Tiene derecho a… besarme CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Registro con educación

El segundo registro de mi casa fue mucho más civilizado que el primero, aunque solo fuera porque esta vez llamaron a la puerta en lugar de arrancarla.

Yo ni siquiera vivía allí esos días. Desde la noche en que el de la cazadora subió hasta mi rellano, dormía en el sofá de Alcázar, con doña Puri en la cama buena y Káiser de frontera roncando en el suelo, así que el registro me lo perdí casi entero y me lo fueron contando a plazos, que es como me entero yo últimamente de todo lo que pasa en mi propia vida.

Me acerqué al mediodía, en el hueco de dos horas que me dejaba el restaurante entre el turno de comidas y el de cenas, con más curiosidad que sueño, y mira que tenía sueño.

Cuando llegué ya estaban dentro. En las puertas del coche habían colocado el logotipo magnético de una empresa de humedades y los agentes habían subido cajas de herramientas.

Desde la calle parecía una reparación, no un registro.

Me encontré la puerta de mi piso abierta de par en par, un coche camuflado en doble fila con un agente que me saludó por el nombre —porque a esas alturas los agentes que vigilaban mi calle ya sabían quién era yo— y a doña Puri asomada desde su puerta.

Alcázar la había mandado dentro en cuanto la vio, pero ella volvía a sacar la cabeza cada vez que oía un ruido.

Me recibió con el parte completo antes de que me diera tiempo a subir el último escalón.

—Han venido cuatro, hija, más el tuyo y el perro. Con monos de trabajo y una máquina de ver a través de las paredes, de esas que salen en las películas americanas. Llevan ahí desde las diez. Y no han encontrado nada, porque yo lo habría oído.

No iba desencaminada con lo de la máquina.

Era un detector de esos que golpean el tabique y escuchan lo que hay detrás.

Lo vi en cuanto entré, en mitad de mi salón, pasando de una pared a otra en manos de un agente joven, mientras los demás levantaban rodapiés y miraban detrás de los muebles con una delicadeza que la primera noche había brillado por su ausencia.

Uno había vuelto a apilar mis cajas en su sitio.

Otro, al pasar, me pidió permiso para mover el sofá, «si no le importa, señorita», y estuve a punto de recordarle que la última vez no me habían pedido permiso ni para entrar, pero me lo callé, que una va aprendiendo a elegir sus batallas.

Y ahí, viendo aquel aparato cruzar mi salón, me acordé de algo.

Yo tenía una información que ellos no. Sabía lo del cuadrado raro del gotelé, lo del clavo que se me hundió en el vacío el primer día, lo del dedo que rozó algo liso al fondo del hueco.

Lo sabía desde la primera noche en el piso, y llevaba semanas quitándole importancia.

Pero una cosa es quitarle importancia a un tabique cuando vives tranquila, y otra muy distinta es callártelo con cuatro policías peinándote la casa y un hombre buscándote por las noches.

—Alcázar. —Lo llamé antes de pensarlo—. Hay una pared que suena rara.

Se giró despacio.

—¿Qué pared?

—Esa. La del fondo. —Fui hacia ella, descolgué la sardina de mi hermana y la apoyé en el suelo—.

El gotelé es distinto en este cuadrado, ¿lo ves?

Está puesto por otra mano. El primer día que me mudé fui a colgar el cuadro, di un martillazo y el clavo se me hundió entero, sin encontrar tabique.

Metí el dedo y había un hueco. Al fondo toqué algo liso, como plástico.

—Cogí aire—. Y no dije nada porque nunca le di importancia.

Alcázar siguió mi mirada hasta Káiser, que se había sentado frente a la pared, completamente inmóvil. Se le borró la expresión.

Se acercó despacio y observó al perro.

—Joder… Todas las veces que hizo eso no estaba mirando el cuadro —dijo—. Estaba intentando marcar.

—¿Marcar qué?

—Un olor. Probablemente restos de droga adheridos a los billetes. Con la pared y el plástico de por medio no podía localizar el punto exacto, por eso nunca completaba la señal: se sentaba, miraba y acababa apartándose. Creí que era una manía.

No dijo nada durante un segundo larguísimo y luego se volvió hacia sus hombres con una calma que me puso nerviosa.

—Parad. Todos. —Señaló el cuadrado con la barbilla—. Aquí.

El del detector apoyó el aparato en el centro de la pared, justo donde yo había señalado. Golpeó una vez con los nudillos, escuchó y golpeó otra. Y hasta yo, desde tres metros, oí lo que llevaba oyéndose desde el primer día que entré en aquella casa.

