Capítulo 9 #2
Mateo, sin soltar a Sofía del todo, se arrodilló también, buscando cualquier forma de sumar su propia voz a lo que fuera que Elena estaba haciendo.
—Y vamos a cuidar de esta casa como se debió cuidar de ti —agregó él, con la voz temblando pero firme—. Ya no más silencio. Ya no más puertas selladas.
—Ya no estás sola, Camila —repitió Elena—. Nunca más.
La forma oscura al fondo del cuarto se agitó, con un movimiento brusco que hizo temblar las paredes del pequeño espacio, y la voz que llenaba el aire perdió, por primera vez, su tono calmo y maternal.
—Eso no cambia nada —dijo, más grave, más furiosa—. Ella sigue sola. Todos ustedes siguen abandonándola cada vez que dejan de mirarla, cada vez que se distraen, cada vez que la olvidan por un segundo. Yo soy lo único constante que ha tenido en sesenta años.
—No —dijo Camila, y era la primera vez en todo el libro que su voz sonaba con una fuerza propia, sin necesidad de golpecitos ni letras escritas en una mancha—. Ya no estoy sola. Ya me nombraron.
Lo que pasó después, Elena lo recordaría siempre en fragmentos desordenados, más como sensaciones que como una secuencia clara de eventos: Camila avanzando hacia la forma oscura con los brazos todavía extendidos, ya no en gesto de protección sino de confrontación directa; el cuarto entero vibrando con una fuerza que hizo caer el catre de metal contra el suelo con un estruendo metálico; el aire llenándose de un frío tan intenso que a Elena le dolieron los pulmones al respirar; la voz de la entidad, ya sin ningún rastro de calidez, gritando algo que no tenía palabras reconocibles, solo furia pura convertida en sonido.
Las paredes del pequeño cuarto parecieron respirar, expandiéndose y contrayéndose apenas, y el espejo pequeño que Rosario había mencionado en el diario, todavía colgado torcido junto a la puerta después de seis décadas, se hizo añicos sin que nada lo tocara, esparciendo fragmentos de vidrio por el piso que reflejaban, cada uno, un pedazo distorsionado de la batalla que se libraba en el centro del cuarto.
Elena sintió que el propio aire se volvía denso, casi líquido, dificultándole la respiración, mientras la masa oscura y la figura cada vez más luminosa de Camila giraban una alrededor de la otra en un baile violento que no obedecía a ninguna física conocida.
—¡Elena, cuidado! —gritó Mateo, jalándola hacia atrás justo cuando un fragmento invisible de esa fuerza, algo que Elena sintió más que vio, pasó rozando el espacio exacto donde había estado parada un segundo antes.
Mateo cruzó el cuarto en ese instante de caos, esquivando el catre caído, y sacó a Sofía del centro de la habitación con un movimiento brusco, rompiendo lo que fuera que la mantenía inmóvil.
La niña parpadeó, de golpe, con los ojos volviendo a enfocar el mundo real, y se aferró al cuello de su padre con un llanto que hasta ese momento había estado contenido en algún lugar fuera de su propio control.
—¡Papá! —gritó, con una voz que finalmente sonaba como la de una niña asustada de diez años y no como la de alguien poseído por un trance ajeno.
Elena, todavía arrodillada en el umbral, vio cómo la forma de Camila se lanzaba contra la masa oscura con una determinación que no dejaba espacio para la duda, y cómo ambas figuras, por un instante que pareció eterno, se fundieron en un solo punto de oscuridad total en el centro del cuarto, un vacío que absorbió cada partícula de luz que quedaba, incluida la luz azulada que había estado ahí desde el principio.
Y entonces, tan repentinamente como había empezado, todo se detuvo.
La luz eléctrica del pasillo volvió a encenderse, normal, amarilla, doméstica, como si nunca se hubiera apagado.
El frío se retiró del cuarto en cuestión de segundos, dejando solo el aire tibio de una noche de verano cualquiera.
El catre, volcado en el suelo, era ahora solo un mueble viejo y oxidado, sin ningún peso adicional de significado sobrenatural, solo metal y óxido bajo la luz normal de una casa normal.
