Capítulo 9
Enfrentar a Camila
Elena llegó al final de las escaleras segundos detrás de Mateo, con el corazón golpeándole tan fuerte que sentía el pulso en los oídos, y lo que encontró al final del pasillo, iluminado apenas por el frío azulado que salía del cuarto sin ventana, la obligó a detenerse en seco a pesar de que cada instinto le gritaba que corriera hacia su hija.
El pasillo entero parecía distinto de como lo recordaba de todos los días anteriores, más largo, más estrecho, como si la casa misma se hubiera reorganizado para servir de escenario a lo que fuera que estaba a punto de pasar.
El papel tapiz de las paredes, ese mismo papel descolorido que Elena había pasado semanas planeando reemplazar, parecía moverse apenas en los bordes de su visión periférica, un efecto que no podía explicar y que prefirió no intentar explicar, concentrando toda su atención en la puerta abierta al final del corredor.
Sofía estaba de pie en el centro del cuarto, inmóvil, con los ojos abiertos pero vacíos de un modo que no correspondía al sueño ni a la vigilia normal, como si algo la sostuviera de pie desde adentro sin que ella participara en la decisión.
Todavía llevaba puesto el pijama con el que la habían acostado esa noche, y ese detalle tan pequeño, tan doméstico, en medio de todo lo demás, fue lo que más le costó procesar a Elena: su hija seguía siendo, en apariencia, exactamente la misma niña de siempre, solo que vacía por dentro de un modo que ningún padre debería tener que presenciar jamás.
Frente a ella, ocupando casi todo el espacio del pequeño cuarto, había algo que Elena no pudo, en ese primer instante, terminar de definir como una forma.
Era más una ausencia con contorno que una presencia: un espacio donde la oscuridad se concentraba con más densidad que en el resto del cuarto, alto, más alto que cualquier persona adulta, con algo que podría haber sido una cabeza inclinada hacia Sofía en un gesto de estudio hambriento, sin rasgos definibles, sin la tristeza reconocible que Camila había mostrado en la cocina, solo un vacío atento, calculador, antiguo.
Y entre esa masa de oscuridad y su hija, con el vestido de algodón desteñido y las trenzas deshechas, estaba Camila, de espaldas a Elena, interponiéndose con los brazos extendidos en un gesto de protección que no necesitaba palabras para entenderse.
—Sofía —dijo Elena, con la voz rota, dando un paso hacia adelante que Mateo intentó frenar con una mano en su brazo—. Sofía, mírame.
La niña no respondió. La forma oscura, en cambio, giró lo que podría haber sido su cabeza hacia Elena, y aunque no tenía ojos visibles, Elena sintió con una certeza física que la estaba mirando, evaluándola, del mismo modo hambriento con que miraba a Sofía.
—Ella quiere venir conmigo —dijo la entidad, y su voz no salió de ningún punto específico del cuarto, sino de todas partes a la vez, de las paredes, del techo, del propio aire que Elena respiraba, con un tono que imitaba, de un modo grotesco, la calidez de una nana—.
Su familia va a abandonarla. Todas las familias abandonan, tarde o temprano. Yo no. Yo me quedo.
La forma oscura se movió, apenas, un desplazamiento sutil que hizo que las sombras del cuarto entero parecieran respirar junto con ella.
Elena notó, con un terror que le costó procesar del todo, que cuanto más tiempo pasaba mirando esa masa sin rasgos, más le costaba recordar exactamente qué había visto un segundo antes, como si la propia entidad se resistiera a ser observada con claridad, a ser fijada en la memoria de un modo que pudiera usarse en su contra.
Mateo dio un paso hacia adelante, con los puños cerrados, el cuerpo entero tenso con la necesidad física de hacer algo, de pelear con las manos contra algo que no tenía cuerpo que golpear.
—Suéltala —dijo, con una voz que Elena no le conocía, gutural, cargada de una rabia que llevaba días acumulándose sin salida—. Suelta a mi hija ahora mismo o te juro que…
—¿Qué? —La entidad giró levemente hacia él, y algo en ese movimiento, lento, casi divertido, hizo que a Mateo se le helara la sangre a mitad de la amenaza—.
¿Qué le vas a hacer a algo que no tiene cuerpo que puedas tocar?
Ustedes los vivos siempre creen que la fuerza sirve de algo aquí. Nunca ha servido. Nunca va a servir.
—No te va a llevar a nadie —dijo Elena, con una furia que le sorprendió a ella misma, más fuerte que el miedo que debería haber sentido—. Sofía no es tuya. Camila tampoco lo fue nunca.
—Camila me eligió a mí primero —dijo la entidad, y por primera vez algo parecido a una emoción, algo cercano al resentimiento, se filtró en esa voz que llenaba el cuarto—.
Cuando nadie más quería escucharla, yo la escuché.
Cuando su propia madre dejó de cruzar esa puerta, yo seguí ahí. Yo no la abandoné como todos los demás.
—La usaste —dijo Elena—. Le mostrabas muertes que ella no había pedido ver. La dejaste sola con ese peso hasta que el pueblo entero le tuvo miedo. Eso no es cuidar a alguien.
