CAPÍTULO 5
El hombre del saco
La cocina, cuando le coges el punto, es como el mar: un día te mece y otro te ahoga, y nunca sabes cuál te toca hasta que estás dentro.
Llevaba tres semanas en El Almirez y ya no era invisible del todo.
Seguía en cuarto frío con Vero, seguía cortando más cebolla de la que corta una persona en toda su vida, pero el chef Robledo había dejado de mirarme como a una cosa que se va a romper.
A su manera, que consistía en no decir nada, me había aceptado. Hasta que un jueves se lió.
El del caliente, un tal Cristóbal que llevaba en la casa desde antes que el horno, se cortó de verdad, de los de ir a que te cosan, justo cuando empezaban a entrar las comandas.
Y Robledo, que en las emergencias no pierde un segundo en dramas, barrió la cocina con la mirada, me señaló con la punta de la puntilla y dijo dos palabras:
—Al caliente.
Vero abrió la boca. Yo también.
—Chef, yo nunca he…
—Al caliente. Vero te cubre el frío. Vamos.
Y ahí me estrené en la línea caliente de un restaurante de verdad, un jueves a tope, sin ensayo y con el corazón saliéndoseme por la garganta.
Los primeros diez minutos fueron un desastre: se me pasó un punto de lomo, casi quemo una guarnición, se me juntaron tres platos y no sabía por cuál empezar.
Notaba a Robledo detrás de mí sin mirar, sabiendo que estaba.
Y entonces me salió el oficio. El cuerpo se acordó antes que la cabeza de todo lo aprendido a fuerza de años y de prisas.
Bajé los hombros, ordené el caos, empecé a cantar los tiempos como había visto hacer a Cristóbal, y a la media hora la línea caliente y yo habíamos hecho las paces.
Sobreviví al servicio. No brillé, pero sobreviví, que el primer día en el caliente es casi lo mismo.
Cuando salió el último plato, Robledo pasó por detrás de mí, cogió una cuchara, probó el fondo que yo había mantenido vivo toda la noche y lo dejó donde estaba.
—No está mal —dijo.
Para Robledo, «no está mal» era prácticamente una declaración de amor. Vero, desde el frío, me hizo una peineta cariñosa que en su idioma quería decir «te odio, enhorabuena».
Salí a la una de la madrugada, muerta y feliz, con las manos oliendo a ajo y a laurel, y volví andando por mi callejón pensando en la cama. Y esa fue la noche en que el barrio dejó de ser solo un decorado.
Lo noté al llegar al portal. Había un hombre en la acera de enfrente.
Parado, sin hacer nada, que es justo lo que lo hacía raro, porque a la una de la madrugada la gente que está parada sin hacer nada está haciendo algo.
No fumaba, no miraba el móvil, no esperaba a nadie con esa impaciencia de los que esperan.
Solo estaba, con las manos en los bolsillos de una cazadora oscura, mirando hacia los balcones. Hacia los míos, me pareció.
Metí la llave en el portal más rápido de lo normal. Cuando me giré, ya con la puerta abierta, el hombre se había puesto en marcha calle abajo, sin prisa, sin rastro de haber estado parado. No le vi la cara. Le vi la espalda, y esa manera de andar de quien no quiere que se note que se va.
Subí las escaleras de dos en dos, me metí en casa y eché el pestillo nuevo, el bueno, el que cierra con ese ruido gordo y tranquilizador. Y me quedé apoyada en la puerta, riéndome de mí misma. Un tío parado en una acera. Menudo notición. La ciudad me estaba volviendo tan paranoica como doña Puri.
Casi me lo había creído cuando llamaron a la puerta. Di un bote que me despegó del suelo y miré por la mirilla con el corazón desbocado. Doña Puri, en bata, a la una y cuarto de la madrugada. Abrí.
—Hija, gracias a Dios que has llegado —susurró, metiendo medio cuerpo en mi casa—. Llevo esperándote todo este tiempo despierta, que no me quedaba tranquila. Esta tarde vino un hombre. Preguntando. Por el de antes. Por el que vivía en tu piso.
Se me fue de golpe toda la risa.
—¿Qué hombre?
—Uno que yo no había visto en mi vida. Llamó a mi puerta, muy educado, muy suave, y me preguntó si sabía dónde se había mudado el inquilino anterior del tercero B.
Que era un amigo, dijo, que le debía dinero y había desaparecido sin dejar señas.
—Me agarró del brazo—. Y yo, hija, que no soy tonta, le dije que de los vecinos no sé nada y le cerré la puerta.
Pero me quedé con mal cuerpo, porque ese hombre no tenía cara de amigo de nadie.
Me acordé del de la acera. De la cazadora oscura. De los hombros.
—¿Cómo era? —pregunté, y la voz me salió más fina de lo que quería.
—Normal. Ni alto ni bajo y con una cazadora oscura. —Y por una vez no había cotilleo en sus ojos, había miedo—. Candela, ¿tú en qué lío te has metido con ese piso?
—En ninguno. —Y era verdad, lo cual me daba todavía más miedo—. Váyase a dormir, doña Puri. Y gracias. Eche bien la llave.
La acompañé a su puerta, esperé a oír sus tres vueltas de cerradura y volví a la mía.
Me senté en el sofá y miré la casa, mi casa, con la sardina torcida en la pared.
Una parte de mí, la orgullosa, la que no pide ayuda ni para bajar una maleta, estuvo tentada de hacerse la valiente y no molestar a nadie.
Pero había un hombre que me había dicho, un domingo, con vaqueros y sin placa, que dormiría mejor si yo cogía el teléfono en vez de tragármelo todo. Cogí la tarjeta. La una y media. Una hora horrible para llamar a nadie. Le escribí, que es la cobardía de nuestra época.