De Camila no quedaba ningún rastro visible. De la entidad, tampoco. El cuarto estaba, por primera vez desde que habían abierto esa puerta, completamente vacío.
Elena se quedó un momento mirando el espacio donde, segundos antes, había existido algo que llevaba sesenta años acumulando poder y rencor en las paredes de esa misma casa, y sintió una mezcla extraña de alivio y de duda que no lograba resolver del todo.
Nada en ese silencio repentino le garantizaba que fuera definitivo.
Nada le decía si la entidad se había disuelto para siempre, o si simplemente se había retirado, herida, a esperar en algún otro rincón de la casa, o del mundo, un nuevo momento de debilidad familiar del que alimentarse.
Los fragmentos del espejo roto seguían esparcidos por el piso, reflejando ahora solo la luz normal y amarilla del pasillo, sin ningún rastro de la batalla que habían presenciado segundos antes.
El catre, volcado, tenía una de sus patas doblada en un ángulo imposible, como si algo con una fuerza descomunal lo hubiera pisado de pasada.
Nadie habló durante un momento largo. El sonido más fuerte en el cuarto era la respiración entrecortada de los tres, mezclada con el canto distante de un gallo que, en algún punto del pueblo, ya anunciaba que la noche estaba llegando a su fin, ajeno por completo a la magnitud de lo que acababa de ocurrir a pocas cuadras de su corral.
Elena se levantó despacio, con las piernas todavía temblando, y cruzó el espacio hasta donde Mateo sostenía a Sofía, envolviendo a los dos en un abrazo que no tenía intención de soltar en un buen rato.
Sofía lloraba contra el cuello de su padre, pequeños sollozos que empezaban a calmarse poco a poco, y cuando finalmente levantó la cabeza para mirar a su madre, dijo algo que Elena no esperaba escuchar en ese momento exacto, algo que le llegó con una ternura que contrastaba de un modo doloroso con todo lo que acababan de vivir.
—Camila dijo gracias —susurró la niña, con los ojos todavía llenos de lágrimas—. Antes de irse. Dijo que ya podía descansar.
—¿Y la otra? —preguntó Mateo, con cuidado, sin soltar a su hija ni un centímetro—. ¿La señora? ¿Dijo algo?
Sofía negó con la cabeza, despacio, todavía apoyada contra el pecho de su padre.
—No sé si se fue de verdad. Camila dijo que la empujó lejos, pero que no sabía si era para siempre o solo por ahora. Dijo que cosas así de viejas y así de solas no siempre desaparecen del todo solo porque alguien gane una pelea.
Elena sintió que el alivio que había empezado a sentir se templaba, no desaparecía, pero se volvía más cauteloso, más consciente de que quizás lo que acababan de presenciar era un principio, no un final definitivo.
No dijo nada de eso en voz alta, no en ese momento, con Sofía todavía temblando entre los brazos de los dos.
Bajaron los tres juntos, despacio, dejando el cuarto sin ventana abierto de par en par detrás de ellos por primera vez en más de veinte años, y se sentaron en la cocina, rodeados todavía de los fragmentos de porcelana que ninguno tuvo fuerzas para barrer esa misma noche.
Mateo puso agua a hervir, un gesto tan ordinario que resultaba casi absurdo después de lo que acababan de vivir, y los tres se quedaron sentados a la mesa, en silencio, esperando a que el amanecer les diera alguna clase de permiso para empezar a procesar lo que había pasado.
—Mañana empiezo a averiguar qué hace falta para darle a Camila un entierro de verdad —dijo Elena, rompiendo el silencio, con una determinación que le devolvía algo de estructura a un mundo que se sentía, por primera vez en días, ligeramente menos fuera de control—. Se lo prometí. Se lo voy a cumplir.
Mateo asintió, tomándole la mano por encima de la mesa, y Sofía, acurrucada entre los dos con Ceniza otra vez apretado contra el pecho, cerró los ojos por primera vez esa noche sin ningún rastro de la ausencia inquietante que había tenido horas antes, simplemente cansada, simplemente una niña que necesitaba dormir después de una noche que ningún niño debería haber tenido que vivir.