CAPÍTULO 3
Bautismo de fuego
Salí de casa a las seis y cuarenta con dos horas de sueño, el pelo mojado y un problema enorme con la puerta.
Una cosa es irte a trabajar y dejar la casa cerrada, y otra dejarla abierta de par en par, con un precinto de plástico por toda defensa y treinta cajas dentro, la mitad con cuchillos que me habían costado un riñón.
No podía llevármelo todo ni podía quedarme, y el hombre de la puerta no llegaba hasta las diez.
Solo había una persona despierta en aquel rellano a las seis y cuarenta. Una persona que, de hecho, no creo que duerma nunca. Llamé al timbre de enfrente.
Doña Puri abrió al segundo toque, ya vestida, ya con las gafas puestas. Llevaba desde las cinco esperando que alguien la necesitara, se le notó en la cara.
—Doña Puri, buenos días. Verá, tengo que irme a trabajar y me han dejado la casa sin puerta. Van a venir a las diez a ponerme una. ¿Puede estar pendiente? Solo que no entre nadie que no sea el de la puerta.
La vi crecerse. Le acababa de dar, sin querer, el mejor regalo de su vida: una misión de vigilancia oficial, con mi bendición y todo.
—Descuida —dijo, cuadrándose casi—. De aquí no pasa ni el aire.
—Se lo agradezco much…
—¿A qué hora viene? ¿Sabes el nombre? ¿La empresa? ¿Vendrá en furgoneta o en coche particular? Porque si viene en coche particular ya te digo yo que…
—A las diez, doña Puri. Me tengo que ir.
Y me fui con la extraña sensación de haberle entregado las llaves de mi reino a la única persona del edificio convencida de que yo era una narcotraficante. Pero era eso o dejar la casa a merced de cualquiera, así que elegí al diablo conocido.
El Almirez estaba a quince minutos andando, y entré por la puerta de servicio, como me habían dicho.
Me recibió un olor a mantequilla y a fondo de carne que me despertó más que la ducha.
La cocina era pequeña para lo que salía de ella, y estaba llena de gente que se movía en una coreografía que yo no conocía.
Nadie me miró. El primer día, en una cocina, eres invisible hasta que demuestras que no vas a estorbar.
El chef Robledo sí me miró. De arriba abajo, en dos segundos, con la eficacia del que lleva treinta años decidiendo en una ojeada si vas a durar o no.
—La nueva. Segunda de partida. Vas con Vero, en cuarto frío, hasta que yo diga. Aquí se llega a la hora, se calla, se trabaja y se prueba todo antes de que salga. ¿Alguna duda?
—Ninguna, chef.
—Bien.
Y ahí acabó mi bienvenida. Vero resultó ser una mujer de mi edad, con los brazos llenos de quemaduras viejas y una manera de hablar de medio lado, sin mover apenas los labios, para que el chef no la oyera. Me cayó bien en el primer minuto.
—¿Cuánto has dormido? —me soltó, poniéndome delante una montaña de cebolla.
—¿Se me nota?
—Tienes cara de haber velado un muerto.
—Casi. Me han tirado la puerta de casa abajo esta noche.
Paró el cuchillo un segundo, esperando el remate del chiste. Cuando entendió que no había remate, que era verdad, soltó una risa por la nariz.
—Chica, tú y yo vamos a ser amigas —dijo, y siguió cortando.
Las siguientes seis horas las recuerdo a trozos: cebolla y más cebolla, un cubo de zanahoria que corté tan fino que hasta Vero levantó una ceja, y el sueño llegándome en oleadas mientras yo achicaba agua a base de café de puchero y de miedo a que me echaran el primer día.
En un momento dado me quedé dormida de pie, con los ojos abiertos, sujetando un manojo de perejil, y solo me salvó que Vero me dio un codazo justo antes de que el chef pasara por detrás.
—Despierta, bella durmiente —me susurró—. Que Robledo huele el sueño como los tiburones la sangre.
