Tiene derecho a… besarme
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PRÓLOGO
Hay maneras y maneras de despertarse. La mía, aquella madrugada, fue con la puerta de mi casa volando por los aires.
No exagero. La puerta del piso en el que llevaba tres días viviendo salió disparada de las bisagras y aterrizó en el suelo del salón con un estruendo que me sacó del sofá de un bote.
Estaba dormida ahí tirada, en pijama de verano, con el táper de macarrones agarrado contra la barriga con las dos manos.
El táper también saltó, y los macarrones salieron volando.
Lo siguiente que registró mi cerebro, que a esas horas iba a la mitad de revoluciones, fueron las linternas. Un montón de linternas cruzando la oscuridad de mi salón, que aquello parecía un concierto de reguetón y no las dos de la mañana de un martes.
—¡AL SUELO! ¡POLICÍA! ¡AL SUELO, AL SUELO!
Y yo, con la pechera llena de macarrones fríos, pensé una sola cosa con absoluta claridad: esto es un sueño, me he quedado frita viendo series de crímenes y esto es un sueño.
Porque no podía ser otra cosa. Yo no le debía dinero a nadie, yo no había hecho nada. Lo más ilegal que había en aquella casa eran unas bolsas de basura apiladas junto a la ventana, de haber estado limpiando toda la semana, y por eso, que yo sepa, todavía no te meten en la cárcel.
Una mano del tamaño de una sartén me agarró del brazo, me lo retorció lo justo para dejarme sin opciones y me plantó contra el suelo con toda la contundencia que se le reserva a una criminal peligrosa, y no a una mujer que no entendía absolutamente nada.
La mejilla se me pegó a la baldosa, que olía a tomate frito, y desde allí abajo vi que el pendiente que había perdido por la mañana estaba debajo del mueble de la tele.
—¡Las manos donde pueda verlas!
—¡Pero si las está viendo! —dije yo, que soy incapaz de callarme ni con una rodilla policial en la espalda—. Me las está retorciendo. ¿Esto qué es? ¿Es por lo de la basura?
No me contestó nadie. Había botas por todas partes, y alguien gritó «¡despejado!» desde mi cocina, que era del tamaño de una caja de zapatos, así que en despejarla tardó bien poco. Otro abrió el armario del pasillo y le cayó encima la aspiradora, que llevaba sin colocar desde que me mudé.
Y entonces entró él.
Lo vi de abajo arriba, empezando por unas piernas enormes que se pararon justo delante de mi cara.
—Levántenla con cuidado —dijo, con una voz grave que se parecía a la de Constantino Romero—. Y que alguien encienda la luz, que esto parece una discoteca.
Me incorporaron. Me sentaron en mi propio sofá, el que todavía olía a plástico de tienda, con las manos sujetas a la espalda y un pegote de macarrón resbalándome por la sien. Y por fin lo vi entero.
Metro noventa y pico de hombre serio, con chaleco, la mandíbula de las que se dibujan con escuadra y cara de no haber dormido. Me miró desde arriba con el gesto del que espera encontrar a un delincuente peligroso y se encuentra a una tía en pijama con salsa en la oreja.
Algo no le cuadraba.
—¿Dónde está? —preguntó.
—¿Dónde está el qué?
—El material.
—¿Qué material? —Miré alrededor de mi salón, que consistía en treinta cajas de mudanza sin abrir, un sofá y una planta de albahaca que se me estaba muriendo por motivos que desconozco—. Mire usted mismo. Aquí no hay más material que el de embalar, y ni ese lo he estrenado.
Apretó los labios y le hizo una señal a uno de sus hombres, que se puso a abrir cajas con un cúter. La primera estaba llena de sartenes. La segunda, de sartenes también. La tercera, de sartenes y de un cucharón de madera que me regaló mi abuela y que, si me lo rompían, se iban a acordar de mí.
—Cuidado con eso —le solté—, que tiene valor sentimental.
Y en aquel momento glorioso, en mitad de mi humillación, entró el perro.
Un pastor alemán enorme, con su chaleco de la unidad, su placa y toda su parafernalia de agente del orden. Entró fiero, con la nariz pegada al suelo, hecho un profesional. Y yo pensé: ya está, ahora este bicho encuentra lo que sea que buscan y me llevan presa por algo que no he hecho.
El perro levantó la cabeza. Me olió. Me miró. Y se derritió.
No sé decirlo de otra manera. Se le cayó al suelo toda la profesionalidad de golpe. Se acercó meneando la cola entera, no solo el rabo sino el cuerpo completo, y me pegó la cabezota en las rodillas con una confianza de toda la vida.
—Káiser —dijo el jefe, tirando de la correa—. Káiser, deja.
Káiser no dejó. Se me subió medio encima, me lamió la barbilla, encontró el pegote de macarrón de la oreja y decidió que era lo mejor que le había pasado en la vida.
—Esto no lo hace nunca —dijo, rojo como un pimiento.
—Pues qué bien me viene que empiece hoy —dije yo, con las manos todavía sujetas y un perro policía de cuarenta kilos declarándome amor eterno en el regazo.
El jefe se pasó una mano por la cara. Miró al perro, me miró a mí, miró las tres cajas de sartenes, la albahaca moribunda y mis bragas tendidas en el radiador, que ahora iluminaba una linterna.
Y yo, que empezaba a entender que allí el que la había liado no era yo, levanté la barbilla todo lo que me dejó el perro y solté lo único que se me ocurrió:
—¿Me van a pagar la puerta?