Tiene derecho a… besarme CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Fuera de servicio

Los días siguientes fueron cogiendo forma.

Es lo que tiene el trabajo de verdad, que te ordena la vida a la fuerza.

Entraba a las siete, salía a las cinco o a las tantas según el servicio, volvía andando por el mismo callejón y caía en el sofá como un saco.

Deshice tres cajas. Encontré la cafetera y la casa empezó a parecerse a una casa.

De la noche de la puerta no volví a saber nada.

Ni de Alcázar, ni del perro. Doña Puri me daba los buenos días con una sonrisa cómplice, y a mí se me iba pasando el enfado poco a poco, porque estaba demasiado ocupada para mantenerlo.

La tarjeta seguía en la encimera. Me la había encontrado dos o tres veces al ir a por un vaso, la había leído entera, y la había vuelto a dejar en el mismo lugar.

Hasta el domingo. El domingo libraba, y lo dediqué a lo que dedica su día libre cualquiera sin vida social en una ciudad nueva: a la compra.

Bajé al mercado de la plaza, llené dos bolsas de tomates buenos, un pan como Dios manda y unas cosas para probar una receta, y volvía tan tranquila, con el sol de la tarde en la cara.

Y entonces oí el ladrido. No uno cualquiera, sino un ladrido agudo, escandaloso, de alegría desbordada, de los que solo suelta un animal que acaba de ver lo que más quiere en el mundo. Me giré por instinto, y a treinta metros, en la otra acera, vi a un pastor alemán perder por completo la cabeza.

Káiser. Tiró de la correa con todo el cuerpo, y el hombre que iba al otro extremo dio un traspié y estuvo a punto de besar el suelo. Cuando recuperó el equilibrio, levantó la vista para ver qué le había vuelto loco al perro. Y me vio.

Y ahí ocurrió una cosa curiosa: no reconocí a Alcázar.

Sabía que era él, pero no era el mismo hombre.

El de mi salón era un armario con chaleco táctico, todo ángulos y autoridad.

Este iba en vaqueros y una camiseta gris gastada, sin afeitar, con el pelo revuelto, y parecía diez años más joven y mil veces más humano.

Un hombre cualquiera paseando a su perro un domingo.

Un hombre al que, de haberlo visto sin más, habría mirado dos veces. Me fastidió muchísimo pensar eso.

Cruzó la calle porque el perro no le dejó otra opción. Káiser llegó a mí antes que él, me puso las patas en la barriga y me tiró una bolsa, y tres tomates salieron rodando calle abajo.

—Káiser, no. ¡Káiser! —Alcázar llegó tirando de la correa, coloradísimo—. Lo siento. No sé por qué se pone así.

—Ya veo. —Me agaché a rescatar lo que pude mientras el perro me lamía la oreja—. Es la segunda vez que me tiráis algo al suelo. Empiezo a tomármelo como algo personal.

Recogió dos tomates de la cuneta, los limpió con el borde de la camiseta por si eso los salvaba y me los tendió con una cara de circunstancias que, en un hombre tan grande, resultaba hasta cómica.

—Estos ya…

—Esos ya están para el gazpacho. Dame.

Se quedó ahí plantado, con la correa en una mano y el perro sentado sobre mi pie por enésima vez en nuestra corta y accidentada relación, y por un momento ninguno de los dos supo qué decir. No hay protocolo para encontrarte por la calle, un domingo, con el hombre que te tiró la puerta abajo.

—¿Vives por aquí? —pregunté, más por llenar el hueco que por otra cosa.

—A unos veinte minutos andando. Bueno. El perro tira siempre para este lado desde… —Se calló—. Desde hace poco. No sé por qué.

—Ya. Un misterio.

—Un misterio.

Y a los dos se nos escapó algo parecido a una sonrisa, y los dos miramos al perro para no mirarnos.

Podríamos habernos despedido ahí, pero Káiser no tenía ninguna intención de despedirse de mí, y su dueño tampoco tenía mucha prisa, así que acabamos andando en la misma dirección, hacia mi casa, con el perro trotando feliz entre los dos, muy orgulloso de habernos juntado.

—¿Qué tal el trabajo? —preguntó—. Lo de las dos horas de sueño.

—Sobreviví. Al final resulta que se me da bien.

—Me alegro. —Y sonó a que era verdad.

Anduvimos media manzana sin decir nada, y no fue de esos silencios incómodos, fue de los otros. Luego, cuando ya se veía mi portal, cambió el tono. Lo justo para que yo lo notara.

—Oye. Candela. Te voy a pedir una cosa, y no quiero que te asustes.

