CAPÍTULO 7
Por seguridad
Marqué antes de pensarlo.
—Candela. —Descolgó al primer tono, con el móvil ya en la mano—. ¿Qué pasa?
—Estaba en el portal de enfrente, cuando te ibas. El de la cazadora. Se metió en cuanto levantaste la cabeza y se fue por la esquina. No sé si me lo he inventado.
—No te lo has inventado. —Le oí ponerse de pie—. No abras. No te asomes. Dame cinco minutos.
No fueron cinco. Fue el coche patrulla, que estaba a dos calles, el que dio la vuelta a la manzana con las luces apagadas mientras yo miraba desde el visillo, quieta, sin encender la luz. Peinaron la calle, los portales, la boca del metro, los coches aparcados. Nada. El hombre se había esfumado.
Alcázar volvió a subir. En diez minutos había pasado de despedirse en mi escalera a estar otra vez en mi salón, y esta vez no traía cara de vecino que viene a cenar.
Traía la otra. La del chaleco, aunque llevara la sudadera del revés y una miga de mi pan en la barba que no le avisé que tenía, por pura maldad.
—Lo tenía a treinta metros y no lo vi —dijo, y no era una pregunta, era un reproche que se hacía a sí mismo—. Estaba yo aquí, precisamente, y no lo vi.
—Estabas cenando... A cualquiera se le escapa un narco por un buen rape.
No le hizo gracia. A mí tampoco, del todo, pero cuando me pongo nerviosa hago chistes, es una tara de familia. Mi madre en los funerales es un peligro.
—Candela, escúchame. —Se puso delante de mí, muy serio—.
Esto ya no es «probablemente no es nada».
Ese hombre ha venido, ha preguntado, ha esperado, y ahora sabe que la casa está ocupada.
Voy a poner vigilancia de verdad. Y mientras dure, no vuelves sola de noche.
Si sales tarde, me avisas y alguien te acompaña.
—Yo salgo a la una, a las dos…
—Me da igual la hora.
—No puedo tener a la Policía Nacional haciéndome de taxi cada noche.
—No a la Policía Nacional. —Lo dijo mirando al suelo, y ya no quedaba nada de operativo en su voz—. A mí.
Y ahí me callé. Que ya es raro.
Durante las dos semanas siguientes, Alcázar descubrió una palabra que le servía para todo: seguridad.
Todo lo hacía «por seguridad». Aparecer con Káiser a la puerta de El Almirez a la hora de mi salida, apoyado en el coche con cara de pasar por allí de casualidad a la una de la madrugada, era «por seguridad».
Acompañarme las cuatro calles hasta el portal, con el perro trotando feliz entre los dos, era «por seguridad».
Subir a comprobar que todo estaba en orden y quedarse diez minutos, veinte, media hora, era, cómo no, «por seguridad».
Yo le seguía el juego, porque también me convenía. Una noche hasta le lavé la sudadera del revés, la puse a secar en el radiador, y él se quedó en camiseta en mi salón fingiendo que aquello también era un asunto de seguridad nacional.
Nos escondíamos los dos detrás de la palabra seguridad, y no engañábamos a nadie. Ni a nosotros.
Káiser, mientras tanto, había tomado una decisión ejecutiva sobre su vida: mi salón era suyo.
Tenía su rincón entre el sofá y la ventana, su cuenco de agua que apareció un día sin que nadie lo comprara, y una manía nueva de sentarse debajo de la sardina de mi hermana a vigilarla, no fuera a escaparse el pescado.
Yo le decía a Alcázar que ese perro estaba fatal de la cabeza.
Y Alcázar me decía que el perro sabía perfectamente lo que hacía.
El barrio lo veía todo. El barrio y doña Puri, que para el caso son lo mismo.
—Ese hombre te acompaña a casa todas las noches —me dijo una mañana en el rellano, con el dedo en alto.
—Es por seguridad, doña Puri.
—Anda, anda. En mis tiempos a eso se le llamaba cortejar. Pero llámalo tú seguridad, hija, que yo ya me entiendo.
Y se metió en su casa dejándome con la última palabra en la boca, como siempre.
Lo que no vi venir fue que la palabra seguridad acabara entrando en El Almirez.
Fue un jueves, servicio de mediodía, la cocina a tope, yo en el caliente, que ya era mi sitio fijo.
Cristóbal había estado dos semanas de baja y, cuando volvió, Robledo lo pasó a producción y me dejó en su puesto.
También me cambió el horario: dejé las mañanas de cuarto frío y pasé a cubrir los servicios de mediodía y noche.
En mitad del fragor, Vero, que había salido a llevar un plato a sala, volvió con una cara rara y se me pegó al oído.
—Chica. Hay un tío en la mesa siete que no le quita ojo a la puerta de la cocina. Grande. Serio. Con pinta de poli a kilómetros.
Se me cayó el alma a los fogones. Me asomé por el ventanuco del pase, y ahí estaba.
Alcázar. En una mesa para dos, de paisano, con un menú en la mano que no estaba leyendo, fingiendo fatal que era un cliente normal.
Había venido a comer a mi restaurante. El pez gordo que sale en el telediario, a comerse mi comida.
