora, que contaba a quien se dejara con el dramatismo de una serie de sobremesa.
Estaba pasándoselo mejor que en toda su vida, y a mí eso me quitaba un peso de encima, porque de las dos cosas que me daban miedo por las noches, al menos una la tenía a salvo y comiendo canapés.
La otra dormía al otro lado del pasillo, en un sofá que le quedaba corto, con la puerta del salón abierta por si yo necesitaba algo, y era, con diferencia, la más peligrosa de las dos.
Una noche llegué del turno más tarde de lo normal, con un servicio de esos que te dejan el cuerpo por un lado y la cabeza por otro. Me lo encontré despierto, en la cocina, con una cerveza sin abrir delante y la mirada perdida en la pared.
—¿Malas noticias? —pregunté, dejando las llaves.
—Ninguna noticia. Que es peor. —Empujó la cerveza dos dedos por la encimera, sin abrirla—. Todo montado, todo listo, y ahora a esperar a que muevan ficha. Y lo malo de esperar es que te da tiempo a pensar.
—¿En qué piensas?
Tardó en contestar, y cuando lo hizo no me miró a mí, miró la botella.
—En que la última vez que monté una operación así de bien pensada se me murió un compañero. —Le dio la vuelta a la botella entre los dedos—. Y en que esta vez, en medio de todo, hay una cocinera que me da de cenar y que no debería importarme tanto como me importa.
Lo soltó sin adornos, mirando el cristal, y luego se quedó callado, con la cara de quien acaba de decir en voz alta algo que llevaba semanas diciéndose por dentro. Yo me quedé de pie junto a la puerta, con el olor a fritanga todavía encima y el corazón haciendo otra vez de las suyas.
Podía haberme reído. Podía haber soltado una gracia, que es mi manera favorita de escaparme de los sitios que me dan vértigo.
Estuve a punto, tenía ya una en la boca, alguna tontería sobre que lo que le importaba era mi rape y no yo.
Pero lo miré, tan grande y tan solo en aquella cocina, con su botella sin abrir y su compañero muerto, y no me salió la gracia.
—No me digas esas cosas ahora —dije en voz baja—. No mientras dependa de ti que a mí no me pase nada. No es justo para ninguno de los dos.
—Lo sé. Por eso no lo había dicho antes. —Levantó por fin la vista—. Y no lo voy a repetir hasta que esto acabe. Pero quería que lo supieras, por si acaso. En mi trabajo, lo de «por si acaso» se aprende pronto.
Nos quedamos así un momento, cada uno en su punta de la cocina, con tres metros de baldosa y un perro dormido entre los dos, y aquellos tres metros me parecieron a la vez lo más corto y lo más largo que había cruzado nunca.
No los crucé. Él tampoco. Fue seguramente lo más maduro que hemos hecho juntos, y también lo que más me costó.
—Vete a dormir, Candela —dijo al final, con suavidad—. Mañana madrugas.
—Tú también.
—Yo no duermo.
Y no dijo nada más, que en él era la manera de cerrar una puerta sin dar el portazo.
Me fui a su cuarto, que olía a él, a jabón y a un poco de perro, y me metí en aquella cama que era demasiado grande para mí y no lo bastante para él, con la sensación rarísima de estar ocupando un sitio que no me correspondía y que, a la vez, no quería soltar.
Me quedé mirando el techo de una casa que no era la mía, en una ciudad que hacía dos meses no conocía, escondida de un hombre que quería un dinero que dormía detrás de un dibujo de una sardina.
Y a pesar de todo eso, o a lo mejor por todo eso, lo único en lo que era capaz de pensar era en tres metros de baldosa que no había cruzado.
Káiser vino a mitad de la noche. Empujó la puerta entornada con el morro y se echó en el suelo junto a la cama, de frontera, montando guardia entre el hombre del sofá y yo.
Le rasqué las orejas en la oscuridad, y él resopló, satisfecho, y me dejó la cabezota apoyada en la mano hasta que se me durmió el brazo.
—Tú sí que sabes —le dije, bajito—. Tú lo viste venir desde el primer día.
No sé si le hablaba del dinero de la pared o de la otra cosa, la que llevaba semanas creciendo en aquella casa. Con Káiser nunca supe muy bien de qué estaba hablando yo. Él tampoco me lo aclaró.
Me dormí tarde. Y al otro lado del pasillo, en el salón, oí a Alcázar dar vueltas en aquel sofá que le quedaba corto hasta que salió el sol.
Los dos esperando lo mismo, cada uno en su sitio prestado, sin decírnoslo: que aquello se acabara de una vez, para bien o para mal, para poder cruzar por fin lo que tuviésemos que cruzar.