Tiene derecho a… besarme CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Quien mucho abarca

Hay una teoría que dice que la felicidad no avisa, que llega de puntillas y se va dando un portazo. En mi caso, y para ser justos, la desgracia también entró por la puerta, aunque a mí me pilló en el trabajo, que es donde me pilla todo.

Habían pasado dos semanas desde la cena de las gambas y del muro que le puse a Alcázar, un muro que, todo hay que decirlo, tenía las mismas goteras que el techo de mi tío.

Seguíamos con lo de la seguridad. Él aparecía, me acompañaba, subía a comprobar cerraduras que no lo necesitaban.

Yo le daba de cenar y le juraba que aquello no significaba nada.

Y Káiser, mientras tanto, se había adjudicado un sitio fijo en mi salón, entre el sofá y la sardina, desde donde vigilaba el cuadro con la misma desconfianza de siempre.

—Otra vez con la sardina —le dije una noche, mientras recogía—. Chico, hay cuadros peores en esta casa y a ti te obsesiona el único que me hace ilusión.

Káiser ladeó la cabeza y soltó uno de esos gruñidos suyos de conversación. Alcázar, desde el sofá, lo miró un segundo de más y luego siguió a lo suyo. No le di importancia. Con aquel perro nunca se sabía si defendía a la patria o le tenía manía a una lámina de veinte euros.

El caso es que empezaba a acostumbrarme. Y acostumbrarse, cuando una lleva la vida que llevo yo, es el primer síntoma de que algo va a torcerse.

Se torció un martes.

Aquella tarde entré a trabajar como siempre, dejé el móvil en la taquilla como siempre, y me metí en el servicio, que fue de los de sudar la camiseta.

Salí a las once y pico, molida, y al encender el teléfono me encontré con la pantalla llena: cuatro llamadas perdidas y un mensaje de doña Puri, y dos llamadas más de Alcázar.

El mensaje de doña Puri decía así, con sus mayúsculas y su alma: «HIJA LLAMA. HA VUELTO EL DE LA CAZADORA. ESTA VEZ HA SUBIDO.»

Se me quitó el hambre de golpe.

Llamé a Alcázar antes de salir de la taquilla, sin ponerme siquiera la chaqueta. Descolgó al primer tono.

—¿Dónde estás? —Ni hola. Otra vez.

—En el restaurante. Acabo de salir. Tengo cuatro perdidas de mi vecina, dice que ha subido, ¿qué ha pasado?

—Estoy en tu portal. No vengas andando. Espérame en la puerta del Almirez, que voy a por ti. No cuelgues.

—Alcázar, me estás asustando.

—Pues quédate asustada un rato, pero no te muevas de ahí. Voy para allá. Dos minutos.

No colgó, y yo tampoco. Le oí bajar unas escaleras, abrir la puerta de un coche, arrancar. Le oí respirar. Y hasta que no vi los faros doblar la esquina del callejón no me di cuenta de que yo también llevaba un rato sin respirar bien.

Se bajó del coche sin apagarlo. Káiser venía en el asiento de atrás, con el morro pegado al cristal, y por una vez no ladró ni hizo la fiesta. Los perros saben cuándo no toca.

—¿Estás bien? —Me puso las manos en los hombros y me miró la cara buscando algo.

—Estoy bien, que no me ha pasado nada, que estaba aquí. La que ha estado sola en el edificio es doña Puri.

Algo le cambió en la mandíbula.

—Sube al coche.

Por el camino me lo contó a trozos, con la vista en la carretera y las dos manos en el volante, muy quietas.

Doña Puri lo había visto entrar en el portal detrás de un repartidor, sin llamar a ningún timbre.

Lo había oído subir hasta mi rellano. Lo había oído pararse en mi puerta un rato largo, un rato que ella midió desde la mirilla con el corazón en la boca.

Y luego lo había oído bajar y marcharse, sin forzar nada, sin dejar nada. Solo comprobando una dirección.

—No ha entrado —dije, más para mí que para él.

—No. Esta vez no. —Frenó en un semáforo y me miró—. Candela, esto ya no es un tío parado en una acera. Esto es alguien tomándose su tiempo. Estudiando la casa. Y la gente que estudia así una casa no lo hace por gusto.

—Ya me lo dijiste. Que buscan algo.

—Y creen que está en tu piso. —Arrancó otra vez—. Voy a hacer dos cosas. La primera, esta noche no duermes ahí.

Abrí la boca para protestar, por costumbre, porque yo protesto hasta cuando me dan la razón. Pero me acordé de la puerta volando a las dos de la mañana, y de la mirilla, y de doña Puri sola contando los segundos, y la cerré.

—¿Y la segunda cosa?

—La segunda te la digo mañana. Que una desgracia por noche es suficiente.

Paramos delante de mi portal para recoger a doña Puri, que había esperado dentro de su casa con Molina desde que Alcázar salió a buscarme. Alcázar subió con Káiser a por ella mientras yo esperaba en el coche con el motor encendido y las puertas cerradas.

Bajaron los tres al cabo de diez minutos. Doña Puri traía una bolsa de viaje de cuando Franco, el bolso apretado contra el pecho y una dignidad de reina destronada. Se sentó a mi lado en el asiento de atrás, muy tiesa, y tardó exactamente cuatro segundos en volver a ser doña Puri.

—Yo lo dije —murmuró—. Desde febrero lo vengo diciendo.

—Lo dijo usted, doña Puri. Tenía razón en todo.

—Pues claro que tenía razón. —Se ablandó un pelín—. Aunque me alegro de equivocarme contigo, hija. Yo te tenía por una golfa y mira, resulta que eres una víctima.

—Muchas gracias.

—De nada.

Alcázar, al volante, hizo un ruido raro que tardé en identificar como una risa que se estaba tragando. Y aquello, no sé por qué, con el miedo todavía metido en el cuerpo, fue lo que me hizo sentir, después de toda la tarde, que a lo mejor no estaba tan sola en aquel lío.

Nos llevó a su casa. A esas horas no había ningún alojamiento seguro preparado y no pensaba separarnos hasta saber qué estaba pasando.

Era un piso de hombre solo y ordenado, con pocas cosas y todas en su sitio, que olía a café y a perro.

Le dio su cama a doña Puri, que protestó lo justo para quedar bien y aceptó enseguida.

A mí me tocó el sofá. A él, un colchón en el suelo del salón, al lado del mío, con Káiser haciendo de frontera entre los dos, tumbado cuan largo era y roncando como un camionero.

Nos quedamos un rato despiertos, en la oscuridad, cada uno en su sitio, con el perro en medio.

—Oye —dije, bajito, para no despertar a doña Puri—. Gracias. Por todo esto.

—Es mi trabajo.

—Ya. Claro. Tu trabajo. —Sonreí en la oscuridad, donde no se veía—. ¿Y sacar el colchón bueno para la denunciante y quedarte tú en el suelo también es procedimiento?

Tardó en contestar.

—Duérmete, Candela.

Y me dormí. Con un narco buscándome la casa, en el salón de un hombre al que me había prometido no querer, con un perro roncando de frontera y una vecina en la habitación de al lado. Me dormí como no dormía en semanas.

Ese era, otra vez, exactamente el problema.