«Hola. Soy Candela. Perdona la hora. Igual no es nada, pero ha venido un hombre preguntando por el inquilino de antes, y creo que había alguien en mi acera al llegar. Me dijiste que te avisara. Ya está avisado. Mañana lo hablamos si eso.»
Le di a enviar antes de arrepentirme. Cuando volví de lavarme la cara, la pantalla estaba encendida. No era un mensaje, era una llamada. Él.
—¿Estás en casa? ¿Con la puerta cerrada? —Ni hola.
—Sí. Y con el pestillo. Oye, que era solo para avisar, no hacía falta que…
—¿Le has visto la cara al de la acera?
—No. Solo la espalda. Pero mi vecina dice que habló con él.
—Bien. No abras a nadie que no sea yo. Estoy ahí en diez minutos.
—Alcázar, es la una y media, no hace falta que…
—Nueve minutos. —Y colgó.
Me quedé con el móvil en la mano, en mitad de mi salón, oliendo a ajo, con el corazón haciendo cosas que no le había pedido.
Y lo peor de todo, lo verdaderamente imperdonable, fue darme cuenta de que, por debajo del susto, había otra cosa completamente distinta abriéndose paso. Alivio. Y algo peor que el alivio.
Abajo, en la calle, un coche frenó. Uno de esos frenazos secos de quien aparca fatal a propósito porque no piensa quedarse.
Me asomé con dos dedos de visillo y vi un coche oscuro sin rótulos, y a un hombre grande bajarse y sacar del asiento de atrás a un perro que reconocería en la otra punta del mundo.
Ocho minutos. Había dicho nueve y había tardado ocho.
Bajé a abrirle el portal antes de que llamara, porque no quería que despertara a medio edificio y porque bajar era mejor que quedarme arriba pensando. Cuando abrí, Káiser embistió primero, todo lametones y vueltas, y detrás llegó él.
Y aquí, para que se me entienda, hay que aclarar una cosa.
El Alcázar del chaleco imponía. El de los vaqueros del domingo desarmaba.
Pero el de la una y media de la madrugada, con un pantalón de chándal, una sudadera del revés y el pelo de haberse levantado de la cama de un salto para venir a ver si a mí me pasaba algo, ese ya era jugar sucio.
—¿Estás bien? —Me miró de arriba abajo, rápido, comprobando que no faltaba ninguna pieza.
—Estoy bien. Huelo a ajo, pero estoy bien.
—¿Por dónde se fue el de la cazadora?
Le señalé calle abajo. Me pasó la correa de Káiser a la mano, con toda la naturalidad del mundo, y se fue andando hasta la esquina, mirándolo todo de esa manera que tienen los que miran para trabajar y no para pasear. Volvió con las manos en los bolsillos y esa cara suya de no dar nada por sentado.
—No hay nadie. Ya se fue. Cuéntame otra vez lo de tu vecina. Exactamente qué le preguntó ese hombre.
Se lo conté. Que había venido por la tarde, muy suave, preguntando por el inquilino anterior, con el cuento del amigo que le debía dinero y había desaparecido.
—Eso es mentira —dijo cuando terminé—. Nadie busca así a un amigo. —Se quedó pensando un momento, con el perro sentado entre los dos—. Buscan algo. O a alguien. Y por lo que sea creen que en ese piso hay respuestas.
—¿En mi casa?
—En el piso. En el edificio. No lo sé. —Y me miró de frente, y esta vez la palabra «procedimiento» no apareció por ningún lado—. No quiero asustarte. Pero tampoco te voy a mentir para que duermas mejor.
Se lo agradecí. Que no me tratara como a una tonta a la que hay que acunar. En Sevilla dejé a más de uno por menos.
—¿Y qué hago?
—Nada raro. Vivir. Echar la llave. —Sacó el móvil y tecleó algo—. Voy a pedir que un coche pase por tu calle un par de veces por noche esta semana, sin alboroto. Y tú, cualquier cosa, a cualquier hora, me llamas. No me escribes con eso de «mañana lo hablamos si eso». Me llamas.
—Vale.
—Dilo en serio.
—Lo digo en serio. —Y lo decía.
Nos quedamos un momento así, en el portal, a la una y tres cuartos de la madrugada, con un perro de por medio y una distancia entre los dos que se había vuelto, de repente, muy consciente de sí misma.
—Bueno. Káiser, vámonos. —Se aclaró la garganta.
Le devolví la correa, y nuestras manos se rozaron en el traspaso, lo justo, lo tonto, y los dos hicimos como que no.
—Gracias por venir. En chándal y todo.
—La sudadera la llevo del revés, ¿verdad?
—Del revés y con la etiqueta fuera. Pero no quería decírtelo.
Se miró, resopló una risa por la nariz, y se fue hacia el coche tirando de un Káiser que se dejaba arrastrar mirándome con ojos de abandono en la cuneta. Antes de subir, se giró.
—Echa el pestillo.
—Ya voy.
—Ahora. Que te oiga.
Subí y eché el pestillo con las tres vueltas, bien fuerte, para que se oyera desde la calle.
Desde la ventana lo vi meter al perro en el coche, levantar la vista hacia mi balcón, comprobar que la luz seguía encendida, y solo entonces arrancar.
Me quedé un rato detrás del visillo, con una sonrisa que no venía a cuento y un miedo que sí venía, los dos peleándose por el mismo sitio del pecho.
—Ni se te ocurra —le dije a mi reflejo en la ventana. Y no me hice ni caso.