Sonó hueco.

Se hizo un silencio raro en el salón, de esos en que todo el mundo entiende una cosa a la vez sin decirla.

Alcázar me miró. Yo miré la sardina, en el suelo, con su «Sevilla» torcido.

Y el único que no se sorprendió lo más mínimo fue Káiser, que seguía sentado frente al espacio que había dejado el cuadro con una dignidad ofendida, como diciendo «ya podíais haberme hecho caso hace dos meses, pandilla de aficionados».

Alcázar no abrió la pared.

Yo esperaba que arrancara el yeso allí mismo, a puñetazos si hacía falta, con las ganas que llevábamos todos encima. Pero se quedó mirando el cuadrado un rato largo, con las manos en las caderas, y cuando habló no fue para pedir un martillo. Fue para pararlo todo.

—Que nadie toque esa pared —dijo—. Molina, ni un dedo. Fotos, medidas, y me traéis la cámara de fibra, la fina, la que entra por un agujero de nada. Quiero ver lo que hay ahí dentro sin abrirlo.

—¿Sin abrirlo? —Se me escapó a mí, que para eso era mi pared—. Si lo tienes ahí. Ábrelo y ya está.

—Si lo abro, se acaba, y mal. —Se volvió hacia mí y me habló como no lo había hecho hasta entonces, sin filtro, contándome de verdad lo que pensaba—.

Escúchame. Si detrás de esa pared está lo que creo, y lo saco hoy, ¿qué tengo?

Una bolsa de dinero y una casa. Nada más.

La gente que mandó al de la cazadora, y el que le da órdenes a ese, y el que se las da al de más arriba, se enteran de que la policía tiene el dinero y desaparecen.

Y dentro de un mes montan lo mismo en otro barrio.

—Señaló el cuadrado—. Pero si eso se queda donde está, y ellos no saben que nosotros lo sabemos, van a venir a por ello.

Y el día que vengan, los cojo a todos. No al recadero. A todos.

Lo entendí, y me dio un escalofrío, porque lo que estaba diciendo, por debajo, era que mi casa iba a ser una ratonera. Un cebo, con mi sardina colgada de gancho.

Recogió la sardina del suelo, miró un segundo aquel dibujo feo que había tapado un dineral durante semanas, y me lo devolvió con un cuidado que no le pegaba a las manos.

Trajeron la cámara de fibra. Hicieron un agujero del tamaño de un botón en una esquina del cuadrado, metieron el cable con su lucecita y se juntaron todos alrededor de una pantalla diminuta.

Yo no vi lo que salía, porque Alcázar se puso delante, pero vi las caras.

Y las caras lo dijeron todo. Nadie pone esa cara por un tabique vacío.

—Está ahí —dijo, sin girarse. Y luego, más bajo, casi para él—: Al final estaba ahí.

Taparon el agujerito con una masilla del color del gotelé, con mimo de restauradores, y volvieron a colgar la sardina de su clavo, torcida igual que la había dejado yo.

Cuando terminaron, la pared era otra vez la pared de siempre.

Nadie que entrara en mi salón habría dicho que detrás de aquel pescado feo dormían dos millones de euros que media ciudad parecía estar buscando.

—A partir de ahora —dijo Alcázar, ya en la puerta, con los suyos recogiendo—, esta casa no existe para ti. No entras, no te acercas, no vienes ni a por un jersey. Seguís las dos en mi casa, haciendo vida normal, que aquí no pasa nada. Y justo eso es lo que tiene que parecer: que aquí no pasa nada.

—¿Y si preguntan? En el trabajo, mi madre…

—Estás en casa de una amiga porque te hacen obras. Punto. Cuanta menos gente sepa la verdad, más segura estás.

Y se fue con su equipo, con las fotos y la cámara de fibra y el plano de mi casa entera metido en una carpeta, a preparar la manera de cazar a unos hombres que iban a venir, más pronto que tarde, a por una bolsa escondida detrás del dibujo de una sardina.

Doña Puri, que salió de su casa en cuanto oyó a los agentes recoger y que, a su manera, ya había entendido que la sardina escondía algo, me esperaba para bajar juntas al coche.

—Ese cuadro tuyo tan feo —me dijo, bajando la voz mientras cerrábamos mi puerta— resulta que valía un dinero.

—No veas cuánto, doña Puri. No veas cuánto.

Volvimos a casa de Alcázar las dos, ella instalada en la cama buena como una reina y yo en el sofá. Y esa noche, por fin, dormí del tirón, que llevaba semanas sin conseguirlo.