CAPÍTULO 2
Disculpe las molestias
A lo de la puerta no me contestó nadie. Para variar.
Lo que pasó fue que el jefe se llevó la mano a la oreja, donde tenía uno de esos pinganillos de policía de serie, y escuchó algo que no le gustó.
Le cambió la cara. No mucho, porque era de esos hombres a los que la cara no se les mueve por cualquier cosa, pero lo justo para que yo, que llevaba un rato estudiándolo desde el sofá por no tener otra cosa que hacer con las manos esposadas, lo notara.
Se apartó unos pasos y habló bajito con otro agente, uno mayor, con bigote, que más tarde supe que se llamaba Molina y que iba mirando un papel.
—¿El tercero B? —oí que decía el del bigote.
—El tercero B —contestó el jefe.
—Pues este es el tercero B.
—Ya sé que es el tercero B.
—Digo que el aviso era de hace tres días. Que el pájaro voló.
El jefe cerró los ojos un momento y contó hasta diez para no decir algo de lo que se iba a arrepentir.
Cuando los abrió, me miró a mí, con mi pijama y el perro babeándome la rodilla.
Y en esa mirada vi el instante exacto en que un hombre entiende que la ha liado parda y que no hay pinganillo en el mundo que lo arregle.
—Quítenle las esposas —dijo.
—Ya era hora —solté yo.
El del bigote se acercó con cara de funeral y me liberó las muñecas. Me las froté más por el drama que por otra cosa, porque no me habían hecho daño, pero una tiene que aprovechar estas ocasiones.
—Señora —empezó el jefe.
—Señorita.
—Señorita. —Hizo una pausa. Se le notaba que le costaba—. La orden era correcta. El error ha sido no comprobar que el inquilino había cambiado.
Ahí es donde una mujer sensata se habría mordido la lengua y habría disfrutado de su superioridad moral para sus adentros. Pero yo no soy así. Cuando la vida me pone la razón en bandeja, no me conformo con tenerla: la paseo.
—¿Un error? Un error es echarle sal en vez de azúcar al bizcocho. Esto —señalé la puerta, tirada en el suelo del salón— es otra cosa. Esto tiene nombre.
—Entiendo que esté alterada.
—No estoy alterada. Estoy flipando, que es distinto.
El del bigote hizo un ruidito con la garganta que se parecía sospechosamente a una risa, y el jefe le lanzó una mirada que lo devolvió al mundo de los serios en el acto.
—Bruno Alcázar. Estoy al mando del operativo —dijo entonces, y sacó una placa que me plantó delante por si eso mejoraba algo—. Estábamos ejecutando una orden de registro sobre este domicilio. La información que teníamos indicaba tráfico de estupefacientes.
—Aquí con lo único que se trafica es con sartenes.
—Eso ha quedado claro.
Lo dijo tan serio, tan sin pizca de gracia, que se me escapó media sonrisa antes de acordarme de que estaba enfadada.
La disimulé mirando el estropicio, porque mientras nosotros hablábamos sus hombres habían dejado mi piso con pinta de haber pasado un huracán: las treinta cajas abiertas, las sartenes por el suelo y un cajón de ropa interior volcado en mitad del pasillo.
Y la puerta, en medio de todo, mirándome desde el suelo.
—Voy a necesitar tomarle unos datos para el informe —siguió, sacando una libreta—. Nombre completo, documento de identidad.
—Son las dos y cuarto de la mañana.
—Lo sé.
—Y empiezo a trabajar a las siete.
—Ya. —Miró la libreta, miró la puerta en el suelo, y no supo qué decir.
Y entonces, porque a la escena le faltaba un ingrediente para estar completa, apareció ella.
En el hueco donde antes había una puerta, con la bata de guatiné y las gafas en la punta de la nariz, estaba la vecina de enfrente.
Se agarraba al marco con las dos manos, asomándose a mi salón con los ojos golosos de quien mira un escaparate.
—¡Lo sabía! —dijo. No a mí, al universo—. ¡Lo dije yo, que en ese piso pasaban cosas!
—Señora, esto es una escena policial —le dijo el del bigote—. Haga el favor de retirarse.
—¿Retirarme? Si llevo yo avisando desde febrero. —Me señaló con un dedo acusador—. ¿Y esta? ¿Esta también estaba metida?
—Esta —dije yo— es la que va a tener que dormir sin puerta por su culpa, doña…
—Puri.
—Doña Puri. Encantada. —Le dediqué la sonrisa más falsa de mi repertorio, que es amplio—. Aquí no se trafica con nada. Y ahora, si me disculpa, tengo a diez señores registrándome las bragas y a un perro enamorado, así que váyase a dormir tranquila, que su barrio sigue siendo honrado.
Doña Puri abrió la boca, la volvió a cerrar, me miró de arriba abajo con el desprecio de quien no piensa creerse una palabra, y se retiró a su fortaleza.
—Le pido disculpas por la vecina también —dijo Alcázar.
—Esa no es cosa suya. Esa ya venía de fábrica.
La declaración la hicimos en mi propia cocina, porque era el único sitio con una silla libre.
Yo sentada, él de pie, con la libreta apoyada en la encimera, porque los dos y el perro no cabíamos en aquel zulo.
Le dicté mi nombre, mi DNI de memoria porque el físico seguía enterrado en alguna caja, el nombre del restaurante, el del casero y la fecha en que había firmado.
Y mientras yo hablaba y él escribía, me di cuenta de una cosa que me fastidió profundamente.