—Cuando alguien te dice que no te asustes es justo cuando te asustas.

—Ya. Nada. Que si algún día viene alguien preguntando por el piso, o por el que vivía antes, o notas a alguien rondando el portal que no te encaje, me llames. A mí. Al número de la tarjeta.

Dejé las bolsas en el suelo. Aquello me sonó a demasiado.

—A ver si lo entiendo. Después de tirarme la puerta abajo por confundirme con una narcotraficante, ¿ahora me vienes con que la que está en peligro soy yo?

—No he dicho eso. He dicho que me llames si pasa algo raro.

—Me miró serio—. La operación se cerró en falso.

El que buscábamos se fue con prisa, y la gente que se va así, después trae otro tipo de problemas.

Probablemente no sea nada. Pero vives ahí ahora, y yo dormiría mejor sabiendo que, si algo te inquieta, coges el teléfono en vez de hacerte la valiente.

Me quedé sin réplica ingeniosa, que en mí es un acontecimiento. Porque una cosa era el pez gordo de la placa y otra este hombre en vaqueros, un domingo, diciéndome que dormiría mejor.

—Vale. Si viene el hombre del saco, te llamo. ¿Contento?

—Contento.

—Bueno. Pues gracias otra vez. Por la puerta, por el aviso y por prestarme a este cada vez que nos cruzamos.

—A este no te lo presto yo. Se presta solo. —Y por fin sonrió del todo, y le cambió la cara entera—. Desde que se quedó conmigo no le ha hecho caso a nadie que no sea yo. Y mira a quién ha ido a elegir.

—A la sospechosa.

—Exacto. A la sospechosa.

Nos quedamos otro segundo así, en la acera, con el perro entre los dos y una ración de tomates magullados, y por un momento pensé que la escena tenía un no sé qué que empezaba a gustarme.

Entonces, desde una ventana de un tercero, una voz que yo conocía muy bien rompió el momento.

—¡Candela, hija! ¿Ese es el de la puerta?

Doña Puri. Asomada, con los codos en el alféizar y una sonrisa de oreja a oreja.

—Buenas tardes, señora —dijo él, educadísimo.

—¡Buenas, buenas! ¡No os cortéis por mí, eh!

Y ahí se acabó lo que se daba. Alcázar tiró de la correa, Káiser se dejó arrastrar mirándome con reproche, y yo subí a mi casa con dos bolsas, tres tomates para el gazpacho y la sensación incómoda de que aquella tarde de domingo me había gustado más de lo que estaba dispuesta a admitir ni bajo tortura.

Doña Puri me esperaba en el rellano, cómo no.

—Ese hombre ha venido hasta tu portal. Dos veces en una semana. Que yo de esto sé.

—Ese hombre paseaba al perro, doña Puri.

—Sí, hija, sí. El perro. —Y se metió en su casa muy digna, dejándome con la palabra en la boca.

Y como al domingo le faltaba un remate, sonó el teléfono. Mi madre, los domingos a las diez, como un reloj suizo pero con acento de Triana.

—¿Estás comiendo bien? Te noto la voz rara.

—Sí. Estoy estupendamente, mamá.

—¿Sigues sola? ¿No has hecho amigos? Una chica joven no puede estar todo el día entre pucheros.

—He hecho una amiga. Vero, del trabajo. Y conozco gente.

—¿Gente? ¿Un chico?

—Un perro, mamá. Conozco un perro.

—Candela.

—Que es verdad. Un pastor alemán precioso.

Mi madre soltó ese suspiro suyo que lleva treinta años pronosticando mi soltería con la seguridad del parte meteorológico.

—Un perro. Mi hija en la capital y lo único que me cuenta es que ha conocido a un perro...

—Bajó la voz por pura costumbre, aunque mi padre vivía en la otra punta de Sevilla desde que se divorciaron doce años atrás—.

Mira, hija, tú sabrás. Pero a los perros los pasea alguien. Acuérdate de lo que te digo.

Me acordé, vaya si me acordé. Colgué, me senté en el sofá con un tomate en la mano como una manzana, y le di un mordisco pensando que mi madre, que no sabía absolutamente nada, acababa de dar en el clavo sin despeinarse. Es un don que tienen las madres, un don insoportable.

Fuera ya era de noche. En algún piso del patio, alguien freía pescado.

Y yo, que llevaba semanas sintiéndome bastante sola en aquella ciudad, esa noche no lo estaba.

Estaba, más bien, vigilada por partida triple: por una vecina en bata, por una madre a doscientos kilómetros y por un perro de cuarenta kilos que tiraba siempre para mi calle.