CAPÍTULO 1
Empecemos por el principio
Tres días antes:
Todo aquello tenía una explicación, y la explicación empezaba con un anuncio demasiado bueno para ser verdad.
Cuatrocientos. Al mes. En el centro. Lo leí en la pantalla del móvil, sentada en la cocina de mi madre en Sevilla, e hice lo que haría cualquier persona sensata: desconfiar.
A mí me han educado en la sospecha, y un piso céntrico por cuatrocientos euros o tiene humedades hasta en el techo o esconde un muerto debajo de la tarima.
Pero es que necesitaba ese piso. O uno parecido.
Después de dos años friendo croquetas en el bar de mi tío, me habían cogido en una cocina de verdad.
Un restaurante, en la ciudad, de segunda de partida, y a mí me sonaba a gloria bendita.
Lo único malo era que la ciudad estaba a dos horas y pico de Sevilla, y no pensaba pegarme cuatro horas de coche al día para llegar a casa oliendo a sofrito y sin tiempo ni de ducharme.
Así que llamé al del anuncio.
Contestó un hombre con prisa. Mucha prisa, de esa que ya debería haberme puesto la mosca detrás de la oreja, pero yo estaba tan ilusionada que no le hice caso.
—El piso está libre ya —me dijo—. El anterior inquilino se fue ayer.
Le pregunté por qué estaba tan barato y me contestó que quería alquilarlo rápido, que no le gustaba tenerlo parado. Le pregunté si había humedades y me dijo que no. Le pregunté un par de cosas más, se rió raro y me dijo que me pasara a verlo.
Y así hice. Y aquí viene lo bueno: el piso estaba bien.
Más que bien. Suelos nuevos, cocina decente, luz a raudales y un salón que, para lo que yo tenía, sobraba.
Le di vueltas buscando la trampa. Golpeé las paredes como una loca, porque una vez vi en la tele que así se descubren las humedades, aunque no tenía ni idea de qué estaba escuchando.
Todo sonaba normal. Toc, toc, pared maciza. Menos un trozo.
Había una pared, la del fondo del salón, con el gotelé distinto. Un cuadrado de un metro por un metro, con el grano un pelín más grueso, de otra mano y de otro día. Le di con los nudillos y sonó a hueco.
—Aquí hay hueco —le dije al hombre.
—Ahí había una estantería —me contestó sin mirar—. La quitaron y taparon los agujeros. Cosas del anterior.
Me encogí de hombros. Qué iba a saber yo de tabiques. Igual era normal que sonara hueco donde antes había habido una estantería, y aquella mañana no estaba yo para pensar mucho, estaba para firmar y dormir cerca del restaurante.
Firmé. Le di la fianza en efectivo, que era otra cosa que me pidió con una prisa que debería haberme escamado, y me quedé con las llaves de mi primer piso de verdad. Uno mío. Alquilado, pero mío.
* * *
La mudanza la hice yo sola, en los días siguientes, con la furgoneta de un primo.
Treinta cajas, la mayoría de sartenes y cazuelas, porque una cocinera acumula cacharros igual que otras acumulan zapatos.
Subí las cajas por una escalera sin ascensor mientras me juraba apuntarme a un gimnasio, promesa que me hago desde los diecinueve años.
En el tercer viaje, cuando ya iba sudando como un pollo y arrastrando la caja de las ollas por el rellano, se abrió la puerta de enfrente y apareció una señora en bata de guatiné en pleno junio, con el moño tirante, las gafas en la punta de la nariz y una cara de llevar vigilando el edificio desde la Transición.
—¿Usted es la nueva? —me soltó, sin saludar.
—Servidora. Candela. —Le tendí la mano por encima de la caja.
No me la cogió. Me miró a mí, miró la caja y miró el descansillo en busca de pruebas de algo.
—Ese piso ha dado muchos problemas —dijo, bajando la voz aunque no había nadie más—. Entraba y salía gente a deshoras. Yo lo dije, ¿eh? Yo lo denuncié. Que conste que avisé.
—¿Qué gente?
—Gente rara. —Se ajustó las gafas—. El de antes no daba ni los buenos días, y venían coches por la noche. Yo no me meto en la vida de nadie, pero una casa por la que entra y sale gente a las cuatro de la mañana no es una casa honrada.
Yo llevaba veinte kilos de acero inoxidable en los brazos y las piernas temblando, así que hice lo único que se puede hacer con una vecina así: sonreír, meterme en mi casa y cerrar con el pie.
Me apoyé en la puerta y miré mi salón lleno de cajas.
Le quité importancia a lo de la señora en el acto, porque en todos los edificios hay una vecina visillera a la que todo le parece sospechoso, y porque tenía cosas más urgentes, como encontrar en cuál de las treinta cajas estaba la maldita cafetera.
No la encontré. Encontré, eso sí, el táper de macarrones que me había preparado mi madre para el viaje, porque mi madre está convencida de que la ciudad es un sitio donde la gente muere de hambre entre mudanza y mudanza.
Me los comí fríos, de pie, con un tenedor de plástico, mirando por la ventana la ciudad que iba a ser la mía. Y estaba contenta. Contenta de verdad, con esa alegría un poco tonta de la gente que se muda sola.
Antes de acostarme decidí colgar una cosa. Una lámina que me regaló mi hermana, un dibujo feo de una sardina con «Sevilla» escrito debajo que me hace gracia por motivos que no vienen al caso. Cogí un clavo y un martillo, y busqué un buen sitio.
La pared del fondo. La del gotelé distinto. Justo en el centro del cuadrado raro.
Di el primer martillazo, y el clavo, en lugar de clavarse en un tabique de toda la vida, se hundió de golpe, entero, con una facilidad que no tenía ningún sentido. Detrás de esa pared no había ladrillo, había aire.
Me quedé mirando el clavo medio hundido, con el martillo en alto.
—Vaya chapuza —dije en voz alta, a nadie.
Saqué el clavo. Por el agujerito no se veía nada. Metí el dedo. Hueco, aire, y al fondo la yema me rozó algo que no era ni ladrillo ni yeso, algo más liso.
Podría haber investigado. Podría haber cogido una linterna, agrandado el agujero, mirado qué era aquello.
Pero eran las once de la noche, llevaba un día entero subiendo cajas y empezaba a trabajar a las siete, así que hice lo que hace cualquiera con dos dedos de frente y ninguna gana: colgué la sardina apenas unos centímetros más a la izquierda, donde la pared sí era de verdad pero el marco seguía cubriendo el cuadrado raro, y me olvidé del agujero.
Me tumbé en el sofá con lo que quedaba de los macarrones. Me comí tres. Cerré los ojos lo que creía que iba a ser un momento, pero el momento duró hasta las dos de la mañana, hasta que la puerta salió volando.