El servicio de mediodía fue otra cosa. Fue guerra.
Las comandas entrando sin parar, el chef cantando platos con una voz que no admitía réplica, el pase llenándose y vaciándose a un ritmo que no me daba tiempo ni a pensar.
Y ahí, curiosamente, se me pasó el sueño de golpe, porque cuando la cosa se pone fea de verdad el cuerpo se olvida de que está muerto y solo responde.
Emplaté, limpié bordes, mandé fuera, y escuché «oído» y «va» hasta que dejaron de ser palabras.
Metí una sola pata en toda la mañana, pero fue buena.
Casi mando a la sala una burrata con el aceite de albahaca cambiado por el de guindilla, que le habría hecho llorar a una señora de setenta años en su aniversario.
Lo vi en el último segundo, por el color, y lo cambié sin que nadie se enterara.
Nadie menos el chef, que se entera de todo.
—Bien visto —dijo al pasar. Ni me miró.
Vero abrió mucho los ojos.
—¿A ti Robledo te ha dicho «bien visto» el primer día? A mí me dijo que cortaba el pescado con odio.
Y yo, con apenas dos horas de sueño, me sentí la reina del mundo.
Salí a las cinco, molida, con un olor a fritanga en el pelo que no se iba con nada, y me acordé de la puerta solo al llegar al portal.
Subí las escaleras imaginándome lo peor.
Nada de eso. En mi rellano había una puerta nueva, buena, de madera maciza, con una cerradura de las que cierran con ese ruido gordo y tranquilizador de las cosas caras.
Antes de que pudiera llamar a la puerta de enfrente, se abrió.
Pero no apareció la doña Puri de la bata y el dedo acusador.
Apareció otra: peinada, con los labios pintados, con dos juegos de llaves dentro de un sobre y cara de haber vivido el día más emocionante de la última década.
—Ay, hija, por fin. Tengo que contarte.
—Doña Puri, estoy muerta, de verdad, mañana…
—Que ha venido él.
—¿Quién?
—El del mando. Vino en persona, a las diez en punto, con el de la puerta, a supervisar que todo quedaba bien. Un caballero. Y yo, claro, me informé, porque una es curiosa. ¿Y tú sabes quién es ese hombre?
—Un policía.
—Un policía, dice. —Chascó la lengua—. Ese sale en el telediario, criatura.
Ese es de los que ponen los fardos encima de una mesa con las cámaras delante.
De los importantes. Me lo ha dicho mi sobrino, que es de la científica.
Que ese no viene a poner una puerta ni aunque se hunda el mundo. Y ha venido a poner la tuya.
Me quedé con la llave a medio meter en la cerradura y no supe qué hacer con esa información, así que la dejé para otro momento, junto al detalle de que el hombre era guapo.
—Gracias por todo, doña Puri. En serio. Se ha portado usted como una vecina de las de antes.
Se puso colorada, y por un momento aquella señora que llevaba denunciando mi piso desde febrero y yo estuvimos a punto de caernos bien.
Abrí mi puerta nueva, que cerraba de gusto.
Dentro, alguien había recogido un poco. Las cajas estaban otra vez apiladas y el cajón de la ropa interior otra vez en su sitio.
Encima de la encimera, donde la noche anterior él había dejado la tarjeta, había ahora un sobre.
Dentro, las facturas de la puerta a nombre de una cuenta oficial, para que me quedara claro que no me lo cobraban a mí. Y una nota con la misma letra apretada:
«Puerta puesta con dos copias de llaves. Perdona otra vez el destrozo. Cualquier problema, ya tienes mi número. B. A.»
Y debajo, más pequeño, algo que me hizo gracia:
«Káiser te manda recuerdos.»
Leí esa última línea tres veces. Luego dejé la nota, me quité los zapatos y me tiré en el sofá que todavía olía a tienda. Y antes de quedarme frita, le sonreí como una tonta al techo de mi casa nueva.