Tiene derecho a… besarme CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Puchero para dos

Yo, cuando algo me supera, cocino. Mi madre reza, mi hermana se compra zapatos, y yo pico cebolla hasta que el problema encoge.

Aquella semana me superó bastante, y lo peor era que no pasaba nada.

Del hombre de la cazadora no volví a saber.

El coche que Alcázar había prometido cumplía, y alguna noche, al volver del trabajo, lo veía pasar despacio por mi calle y perderse al final.

Saber que había un motivo para que pasara no me tranquilizaba lo más mínimo.

El sábado libraba. Bajé al mercado y me traje media pescadería: una cabeza de merluza, unas galeras, tomate, lo que me pedían los ojos.

Puse un caldo a fuego lento, con su sofrito y su paciencia, y de ahí saqué un guiso de rape con patatas que olía a domingo de mi abuela.

Cociné toda la mañana con la radio puesta y las ventanas abiertas.

Mientras cocino no le tengo miedo a nada.

El problema fue que cociné para ocho. Yo era una.

Estaba mirando la olla, resignada a comer rape hasta el jueves, cuando sonó el telefonillo.

—¿Sí?

—Candela, soy Alcázar. Pasaba por la zona, la ronda. ¿Todo bien?

—Sube.

—No, si solo era para…

—Que subas. Tengo rape para un regimiento. Tercero B, ya sabes el camino, que la puerta la pusiste tú.

Colgué antes de darle tiempo a decir que no, porque a los hombres como Alcázar hay que pillarles desprevenidos.

Subió con Káiser. Y con público, porque en el descansillo se abrió la puerta de doña Puri, que tiene un radar de aeropuerto, con la excusa de bajar una basura que no existía.

—Ah, es usted —le dijo a Alcázar, encantada—. El de la puerta.

—Buenas tardes, señora.

—Buenas, buenas. Yo no molesto, ¿eh? —Y se quedó en el umbral, molestando, hasta que le di las gracias y le cerré la puerta con mucha suavidad.

Alcázar entró en mi casa con incomodidad. Miró las cajas a medio deshacer y no encontró dónde ponerse. Le señalé la única silla decente.

—Siéntate. ¿Vino o cerveza?

—Estoy de servicio.

—Entonces agua. Aunque estar de ronda por mi calle un sábado por la tarde sigue significando que no tienes un plan mejor.

Le puse un vaso de agua delante y lo aceptó.

Mientras yo emplataba, Káiser hizo su ronda. Olió las cajas, olió el sofá y acabó plantado delante de la sardina, esa lámina fea que me regaló mi hermana y que colgué el primer día. Se sentó debajo y se quedó mirándola con la cabeza ladeada, muy serio.

—¿Ves? Hasta el perro tiene criterio —dije—. A él tampoco le gusta.

Alcázar miró el cuadro, miró al perro y no dijo nada. Llamé a Káiser, que vino a regañadientes, sin quitarle ojo a la sardina, y se dejó caer a mis pies.

Le puse a Alcázar el plato delante. Rape con patatas, caldo hasta el borde y pan del bueno. Lo probó. Cerró los ojos medio segundo y soltó el aire por la nariz. Para una cocinera, esa cara es un aplauso.

—Está muy bueno.

—Ya lo sé. Pero gracias.

Comió despacio y sin dejar nada. Rebañó. Los hombres que rebañan me caen bien de entrada, es superior a mí.

—¿Siempre comes tan rápido? —le pregunté.

—Cuando como de verdad, sí. En esto se come cuando se puede. La mayoría de los días son bocadillos en el coche y café de máquina.

—Qué desastre. Con lo fácil que es cocinar.

—Fácil para ti. Yo pongo un arroz y evacúan el edificio.

Me reí. Costaba imaginármelo peleado con una olla y perdiendo la guerra.

—¿Y qué hace una sevillana tan lejos de su tierra? —preguntó.

—Cocinar, que es lo que hago en todas partes. —Le serví un poco más de caldo sin preguntar—. ¿Y tú? No hablas como de aquí.

—Del norte. De un pueblo pequeño. Vine por trabajo y me quedé.

—¿Y lo echas de menos?

—A veces… Pero con este rape ya menos.

Lo dijo sin mirarme, muy concentrado en el pan, y yo hice como que no lo había oído, porque no habría sabido qué contestar.

—¿Vives solo? —le pregunté, para cambiar de sitio la conversación.

—Con este. —Señaló a Káiser con la barbilla—. Y sobra la mitad de la casa.

—¿Y cómo acabaste con un perro tan loco?

Dejó el tenedor. Se limpió despacio y cuando pensé que no me iba a contestar, habló:

—Káiser no siempre ha sido mío —dijo—. Era de mi compañero. Iñaki. Estuvimos ocho años trabajando juntos. —Bebió un poco de agua—. Hace tres años, en una entrada, la información que nos dieron no era buena. Iñaki iba delante. Yo detrás...

No dijo más. No hacía falta.

—Lo siento —dije. Y me callé, porque cualquier cosa que añadiera habría sobrado.

—El perro se quedó sin guía y medio ido.

Yo había sido guía canino antes de pasar a la brigada, así que pedí que me lo asignaran.

Tardamos meses en conseguir que volviera a trabajar.

—Miró a Káiser, panza arriba en mitad de mi salón—.

Desde entonces vamos juntos a todas partes.

Es mi compañero de batallas, y de trabajo.

Me levanté a por un pan que nadie había pedido, por tener las manos ocupadas. Ahí entendí muchas cosas que no me había parado a pensar. Por qué un hombre que sale en el telediario se implica tanto… No se lo dije.

Káiser eligió ese momento para levantarse, apoyar las dos patas en la mesa y llevarse de un lametón el último trozo de rape del plato que me quedaba.

—¡Káiser! —Alcázar se echó para atrás.

Y con eso se deshizo lo que se estaba formando entre los dos, que a lo mejor era lo que hacía falta. Nos reímos y recogí los platos antes de que se me ocurriera otra cosa.

Le llené dos táperes para la semana y me dejó hacerlo, que en un hombre así es como rendirse. En la puerta, con la bolsa en una mano y el perro tirando ya hacia cualquier parte, se paró.

—Gracias por la cena. Hacía tiempo…

—A ti por la compañía.

—Candela. —Se puso serio, de otra manera—. Lo del hombre de la cazadora sigue ahí. Que hayamos cenado tranquilamente no lo cambia. Ten los ojos abiertos, ¿de acuerdo?

—Lo sé.

Bajó las escaleras. Cerré, eché el pestillo y me asomé al visillo por costumbre.

Lo vi cruzar hacia el coche. Y al final de la acera, medio metido en un portal oscuro, había un hombre con cazadora.

Se apartó en cuanto Alcázar levantó la cabeza y dobló la esquina antes de que me diera tiempo a coger aire para llamarlo.

Alcázar no lo vio. Estaba metiendo al perro en el coche.

Me quedé con la mano en el visillo. No estaba segura de habérmelo imaginado. Pero el miedo, que se había ido toda la tarde de paseo, volvió a sentarse a mi lado.