«Por seguridad», me dije, y casi se me escapa la risa en mitad del servicio.
—Ese es el mío —le dije a Vero.
—¿Ese? ¿Ese es «el perro»? —Porque a Vero, hasta entonces, solo le había hablado de un perro. Era mi manera de no hablar de lo otro—. Candela, hija de mi vida, eso no es un perro. Eso es un señor como un armario. Me has estado mintiendo semanas.
—No te he mentido. Hay un perro. Lo que pasa es que viene con contexto.
Robledo, que se entera de todo, cantó un plato para la siete sin levantar la vista de la plancha.
—La siete va con prisa. Y con hambre. Trátalo bien, que mira mucho.
Vero, a mi lado, me clavó el codo en las costillas con una sutileza de tractor.
Me puse roja hasta la cofia, y decidí que, ya que el hombre había tenido la cara de plantarse en mi terreno, iba a jugar en mi terreno.
Que en la cocina la que manda soy yo, no la placa.
No le mandé lo que había pedido. Le mandé lo que yo quería que probara, un plato mío que había peleado con Robledo para meter en la carta.
Lo emplaté con un cuidado que no le pongo ni a los críticos, y le escondí debajo del borde del plato, donde solo lo viera él, un papelito de la libreta de comandas con dos palabras: «Por seguridad. »
Vero se lo llevó. Lo vi leer la nota, y vi a aquel hombre de metro noventa, terror de los narcos del sur, ponerse rojo en una mesa para dos delante de todo el comedor.
Levantó la vista hacia el ventanuco, pero yo ya me había escondido.
Me asomé lo justo para verlo sonreír a su plato, esa sonrisa entera que guardaba a cal y canto, y rebañar hasta el último trazo de salsa, igual que había rebañado el rape.
—Estás perdida —me susurró Vero al volver—. Perdidísima. Y él más.
No se lo discutí. Y eso, en mí, que discuto hasta con las señales de tráfico, es prácticamente una confesión firmada.
Alcázar pagó y dejó propina, pero antes de salir le dijo algo a Vero, y Vero vino a darme el recado con voz de locutora:
—Que dice el señor que la cena la paga él. Esta noche. Que pasa a por ti a la salida. —Hizo una pausa, disfrutándolo—. Por seguridad.
Y toda la cocina, hasta Robledo, hasta el friegaplatos, soltó una carcajada que se oyó en la mesa siete, que ya estaba vacía.
Pasó a por mí a la salida, como había prometido. Sin coche esta vez. A pie, con Káiser, con una camisa en vez de la sudadera del revés, recién duchado y oliendo a limpio. Lo primero que pensé fue que se había cambiado. Lo segundo, que ojalá no se me notara que me había fijado.
—No me lleves a ningún sitio caro —le advertí—. Que vengo de estar diez horas viendo comer a otros y lo único que quiero es una cerveza y sentarme donde no me griten «oído».
Me llevó a un bar de barra de zinc y gambas al ajillo, sin manteles, del montón, que era exactamente lo que yo necesitaba.
Nos sentamos en una mesa de la esquina, Káiser debajo hecho una alfombra, y hablamos.
De Sevilla y de su pueblo del norte, de por qué yo cocino y de por qué él persigue a gente mala.
Nada personal. Nada que no se pudiera contar en voz alta en aquella barra.
Y estuvo bien. Estuvo demasiado bien, y eso fue lo que me puso en guardia.
Porque una cosa era que me acompañara a casa por un narco, y otra estar riéndome con él a la una de la madrugada delante de una ración de gambas, sin ningún narco a la vista, pasándomelo mejor que en mucho tiempo.
Así que hice lo que hago cuando algo se me empieza a ir de las manos: le puse un muro.
—Oye, que quede clara una cosa —dije, señalándolo con una gamba—. Esto es una cena de agradecimiento y la voy a pagar yo. Por lo de la puerta, lo del coche y lo de hacerme de guardaespaldas. Nada más. Que no se te suba.
Levantó las manos, muy serio.
—Ni se me ocurre.
—Bien.
—Es estrictamente profesional.
—Exacto.
—Una cena de trabajo.
—Ahora te estás pasando —dije, y él soltó una carcajada, y yo tuve que mirar la gamba con mucho interés para que no se me notara nada.
Me acompañó a casa. En el portal nos dimos las buenas noches como dos personas normales, sin ninguna tontería, y se lo agradecí, porque si aquella noche hubiera pasado cualquier otra cosa no habría sabido qué hacer con ella.
Me apartó un mechón de la cara, eso sí lo hizo, y yo hice como que no había pasado.
Me dijo «echa el pestillo, que te oiga», y esperó en la calle a oír mis tres vueltas de cerradura antes de irse.
Subí, y no floté. Que quede claro. No floté. Bueno. Un poco.
Me asomé al visillo, por costumbre ya, a verlo cruzar la calle con el perro. Y la calle estaba vacía. Del hombre de la cazadora, ni rastro. Por una vez, el miedo me había dado la noche libre.
Me dormí pensando que aquella ciudad, que hacía mes y medio no era más que un piso barato en una calle cualquiera, se había convertido en un sitio donde alguien me esperaba a la salida.