El hombre era guapo. No guapo de anuncio, sino de los que no lo saben o no les importa, que son los peores, porque no puedes ni odiarlos a gusto.
Tenía la mandíbula de los que aprietan los dientes hasta durmiendo, y unas manos grandes que sujetaban aquel bolígrafo minúsculo con una torpeza que, en otras circunstancias, me habría parecido hasta tierna.
Pero las circunstancias eran que me había tirado la puerta abajo a las dos de la mañana, así que decidí olvidarme de que era guapo y a otra cosa.
—¿Vive sola? —preguntó.
—Sola. Bueno. —Miré a Káiser, sentado sobre mi pie derecho, mirándome con adoración—. Sola hasta hace media hora, porque al final le voy a robar el perro.
—¿Cuánto lleva viviendo aquí?
—Tres días. Y con lo de esta noche, se me están haciendo largos.
Apuntó algo. Luego levantó la vista, y noté que la siguiente pregunta la hacía con más cuidado, tanteando el suelo antes de pisar.
—¿Cómo encontró el piso?
—Por un anuncio. Céntrico, reformado, cuatrocientos al mes. Una ganga.
—Cuatrocientos.
—Cuatrocientos... sí. Ya sé lo que está pensando, porque a mí también me olió raro. El casero me dijo que quería alquilarlo rápido y que el anterior inquilino se había ido de un día para otro.
Alcázar dejó de escribir. No hizo ningún gesto de película, ni entornó los ojos ni nada.
Solo se quedó un momento con el bolígrafo parado sobre la libreta, mirando un punto de la encimera, haciendo por dentro una cuenta que yo no veía pero que se le notaba en la quietud.
Luego apuntó dos o tres palabras muy despacio y pasó de página.
—¿Le dijo el nombre del anterior inquilino?
—No. Y yo tampoco pregunté, que una firma un alquiler barato y no se pone a investigar el árbol genealógico del de antes. ¿Por?
—Por nada. Procedimiento.
Y aquello me sonó a la mentira peor contada de la noche.
Cuando terminó, me explicó que iban a precintar el acceso y que al día siguiente me llamaría alguien de administración para lo del parte de daños.
Yo le hice las cuentas: eran las tres, empezaba a las siete, y me iba a estrenar en la cocina que dependía de que no me echaran a la semana con dos horas de sueño y sin puerta en casa.
Le pregunté cómo se reponía eso en un parte.
No me soltó ninguna frase hecha de las de «lamentamos las molestias». Se quedó mirando el suelo, las cajas reventadas, la puerta caída, y por la cara que puso, estaba haciendo esas cuentas conmigo y no le salían mejor que a mí.
—Deje el precinto puesto —dijo al fin—. Del resto me encargo yo. Mañana a primera hora le mando a alguien con una puerta, y antes de las diez la tiene puesta.
—¿Me lo promete o me lo dice para que me calle?
—Las dos cosas.
Sus hombres empezaron a recoger. Los vi desfilar por el hueco de mi puerta con sus chalecos y sus linternas, cabizbajos.
Uno de ellos, el más joven, se paró a mi lado antes de salir, se agachó, metió el brazo hasta el hombro debajo del mueble de la tele y sacó mi pendiente, el que había perdido por la mañana.
Me lo puso en la palma de la mano sin decir nada, con una cara de vergüenza que daba pena, y se fue medio corriendo.
De todo lo de esa noche, aquel gesto tonto fue lo único que estuvo a punto de hacerme llorar. Cosas del sueño, supongo.
Alcázar fue el último. Cuando ya no quedaba nadie, se acercó con Káiser pegado a mi pie, clavado ahí.
—Señorita.
—Candela.
—Candela. Lo siento. De verdad. Esto no suele pasar.
—Ya. A mí tampoco suelen tirarme la puerta abajo. Será que hoy es un día raro para todos.
Sacó una tarjeta del bolsillo interior del chaleco y la dejó en la encimera, encima de una caja.
—Por si necesita algo.
—Una cosa. —Lo paré antes de que se fuera—. Como me vuelvas a llamar «señorita» después de esto, te denuncio yo a ti. Que me tutees, hombre. Que ya me has visto las bragas tendidas y todo.
Se le escapó por fin algo parecido a una sonrisa entera, y me duró en la cabeza más de lo que debía.
—Trato hecho —dijo—. Tú también, entonces.
—Yo también.
Se agachó a coger la correa, y ahí empezó lo bueno, porque Káiser, que hasta ese momento había sido un pastor alemán ejemplar al servicio del Estado, decidió que de aquel salón no se movía.
Clavó las cuatro patas. Alcázar tiró. El perro se dejó arrastrar por las baldosas sin levantarse, mirándome con unos ojos de «no me hagas esto» que me partieron por la mitad.
—Adiós, Káiser. Pórtate bien.
Soltó un ladrido corto, agudo, indignadísimo, y desapareció escaleras abajo llevándose a rastras a su dueño, que a esas alturas ya no tenía ni pizca de jefe.
Y ahí me quedé, en mitad de mi salón destrozado, a las tres y diez de la mañana, sin puerta, sin perro y con sueño.
Cogí la tarjeta. «Bruno Alcázar», ponía, con un número.
Le di la vuelta. Por detrás, con una letra apretada, había apuntado a mano otro número y dos palabras: «Puerta. Antes de las diez.»
La dejé otra vez sobre la caja. Y en vez de ponerme a recoger, que era lo sensato, me senté en el suelo, apoyé la espalda en el sofá y me comí el último macarrón frío que quedaba en el táper. Estaba malísimo, pero me supo a gloria.