—¿Y qué sabes tú de cuidar a alguien? —La voz de la entidad se volvió, por un instante, casi dulce otra vez, un cambio de tono que resultaba más perturbador que cualquier grito—.
Tu propia bisabuela dejó de cruzar esa puerta durante semanas.
Tu propia madre nunca quiso volver a esta casa.
Toda tu familia lleva sesenta años eligiendo mirar hacia otro lado.
Yo, en cambio, nunca dejé de mirarla. Ni un solo día.
—Mirarla no es lo mismo que quererla —dijo Elena—. Un carcelero también mira a quien tiene encerrado. Eso no lo convierte en algo bueno.
Algo en esas palabras pareció golpear a la entidad de un modo distinto a todo lo anterior, porque la masa oscura se contrajo por un instante, como un músculo tensándose, y la voz que volvió a hablar sonó más grave, más antigua, casi cansada.
—He estado sola más tiempo del que tu especie entera puede imaginar —dijo—.
Antes de Camila, antes de Rosario, antes de que esta casa tuviera ladrillos.
No sabes lo que es la soledad de verdad, la que no tiene fin previsible, la que no se resuelve con una vida humana entera de setenta, ochenta años.
Encontré a alguien que podía escucharme, por fin, y ahora ustedes quieren quitármela también, como todos los demás.
—Entonces déjame ayudarte a encontrar otra cosa —dijo Elena, sorprendida de su propia voz, de la compasión que se filtraba en ella incluso dirigida a algo que segundos antes había querido destruir a su hija—.
Pero no así. No a través de una niña de diez años que no tiene nada que ver con lo que te pasó a ti.
—No hay otra cosa —dijo la entidad, y la calidez, la que fuera que había existido en ese intercambio, se apagó por completo—. Solo hay esto. Solo hay ella.
—Entonces vas a tener que pasar sobre nosotros dos primero —dijo Mateo, poniéndose de pie junto a Elena, sin soltar del todo a Sofía—. Porque no vamos a movernos de esta puerta.
La entidad emitió algo parecido a una risa, seca, sin ninguna calidez, un sonido que pareció venir del propio esqueleto de la casa más que de cualquier garganta.
—Cuántas veces he escuchado esa misma promesa —dijo—. Rosario también dijo que no me la iba a dejar llevar. Y aun así, con el tiempo, todos se cansan. Todos, tarde o temprano, dejan de cruzar la puerta.
—Nosotros no somos Rosario —dijo Elena, con una firmeza que le sorprendió incluso a ella—. Aprendimos de su error. Eso es lo único bueno de heredar una tragedia: se puede heredar también la lección.
Camila, todavía de espaldas, de pie entre Sofía y la entidad, empezó a temblar, no de miedo, entendió Elena mirando con más atención, sino con el esfuerzo físico de alguien que sostiene una puerta cerrada contra una fuerza mucho más grande que ella.
Su figura, tan sólida un momento antes como cualquier persona viva, empezaba a parpadear en los bordes, perdiendo definición del mismo modo en que lo había hecho en la cocina, y Elena entendió, con una claridad repentina que le vino de las páginas del diario que había leído esa misma noche, exactamente qué tenía que hacer.
Sesenta años sin que nadie pronunciara su nombre en voz alta dentro de esa casa.
Sesenta años de silencio familiar convertidos en la única arma que Elena tenía a su disposición contra algo que no podía tocarse ni golpearse.
No tenía sal bendita, no tenía un ritual aprendido de algún libro, no tenía nada de lo que las películas le habían enseñado a esperar de un momento como este.
Tenía, solamente, la verdad, guardada en un cuaderno de tapa azul durante décadas, y la voz para decirla en voz alta por primera vez.
Se arrodilló, ahí mismo, en el umbral del cuarto, quedando a la altura de los ojos vacíos de su hija sin apartar la vista de la forma oscura que la esperaba al fondo.
—Camila Duarte —dijo, en voz alta, clara, con cada sílaba pronunciada como quien pronuncia por primera vez, después de sesenta años de silencio familiar, un nombre que merecía haber sido dicho todos los días—.
Te llamabas Camila Duarte. Eras hija de mi bisabuela Rosario.
Tenías ocho años cuando el pueblo empezó a tenerte miedo por algo que nunca elegiste tener.
Mi familia te encerró para protegerte y terminó dejándote morir sola, y eso nunca debió pasar, y lo siento.
Lo siento con todo lo que tengo. No fue tu culpa. Nunca fue tu culpa.
La figura de Camila, en lugar de seguir desvaneciéndose, se volvió más nítida, más presente, como si las palabras de Elena le devolvieran algo que llevaba décadas sin recibir.
—Te voy a enterrar como se debe —siguió Elena, con la voz ya quebrada del todo pero sin dejar de hablar—.
Con tu nombre. Con una lápida de verdad, no una piedra sin marcar en un cobertizo.
Todo el pueblo va a saber que exististe, que te llamabas Camila, y que nadie tuvo derecho a hacerte lo que te hicieron.