Tiene derecho a… besarme CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La segunda cosa

Me desperté en el sofá de Alcázar sin saber, durante tres segundos larguísimos, dónde estaba. Olía a café. Alguien había puesto la cafetera, y ese alguien no era doña Puri, porque a doña Puri la oía en la cocina discutiendo sobre la conveniencia de darle jamón a Káiser.

—Que no, que a los perros no se les da embutido —decía ella.

Káiser contestaba con un gemido diplomático y lloriqueaba.

Me incorporé con el pelo hecho un desastre y la marca del cojín en la cara.

El colchón del suelo, a mi lado, estaba recogido y doblado contra la pared.

Alcázar ya andaba vestido, duchado, con una camiseta limpia y esa cara de hombre que lleva despierto desde una hora que yo no pienso conocer voluntariamente.

—Buenos días —dijo, y me puso un café delante—. Con leche y sin azúcar. ¿Me equivoco?

No se equivocaba.

—¿Y la segunda cosa? —pregunté, porque la noche anterior me había prometido una segunda cosa y yo esas cosas no las olvido.

Se sentó enfrente, con su propio café, y por la forma en que lo hizo supe que la segunda cosa era gorda.

—Anoche estuve haciendo llamadas —dijo—. Del piso, del casero, del inquilino de antes. Y hay cosas que no encajan.

—Ilústrame.

—El casero es el propietario de verdad. Cardenal llevaba meses sin pagar y, cuando encontró el piso vacío, volvió a alquilarlo a toda prisa para dejar de perder dinero.

No tiene antecedentes ni relación conocida con la banda.

Es un chapucero, no un cómplice. El inquilino que vivía en tu casa se llamaba, o se hacía llamar, Ismael Cardenal.

Un nombre que en mi mundo conocemos. No era el jefe de nada, pero sí es la clase de tío al que le dejan cosas a cargo.

—Le dio una vuelta a la taza sin beber—.

Hace dos meses, justo antes de que tú te mudaras, hubo una redada en un almacén a las afueras.

Cayó bastante gente y bastante mercancía.

Pero faltaban dos millones de euros. Y faltaba Cardenal.

Yo tenía el café a medio camino de la boca y ahí se quedó.

—Deja que lo adivine. Cardenal vivía en mi piso.

—Cardenal vivía en tu piso. Y desapareció de un día para otro, sin avisar al casero y dejando el contrato y varias facturas pendientes, justo cuando sus cosas se complicaban.

—Me miró—. La gente que huye con esas prisas no huye con maletas.

Huye con lo puesto. Y a veces deja atrás lo que no puede llevarse encima.

—¿Dinero?

—Puede. No lo sé. Nadie lo sabe, y por eso hay alguien dándose paseos por tu rellano. —Se pasó la mano por la nuca—. Cardenal debe una fortuna a gente que no perdona. Si ese dinero desapareció con él, lo buscan a él. Pero si ese dinero no salió de la casa…

No terminó la frase. No hacía falta que la terminara. La terminé yo, solita, en mi cabeza, y no me gustó nada cómo sonaba.

—Entonces lo que buscan está en mi casa —dije—. Y yo llevo dos meses durmiendo encima.

—Puede que no haya nada. Puede que Cardenal se lo llevara y esto sean fantasmas.

Los registros no encontraron nada, y mis hombres buscaban bien.

—Se quedó pensando—. Pero si yo fuera el que le dejó ese dinero a Cardenal para que lo guardara, y Cardenal hubiera volado, yo también querría echar un vistazo a esa casa. Por si acaso.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Ahora, lo que te dije. La segunda cosa. —Dejó la taza—. Voy a poner tu casa bajo vigilancia de verdad. No un coche que pasa. Vigilancia. Y voy a pedir autorización para volver a registrarla, esta vez buscando lo que hay que buscar, no lo que buscábamos la primera noche.

—O sea, que me vais a volver a poner la casa patas arriba.

—Con más educación esta vez. Y sin tirarte la puerta. —Casi le sale una sonrisa, y la sujetó a tiempo—. Te lo debo.

Doña Puri, que había seguido toda la conversación desde el sillón con las tostadas en el regazo y una atención de documental, levantó por fin la voz.

—A ver si lo he entendido. —Dejó el plato—. Que la niña ha estado viviendo dos meses encima de un dineral de la droga sin saberlo. Que hay un asesino dándose garbeos por mi rellano. Y que ustedes, la policía, se pasearon por esa casa una noche entera con perro y todo y no encontraron nada.

—Más o menos, señora.

Doña Puri se recostó en el sillón, cerró los ojos un momento y meneó la cabeza con la solemnidad de quien ha visto muchas cosas y todas malas.

—Este país —dijo— no lo arregla ni Dios.

Como no íbamos a arreglar nada con un café en el estómago, Alcázar nos llevó a las dos a desayunar de verdad a una cafetería.

Doña Puri pidió churros para las dos sin consultarme, decidió que Alcázar le caía bien, y de camino a la mesa me agarró del brazo y me dijo al oído, con esa delicadeza suya de apisonadora:

—A ese te lo tienes que quedar, hija.

No le contesté. Pero miré a Alcázar, que en ese momento se agachaba a quitarle a Káiser un azucarillo robado de una mesa vacía, riñéndole en voz baja como a un niño, y pensé que doña Puri, que llevaba razón desde febrero, a lo mejor la llevaba también en esto.